.la misteriosa amante de la corte francesa

la dama en el tocador. anónimo

.la dama en el tocador. está en el Museo de Beaux-Arts de Dijon, Francia

“Mujer sentada delante de un tocador
Mitad superior de su cuerpo desnudo.
Dos pequeños y simétricos senos
acaparan la atencion del observdor
Su piel es de una blancura intensa
y las facciones de su rostro
delatan la natural displicencia
de una aristócrata.

Estatus Mundano.
Bata transparente
con cuello finamente bordado en oro.
Cabellera adornada con perlas
Su mano izquierda
acaricia el pendiente de un collar
y todo el ambiente sugiere esplendor
y riqueza.

Al fondo, sirvienta.
Buscando vestido para su ama..
que acaso se acicala para encontrarse con su amante.”

-Anónimo (S. XVI)

“Una singular ironía aviva el mito trazado en torno a la concepción del cuadro titulado Dama en el tocador. No sólo se ignora la verdadera identidad de la deliciosa mujer que sirvió de modelo, sino que también es un misterio insoluble quién fué el autor de la obra.
Los historiadores de arte no se han resignado a convivir con esta doble incertidumbre y aún hoy buscan indicios que permitan validar algunas de las hipótesis: uno de los candidatos a obtener la autoría del cuadro es el pintor de la corte Francois Bunel, quien habría retratado a Diane de Poitiers, concubina de Enrique II.
La otra sospecha recae en que el inefable pincel que inmortalizó a la dama perteneció a Franz Floris, artista a las órdenes del monarca Enrique IV, cuya concubina, Gabrielle d´ Estrées, habría desnudado generosamente su cuerpo para regocijo atemporal de los amantes del arte.
El cuadro -que es asimismo un enigma- muestra a una mujer sentada delante de su tocador; con la mitad superior de su cuerpo desnudo y la que dos pequeños y simétricos senos acaparan la atención del observador.
Su piel es de una blancura intensa y las facciones de su rostro delatan la natural displicencia de una aristócrata.
Los investigadores concuerdan en que la pintura ostenta la marca de la escuela Fontainebleau y que la obra no pudo ser pintada sino hacia fines del siglo XVI en el círculo de la corte francesa.
Existen varias versiones de este retrato, todas idénticas en composición y ejecución.
Estilísticamente, la pieza revela una clara influencia del Manierismo: los dedos de la modelo son excesivamente largos y las figurillas que sostienen el espejo son carasterísticas de la Segunda Escuela de Fontainebleau.
Los interrogantes no cesan: ¿se trata de un retrato eminentemente erótico o de una alegoría de la belleza?
Lo cierto es que el cuadro impactó en el imaginario del público del siglo XVI.
Los artículos que circundan a esa dama revelan la medida de su estatus mundano: la bata transparente que cubre su torso culmina en un cuello finamente bordado en oro; su cabellera está adornada con perlas, su mano izquierda acaricia un pendiente de un collar y todo el ambiente sugiere esplendor y riqueza: el alhajero, el cojín y el peine son ostensiblemente costosos y el fondo del cuadro, reclinada sobre un baúl, una sirvienta extrae el vestido para su ama que acaso se acicala para encontrarse con su amante.
El anillo que sostiene delicadamente en su mano derecha simboliza unión.
Tanto Diane de Poitiers como Gabrielle d´Estées fueron concubinas influyentes en la corte de Francia: Enrique II y Enrique VI les dispensaron vidas fecundas en lujos y les confirieron poder al reconocerlas públicamente como concubinas.
Estas dos mujeres también dieron descendencia a los reyes y gozaron de la malévola alegría de saber que las reinas Catalina de Médici y Margarita de Valois debían tolerar esas relaciones paralelas con silenciosa resignación.
El impacto erótico de la pieza se acentúa por el precioso espejo dispuesto en el margen derecho.
Diversas fuentes literarias refieren la presencia de espejos similares en los salones de Fontainebleau y otros palacios de la corte francesa.
El inventario de Gabrielle d´Estées incluye artículos de este tipo, lo que alienta a los historiadores a pensar que la pintura fué hecha en el período posterior a 1589, cuando Enrique VI gobernaba Francia y solía visitar la recámara de su concubina.
Singularmente, el reflejo del rostro en el espejo no concuerda con el de la dama: tal vez se trate de la última ironía de un pintor escurridizo dispuesto a seguir sembrando misterios.”

Fuente: Transcripción de “Las mujeres más bellas de la pintura”

.Autor desconocido Se especula que la protagonista del retrato, que lleva la marca de la escuela de Fontainebleau del siglo XVI, podría ser la concubina de Enrique II de Francia o la de Enrique IV.

.corazón

.corazon

Arte: Sybile

 

“Imagina tu corazón como un loto abierto
Desde su centro sale un niño carmesí,
Puro, virginal e inocente.

Una meditación da esta instrucción:

Imagina tu corazón abriéndose en un rojo loto.
Desde su centro sale un niño carmesí.
Saca a ese niño de tu cuerpo e imagina que él o ella flota sobre tu cabeza. Tú, como un niño, sostienes un sol en cada mano mientras cada pie se apoya en una luna.
Mantén esta imagen por tanto tiempo como puedas.

Es difícil sacar a ese niño. Cuando tratas, te das cuenta de cuántas defensas has construido alrededor de ti. También te das cuenta de cómo las experiencias de la adolescencia y de la adultez te han manchado. A veces, podrías incluso dudar de que tengas todavía un yo puro e inocente para sacar. Pero cada uno de nosotros lo tiene. Cada uno de nosotros debe encontrar dentro ese niño carmesí y sacarlo. Porque esa criatura representa la época en que nuestras energías estaban completas y nuestros corazones no estaban preocupados por la duplicidad del mundo y de nosotros mismos.”

-Maestro Deng Ming-Dao, traducción de Karin Usach (http://www.vivirtao.com)

 

 

.tres

ANKA Zhuravleva-

-Credit: ANKA Zhuravleva-

(tres)
Con temblor
y de bruces
dominado por tu ausencia
de fechas definitivas

Un cielo que se esmeró en orar
por nosotros
ahora susurra quedo
en sus palmas nuestros corazones
a los que restan pocos latidos

Se viste la soledad
con tus ropajes y comienza
paulatina pero dócilmente
a entregarse al firmamento

Acá comienzan todos los calvarios
dicen desde el fondo del destino

Trémulo aguardo tu silueta
entre lo espeso de mis fantasías
Y somos uno
un trueno
Y velos desgarrados en todos los templos
Somos la columna del universo
que anhela la fusión de todas las materias

Hay
una antorcha que
no se apaga en la mano
de la Ausencia
y brota
desde el inicio de las eras
el canto necesario
para espantar maldiciones
tengo las manos unidas
tengo la vista en alto
tengo el corazón empuñando
las bendiciones

Clara
la noche
Oscuro
el destino mientras un gallo
canta una aurora
que no tendrá fin
el sol en tu rostro
Y en los míos el sollozo
que te jura
mi devoción eterna

Un rayo invade
en centésimas de segundo
mis vértebras que te anhelan

Creo vencer la melancolía
con un trazo que te crea
desde el fondo del patio
de esta noche extraña
muero sin duda
Y en tus ojos renazco

Esta vigilia te invoca
Y yo invoco
Todos tus cantos.”

-Eduardo Jeraldo Farias Alderete (de “la infamia de las mariposas”)

 

.devoción por esa rubia debilidad

Théodore Chasseriau - Venus

Venus o Afrodita

“Desnuda y provista de un cuerpo que exhala la armonía de los seres moldeados por un orfebre minucioso, la diosa Venus Anadiomena eclipsa con su presencia la fascinación que depierta el paisaje insular que la circunda.
Esta deidad -que es también una mujer- acaba de emerger de las aguas de un azul profundo, y sus dos brazos en alto procuran escurrir una interminable y sedosa cabellera rubia cuya extensión podría ocultar esa mitológica desnudez.
El término griego “anadiomena”, significa precisamente, “emerger del mar”. Es otro de los nombres utilizados para referirse a Afrodita, diosa del amor, quién surgió del oleaje luego de que Cronos castrara a Urano y arrojara sus genitales al mar: de la espuma de ese acto brutal tomó forma Afrodita, cuyo nombre en el universo romano no es otro que Venus.
En el rostro reclinado parece latir un sentimiento de pudorosa melancolía, como si el tránsito de las profundidades a la superficie terrestre supusiera un destierro intolerable.
La pintura Venus Anadionema es de 1838 y fué creada por Théodore Chassériau, quién nació en 1819 en Santo Domingo, por entonces un territorio donde Francia contaba con intereses coloniales. Pese a la brevedad de su existencia -sólo vivió 37 años- Chassériau produjo un volumen asombroso de obras, producto de una precocidad que lo convirtió en artista plástico a los 12 años.
Su formación la desarrolló al dictado del clasicista Dominique Ingres, cuya influencia pictórica puede rastrearse en las creaciones del discípulo.
Más tarde, Chassériau se sintió deslumbrado por el estilo romántico de Eugéne Delacroix, quien como Ingres introdujo temas exóticos en sus obras a partir de un viaje a África del Norte.
Los estudiosos señalan que el color rubio de la Venus retratada estuvo de moda en la Roma imperial, y que existieron tratamientos cosméticos para obtenerlo.
Es improbable que hubiera muchas mujeres rubias en la Antigua Grecia, a pesar del influjo de inmigrantes indo-germanos y dóricos.
Sin embargo, esta pintura no es considerada un retrato griego sino romano y fué pintada en Francia del siglo XIX.
El sitio donde Venus Anadionema emerge podría ser la costa de una isla griega -Kythira, en donde supo alzarse un famoso templo en honor a Afrodita-. No obstante, los historiadores del arte creen que Chassériau recreó el ambiente del litoral de los Alpes marítimos, entre Marsella y Niza.
Desde la Edad Media, la figura de Venus estuvo asociada pictóricamente a la desnudez femenina.
Con el transcurso del tiempo, esto se convirtió en un ejercicio innecesario, ya que la representación del desnudo femenino se volvió un tema aceptado en las artes.
El pulso magistral de Chassériau la detuvo en una actitud escultórica, inabordable en su perfección: un cuerpo sobre el que se derraman no sólo aguas oceánicas sino también un magnetismo sexual que aunque se pretenda inocente, se ofrece con premeditación a la mirada de un voyeaur condenado a sucumbir al influjo de una diosa amante.

 

Fuente: Transcripción de “Las mujeres más bellas de la pintura”

 

.Théodore Chassériau (1819-1856) Inspirado en la mitología, recreó la figura de Venus, asociada a la desnudez desde la Edad Media, en un retrato sensual modelado como una estatua sobre la Riviera francesa.

 

.diario de una pasión

.diario de una pasion

Rachel McAdams & Ryan Gosling.

.diario de una pasion2

 

Diario de una pasión es la película que importó al siglo XXI la épica de los romances de la era dorada de Hollywood.
Cumplió la misión de las grandes películas románticas: nos convenció de que el amor puede ser un sentimiento irracional, instan­táneo y para toda la vida.
Puso nuestras expectativas allá arriba, lejos, lejísimos, aunque después la vida nos obligara a bajarlas.
Por todo esto –y porque tiene una fotografía espectacular y actuaciones memorables–, es LA película romántica de una generación y tiene todas las fichas para convertirse, en el futuro, en un clásico.

 

.diario de una pasion3

 

LA CONSTRUCCION DEL AMOR.
Estrenada en 2004, Diario de una pasión es una adaptación de la no­vela El cuaderno de Noah, de Nicholas Sparks.
Desde un principio, Nick Cassavetes, su director, quiso que Ryan Gosling fuera el protagonista masculino.
Hasta ese momento, Gosling sólo era un nombre algo cono­cido en el circuito indie.
Para preparar el personaje, Gosling vivió durante dos meses en Charleston, South Carolina, donde transcurre la historia, y se dedicó a aprender carpintería.
Ese es Noah: un chico del sur de Estados Unidos, rústico y profundo en iguales cantidades.
Encontrar a Allie fue más difícil.
Entre las candidatas estuvieron Jessica Biel, Reese Whiterspoon y ¡Britney Spears! Cuando se cruzaron con Rachel McAdams, una actriz apenas conocida dejaron de buscar.
Ella también pasó tiempo en Charleston antes de filmar e hizo un curso de protocolo y ceremonial para interpretar a Allie: un espíritu libre al que sus padres seguramente obligaron a tomar clases de etiqueta; una adolescente intensa dividida entre su rebeldía y la presión de su entorno social.
El amor y el odio –la tensión entre esos dos elementos– también estaba fuera de las cámaras.
En el set, se llevaron pésimo.
En una entrevista con el canal VH1, Nick Cassavetes dijo: “No sé si debería contar esto, Ryan me llamó a un costado y me pidió que trajera a otra actriz para que pasara las líneas de ella cuando la cámara lo mostraba sólo a él. Dijo que no obtenía nada de Rachel. Los metimos a los dos en un cuarto, junto a mí y un productor. Empezaron a gritarse el uno al otro. A partir de ahí, todo fue mejor. Necesitaban descargarse”. Durante el resto del rodaje pudieron soportarse y, después del estreno, empezaron a salir.
Tuvieron una relación con idas y venidas durante cuatro años.
En 2005, ganaron un premio MTV al “mejor beso” por la escena en la que se reencuentran unos años después de ese verano de amor y vuelven a estar juntos. Cuando subieron a recibirlo, repro­dujeron ese beso en el escenario.
Desde 2008, su relación está oficialmente terminada.

 

Escena del reencuentro

 

PARA TODA LA VIDA.
Diario de una pasión no fue un éxito de taquilla instantáneo.
A lo largo de los meses, sin embargo, la película de Cassavetes siguió firme en el cine, con cada vez más espectadores, y llegó a recaudar más de 81 millones de dólares.
La diferencia con Casablanca o con otros clásicos ro­mánticos, como Los puentes de Madison o Titanic, es que en esas películas los amores fulminantes –los que no te dejan pensar en otra cosa, los que se sienten en el cuerpo entero– no pueden durar. Para existir en ese nivel de intensidad, es necesario que terminen.
El amor que sí puede durar, que puede transformarse en una familia, que puede dormir con vos todas las noches hasta que te mueras, es el amor como proceso, el que se construye de a poco, el que no te rompe en pedazos.
Diario de una pasión no nos hace elegir uno de esos dos modelos; nos dice que podemos tenerlo todo.

 

Momento decisivo

Texto: Lucila Pinto/Atlántida Fotos: Web

.fugaz, como el vuelo de la mariposa

Prima Ballerina Degas-

“Esa primera bailarina está construída con la levedad de los elementos inasibles, y su cuerpo menudo se prepara menos para la danza que para alzar vuelo, en un movimiento que situará al arte del baile clásico en un espacio intermediario entre el cielo y la tierra.
Edgar Degás sintió desde siempre una atracción irresistible por los espectáculos de música y danza del refinado y culto París, pero también quiso trascender el instante mismo de la representación ante el público para inmiscuirse, como un detective sigiloso e inadvertido, tras los bastidores de ese cosmos artistico: en la exigente rutina de los ensayos donde se levantaban los cimientos de las obras que luego deleitaban a su ojo experto.
Hilaire-Germaine-Edgar de Gas, quién más tarde firmaría sus pinturas como Degas, nació el 19 de julio de 1834 en el seno de una familia aristócrata.
Su padre era un exitoso banquero con intereses artísticos, que estimuló y apoyó la vocación de su hijo mayor; al punto de avalar su decisión de abandonar los estudios de leyes para ingresar a la Ecole des Beaux Arts.
Su talento para el dibujo -descuidado por los impresionistas- lo hizo brillar y decidió instalar a la figura humana en el centro de sus pinturas.
Su tema devino el desafío de capturar la espontaneidad del momento, en escenas de inmediatez que lo acercaban a la fotografía.
Por lo general, dibujaba la figura desde una perspectiva cenital, lo que le confería al cuadro un impacto más profundo.
Se sentía fascinado por las bailarinas, a las que observaba minuciosamente durante los ensayos y los períodos de descanso.
La obra Prima Ballerina representa a la bailarina principal levitando a través del escenario: ella ejecuta un solo con la gracia sutil de un pájaro, desplegándose en un gesto de ductilidad artística que parece destinado a perdurar de manera indefinida.
La línea diagonal del escenario confiere a la pintura un mayor sentido de irrealidad e infinito.
Inscripto en el movimiento impresionista, Degas sintió gran afinidad por Eduouard Manet, al que introdujo en su círculo de amigos – entre los que se encontraban Claude Monet y Auguste Renoir- y en las charlas del café Guerbois donde solían reunirse a dirimir sus diferencias estéticas.
Hacia 1880, Degas gozaba de una gran demanda de encargos, pero había empezado a sentirse sitiado por la soledad, a pesar de la fiel amistad de sus colegas.
Un factor decisivo en su aislamiento fué el deterioro de su visión, que lo obligó a repensar su enfoque pictórico.
Así, en su trabajo, empezó a gravitar fuertemente el uso del pastel, y su paleta de colores se acercó en intensidad a la de Renoir.
Finalmente renunció a la pintura y, casi ciego, se volcó a la escultura.
Murió en París el 27 de septiembre de 1927, y pidió que en la lápida de su tumba grabaran la escueta frase: “Amó mucho el dibujo”.
Esa espléndida bailarina en movimiento perpetuo confirma que esa confesión íntima no puede ser refutada.

Fuente: Transcripción de “Las mujeres más bellas de la pintura”

 

 .Edgar Degas (1834-1917) Obsesionado -como buen impresionista- por capturar el instante en el lienzo, el inusual punto de vista de sus retratos de bailarinas lo acercan a la fotografía.

 

Edgar_Degas_(1834-1917)

 

 

.adolescencia

Zenobia_Campubi

 

Juan Ramón Jiménez y su musa Zenobia Camprubí Aymar:

“En el balcón, un instante
nos quedamos los dos solos.
Desde la dulce mañana
de aquel día, éramos novios.
—El paisaje soñoliento
dormía sus vagos tonos,
bajo el cielo gris y rosa
del crepúsculo de otoño. —
Le dije que iba a besarla;
bajó, serena, los ojos
y me ofreció sus mejillas,
como quien pierde un tesoro.
—Caían las hojas muertas,
en el jardín silencioso,
y en el aire erraba aún
un perfume de heliotropos. —
No se atrevía a mirarme;
le dije que éramos novios,
…y las lágrimas rodaron
de sus ojos melancólicos.”
-Juan Ramón Jiménez
Zenobia Camprubí Aymar, nacida en la localidad catalana de Malgrat de Mar en 1887, fue una escritora española.
A los nueve años viajó a Estados Unidos con su madre en proceso de separación.
Allí residió hasta 1909, por lo cual, cuando años después regresó a España, la llamaban «la americanita».
Allí comenzó sus estudios universitarios en Columbia; asistió a actividades culturales y clubes de mujeres.
Entró en contacto con el feminismo americano, viajó sola, leyó los clásicos españoles e ingleses y siguió un curso sobre literatura.
Desde su adolescencia, comenzó a escribir cuentos en castellano y en inglés, y a desarrollar sus dotes literarias.
Se interesó por la obra del poeta y pensador indio Rabindranath Tagore, a quien tradujo años después al castellano a partir de las prosificaciones en inglés que realizó el propio Tagore.
Entre 1909 y 1910 estuvo en La Rábida.
Allí improvisó una escuela para enseñar a los niños de la aldea, escribió artículos que envió a diversas revistas norteamericanas y, sobre todo, se aficionó a la poesía popular española.
Desde 1910 Zenobia vivió en Madrid.
Allí se relacionó fundamentalmente con norteamericanos, ya que le angustiaba no poder moverse sola con libertad, hasta que conoció a Susan Huntington, que dirigía el Instituto Internacional de señoritas, donde se alojaban extranjeros que asistían a los cursos de verano que se organizaban.
Contrajo matrimonio con Juan Ramón Jiménez en 1916, y desde ese momento y hasta su fallecimiento, 40 años más tarde, se convirtió en compañera inseparable y decisiva colaboradora del poeta en todos sus proyectos literarios

.

 

“¡Qué goce triste éste
de hacer todas las cosas como ella las hacía!
Se me torna celeste
la mano, me contagio de otra poesía.
Y las rosas de olor,
que pongo como ella las ponía,
exaltan su color;
y los bellos cojines,
que pongo como ella los ponía,
florecen sus jardines;
y si pongo mi mano
-como ella la ponía-
en el negro piano,
surge, como en un piano muy lejano,
más honda la diaria melodía.
¡Qué goce triste este
de hacer todas las cosas como ella las hacía!
Me inclino a los cristales del balcón,
con un gesto de ella,
y me parece que el pobre corazón
no está tan sólo. Miro
al jardín de la tarde, como ella,
y el suspiro
y la estrella
se funden en romántica armonía.
¡Qué goce triste este
de hacer todas lasa cosas como ella las hacía!
Dolorido y con flores,
voy, como un héroe de poesía mía,
por los desiertos corredores
que despertara ella con su blando paso,
y mis pies son de raso
-¡oh, ausencia hueca y fría!-
y mis pisadas dejan resplandores.
¡Qué goce triste este
de hacer todas las cosas como ella las hacía!”

 

“Fío, en absoluto, en mí. Pero es absolutamente preciso que nos casemos pronto. No sabes la paz, la fuerza, la tranquilidad, el tiempo, que esto me daría. Piensa tú que tu presencia me es necesaria, Zenobia, que mi vida sin ti está falta de vida. La mañana que yo amanezca a tu lado, ¡qué nuevo va a parecerme el mundo! -El porvenir, además, ¡nos traerá tanto y tanto! Ya tú verás”.

 

 

 

 

Juan Ramón Jiménez, “el poeta de Moguer” y Zenobia, de raíces puertorriqueñas por la vía materna, se conocieron en el 1913 en una conferencia en la Residencia de Estudiantes en Madrid.
Se casaron en el 1916, en Nueva York, matrimonio que duraría cuarenta años.
Era una joven de familia acomodada, conocía idiomas, literatura, música, historia, estaba al tanto de los movimientos feministas y participaba de reformas politíco-sociales.
Después, la admiración por el autor de “Platero y yo” y su obra poética la convertiría en su traductora, secretaria, agente, enfermera, apoyo, asesora, chófer, administradora, amiga, musa.
Zenobia dejó de ser ella misma para ser “la esposa de Juan Ramón” y es posible, que sin ella, él no llegara a convertirse en la figura que fue.
Tras la guerra Civil Española vivieron en el exilio.
Durante veinte años Zenobia estuvo escribiendo un diario en español y en inglés.
Cuando estaba en una ciudad hispana escribía en inglés, y viceversa.
Este diario salió publicado en tres tomos en el 2006, a cincuenta años de su muerte: Cuba (1937-39), Estados Unidos (1939-51) y Puerto Rico (1951-56).
A través de sus confidencias conocemos, no al genio literario, sino al hombre quien fuera el centro de su vida y a quien se entregó por completo:

“21 de diciembre de 1938
Las cosas entre J.R. y yo llegaron a su punto culminante. Yo me doy cuenta de que tengo un gran defecto al no poder tolerar acusaciones, pero mi indignación fácilmente provocada y probablemente injusta la mayor parte de las veces, me saca toda la que tengo normalmente reprimida por estar mortificada todo el tiempo.(…) Armé un infierno. Le dije que todos los hombres que él desprecia y critica, por lo menos se mantienen, y a su mujer y a sus hijos, y él, que no tiene que preocuparse por casa y comida, no puede resolver ni los problemas más pequeños y está desperdiciando su vida tirado en la cama o perdiendo el tiempo en los vestíbulos de los hoteles con un montón de gente poco interesante.”

“25 de diciembre de 1938
Yo estaba muy preocupada por J.R., por sus largos silencios, su cara de pena y sus respuestas medio distraídas, pero esta tarde parecía más animado, más como él, y al regreso me habló mucho sobre Unamuno, sus fuerzas rudas, su absoluta falta de sentimiento por la belleza, su completa indiferencia a la música. También habló de lo difícil que se les hacía a los hombres de su generación aprender bien las lenguas; de la facilidad con que algunos valores menores aprovechaban las ventajas de la vida y de la total falta de adaptación de otros como Rilke, que casi se murió de hambre. Creo que después que exploté anteayer, él ha estado pensando en sí mismo. De todos modos, los dos hablamos mucho tiempo, disfrutando el uno del otro y escuchándonos el uno al otro. Me gustó tanto que se lo dije.”

“Lunes 27 de febrero de 1939
.. [J. R.] acababa de dictar su llamamiento para empezar a recoger dinero para los intelectuales españoles que sufren en los campos de concentración de Francia cuando al abrir el periódico se le hundió la cabeza de pena al leer sobre la muerte de Antonio Machado. Trató que lo invitaran a la Universidad de La Habana, pero los más jóvenes, Gaos en particular, que fue el primero en beneficiarse, no querían tener nada que ver con los mayores (solamente los de su generación) y prevaleció sobre J. R. Ahora era más grande su dolor por no haber podido ayudarle. Quizás se hubiera salvado. Pero como dice J. R.: «Ha sido una muerte noble, acorde a su vida —sobre todo física— esforzada y lastimosa». Me parece que a ratos había algo de envidia en los pensamientos de J. R. en cuanto a su muerte. Lo más probable es que J. R. estuviera muerto o completamente loco de haber seguido su suerte, pero el día en que juntó su destino al mío, cambió ese fin. Después de todo, yo soy, en parte, dueña de mi propia vida y J. R. no puede vivir la suya aparte de la mía. Y yo no acabo de ver ningún ideal que valga el arrojar una vida, pese a todo lo que se proclama. En esta empresa nuestra, yo siempre he sido Sancho.”

“Domingo 7 de enero de 1940.
Se me vino encima la vida entera y la anulación gradual de mi personalidad en todo lo que no sea ayuda para los objetivos de J. R. y sobre todo la idea de que cuando J. R. quiere algo siempre estoy dispuesta a hacer sacrificios para que él pueda tenerlo, mientras que cuando yo quiero algo, aunque sea la cosa más mínima, si implica cooperación de su parte, basta que yo lo quiera para que él quiera lo contrario.”

“20 de mayo de 1945. Domingo
La gripe de J. R. y el que Inés pasara el domingo en Alexandria hicieron que me quedara en casa este fin de semana. Hoy J. R., que se ha negado a dejar de trabajar, ha llegado a asegurarme que un poco de fiebre ayuda a aclarar la mente y hoy ha resuelto 4 problemas importantes para su trabajo: se dio cuenta de cómo debía ser “Con la rosa”, de qué poemas deberían ir al comienzo y al final de cada parte, etc. Ha sido un fin de semana muy provechoso y me dice a cada rato lo bien que va todo. Me dice cuánto disfruta y cuánto le ayudo y: “Habla un poco conmigo que después de muertos ya no podremos hablar”.”

La prioridad de Zenobia, al saber que sus días estaban contados por el cáncer que la aquejaba, era darle fuerzas a Juan Ramón para continuar su obra.
Le preocupaba dejarlo solo porque sabía cuánto él dependía de ella.
Su muerte, ocurrida en el 1956 en Puerto Rico, dejó sumido en tal depresión al poeta que ni el haber recibido, tres días antes, el Premio Nobel de Literatura lo pudo mitigar.
Fue ella quien le dio la noticia, quizás la última alegría de su vida.
Poco después, presintiendo también su final, arañó la vieja victrola que les había regalado su cuñado, y grabó el nombre “Zenobia” al frente y encima, las iniciales “ZJR” y “JZR” entrelazadas.
La misma permanece en la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez de la Biblioteca de la Universidad de Puerto Rico, donde ambos fueron profesores.
Dos años más tarde, Juan Ramón se iría tras su amada Zenobia:

“A Zenobia de mi alma, este último recuerdo de Juan Ramón,
que la adoró como a la mujer más completa del mundo,
y no pudo hacerla feliz.
J.R.
Sin fuerza ya”.

 

 

.al besarnos

el-beso-auguste-rodin

(El Beso-Auguste Rodin)

 

 


 “Al besarnos, compartimos el aliento, abrimos la fortaleza de nuestro cuerpo a nuestro amante, nos abrigamos bajo una red cálida de besos, bebemos
de la fuente del otro, de su boca.
Al partir en una caravana de besos por el cuerpo del otro, dibujamos el mapa del nuevo territorio con dedos y labios, deteniéndonos en el oasis de un ombligo, el otero de un muslo, el lecho del río de una espalda.
Es una especie de peregrinación del tacto, que nos lleva al templo de nuestro deseo.
Hay besos salvajes y hambrientos, o bien besos tiernos, hay besos fugaces y suaves como las plumas de un pájaro.
Es como si, en el complejo lenguaje del amor, hubiera una palabra que sólo puede ser dicha cuando los labios se tocan, un contrato silencioso sellado con un beso.
Un estilo de sexo puede ser directo, sin romanticismo, pero un beso es la cima de la voluptuosidad, una contracción del tiempo y una expansión del espíritu en alas del romance, cuando los huesos se estremecen y la anticipación nos hace hervir, pero la gratificación es contenida a modo de un exquisito tormento, para construir un crescendo suculento de emoción y pasión.
Cuando yo estaba en secundaria, a comienzos de la década de los sesenta, las chicas decentes no lo hacían «todo» (la mayoría de nosotras ni siquiera habría sabido cómo hacerlo).
¡Pero sí podíamos besar!
Nos besábamos durante horas en el asiento de un Chevy prestado cuyo motor sonaba como un lavaplatos estropeado; nos besábamos con inventiva, abrazando a nuestro novio desde atrás cuando íbamos en motocicleta, cuya vibración nos derretía las caderas; nos besábamos con extravagancia junto a la fuente de las tortugas en el parque, o en la rosaleda o en el zoológico; nos besábamos delicadamente, en oleadas de ternura; nos besábamos ardientemente, con las lenguas como atizadores al rojo; nos besábamos intemporalmente, porque los amantes de todos los tiempos han conocido nuestros sentimientos; nos besábamos con salvajismo, casi dolorosamente, con rigor de ladrones de almas; nos besábamos de forma complicada, como si estuviéramos inventando el beso por primera vez; nos besábamos furtivamente cuando nos encontrábamos en los pasillos, entre dos clases; nos besábamos con el alma en la sombra de los conciertos, tal como creíamos que debían de hacerlo los caballeros musicales de la pasión como The Righteous Brothers y sus novias; besábamos prendas de vestir u objetos pertenecientes a nuestro novio; nos besábamos las manos cuando le enviábamos besos a nuestro enamorado desde el otro lado de la calle; besábamos las almohadas por la noche, pensando que era él; besábamos
sin vergüenza, con toda la robusta energía de la juventud; besábamos como si besar fuera a salvarnos de nosotros mismos.
Poco antes de que yo fuera al campamento de verano, que es lo que hacían las chicas de catorce años de la Pennsylvania urbana para marcar el paso del tiempo, mi novio, al que mis padres no aceptaban (no pertenecía a la «buena» religión) y me habían prohibido ver, caminaba siete kilómetros todas las tardes y trepaba hasta la ventana de mi dormitorio sólo para besarme.
No eran besos «franceses» con la boca abierta, de los que no sabíamos nada, y no iban acompañados de caricias.
Eran sólo besos adolescentes, de los que hacen detener el mundo y el tiempo: los labios se aprietan y una siente un anhelo tan profundo que cree desmayarse.
Mientras yo estuve ausente, nos escribimos cartas, pero cuando volvieron a empezar las clases, el romance pareció diluirse de mutuo acuerdo.
Sigo recordando esas tardes de verano, cómo se escondía en el armario si mis padres o mi hermano pasaban cerca, y después me besaba
durante una hora o más antes de marcharse para llegar a su casa antes de la noche, y yo me maravillaba de su decisión y del poder de un beso.
Un beso parece ser el más mínimo movimiento de los labios, pero puede capturar emociones salvajes o tiernas, o ser un contrato, o iluminar un misterio.
Algunas culturas no practican mucho el beso.
En El beso y su historia, el doctor Christopher Nyrop habla de tribus finesas «que se bañan juntas en un estado de completa desnudez» pero consideran el beso «como algo indecente».
Algunas tribus africanas, cuyos labios están decorados, mutilados, estirados o deformados de alguna forma, no se besan.
Pero son raras.
La mayoría de los pueblos del planeta se saludan cara a cara; sus saludos pueden tomar muchas formas, pero lo más usual es que incluyan besos, o saludos de nariz.
Hay muchas teorías sobre el origen del beso.
Algunos estudiosos, creen que se desarrolló a partir del acto de oler la cara de la otra persona, inhalándola por amistad o amor, para evaluar su humor y bienestar.
Actualmente hay culturas en las que las personas se saludan poniendo las cabezas juntas y oliendo la esencia del otro.
Algunos se huelen recíprocamente las manos.
Las membranas mucosas de los labios son exquisitamente sensibles, y con frecuencia usamos la boca para gustar la textura mientras con la nariz intentamos oler el sabor.
Los animales suelen lamer a su amos o a sus crías con gusto, saboreando la identidad de un ser querido.
Es posible que empezáramos a besar como un modo de oler y saborear a alguien.
Según la Biblia, cuando Isaac envejeció y perdió la vista, llamó a su hijo Esaú para besarle y darle la bendición, pero Jacob se puso la ropa de Esaú y, como olía a Esaú para la nariz de su padre ciego, recibió él el beso.
En Mongolia, un padre no besa a su hijo pero le huele la cabeza.
Hubo una época en la que los españoles terminaban sus cartas formales con las iniciales QBSP (Que Besa Su Pie) o QBSM (Que Besa Su Mano).
Algunas culturas prefieren frotarse las narices (inuits, maoríes, polinesios y otros), mientras que en algunas tribus malayas la palabra que significa
«olor» significa también «saludo».
He aquí cómo describe Charles Darwin el beso de frote de nariz malayo: «Las mujeres estaban en cuclillas, con los rostros alzados; mis asistentes se inclinaron sobre ellas y comenzaron a frotarse. Duró algo más que un apretón de manos cordial entre nosotros. Durante ese proceso soltaron un gruñido de satisfacción. »
¿Cómo se inició la costumbre de besarse en la boca?
Para los pueblos primitivos, el aire caliente que sale de lus bocas pudo haberles parecido un vehículo mágico del alma, y el beso, un modo de fundir dos almas.
Desmond Morris -que desde hace mucho tiempo ha venido observando a la gente con el ojo agudo de un zoólogo- es una de las autoridades que afirman este origen fascinante, y para mí muy verosímil, del beso a la francesa:
En las sociedades humanas primitivas, antes de que se inventara la comida preparada para bebés, las madres masticaban la comida de sus hijos y después se la pasaban, en un contacto boca-a-boca que naturalmente implicaba una considerable cantidad de contacto de lengua y presión mutua de las bocas.
Este sistema de alimentación semejante al de las aves hoy nos parece extraño, pero es probable que nuestra especie lo practicara durante un millón de años o más, y el beso erótico de los-adultos de la actualidad es casi con seguridad un «gesto reliquia» proveniente de aquellos orígenes (. . .) Si nos ha sido transmitido de generación en generación (. . .) o tenemos una predisposición hacia él, no podemos decirlo.
Pero, sea cual fuere el caso, parece como si con el beso profundo y el contacto de lenguas de los amantes modernos volviéramos al estadio de alimentación infantil de un pasado muy distante. (. . .) Si los jóvenes amantes que exploran sus bocas con la lengua sienten el antiguo placer de la alimentación parental por boca, esto puede contribuir a aumentar su confianza mutua y a hacer más sólida su unión.
Nuestros labios son deliciosamente suaves y sensibles.
Sus sensaciones de tacto son captadas por una gran parte del cerebro, de lo que resulta que besarse es una experiencia muy completa.
No sólo besamos románticamente, por supuesto; también lo hacemos con los dados antes de lanzarlos, besamos nuestros dedos lastimados
o los de un ser querido, besamos nuestro símbolo o estatua religiosos, besamos la bandera de nuestra patria o el suelo mismo, besamos un amuleto, una fotografía, el anillo de un rey o un obispo, nos besamos la palma de la mano para lanzarle un adiós a alguien.
Los antiguos romanos daban el «último beso», que según la tradición podía capturar el alma del moribundo.’
En los E.UU. tenemos expresiones peculiares con la palabra kiss (beso besar): kiss off es sacarse a alguien de encima, y kiss my ass! un insulto que sólo se nos escapa cuando estamos de muy mal humor.
Las jóvenes dejan la huella de sus labios pintados en el reverso de los sobres de modo que el correo transporte un beso a su amado.
Incluso decimos que una bola de billar «besa» a otra cuando la toca delicadamente.
La firma Hershey vende pequeños «besos» de chocolate envueltos en papel metálico, para que podamos regalarnos a nosotros mismos o regalar a otros amor con cada bocado.
La liturgia cristiana incluye un «beso de paz», ya sea a un objeto sagrado (una reliquia o una cruz), ya de otro fiel; algunas sectas cristianas
lo han traducido en un apretón de manos.
En el antiguo Egipto, en Oriente, en Roma y en Grecia, la etiqueta mandaba besar el ruedo del vestido o los pies o las manos de las personas
importantes.
María Magdalena besó los pies de Jesús.
Un sultán solía exigir que los súbditos de distintos rangos le besaran distintas partes de su real cuerpo: los altos funcionarios podían besar su dedo gordo del pie, otros debían limitarse a la punta de su manto.
Los pobres apenas podían hacer una reverencia desde lejos.
La costumbre de dibujar una hilera de equis al pie de una carta para representar besos comenzó en la Edad Media, cuando había tantos analfabetos que una cruz era aceptada como firma en un documento legal.
La cruz no representaba la Crucifixión ni era un garabato arbitrario; representaba la «marca de San Andrés», y la gente juraba ser honesta en su sagrado nombre.
Para confirmar su sinceridad, besaban su firma.
Con el tiempo, la «X» quedó asociada solamente al beso.
Quizá el beso más famoso del mundo sea la escultura de Rodin El beso, en la que dos amantes, sentados en una piedra, se abrazan tiernamente con una energía radiante, y se besan para siempre.
La mujer pasa su brazo izquierdo alrededor del cuello del hombre, y parece estar cantando en la boca de él.
Con la mano derecha apoyada en el muslo de ella -un muslo que él conoce y adora-, el hombre parece estar tocando un instrumento musical.
Envueltos uno en el otro, pegados en el hombro, la mano, la pierna, la cadera y el pecho, sellan su destino con sus bocas.
Las pantorrillas y rodillas de él son hermosas; los tobillos de ella, fuertes y firmes, aunque femeninos, y hay abundancia de carne y curvas en sus pechos, caderas y cintura.
El éxtasis fluye de cada poro de ambos.
Aunque se tocan en pocos lugares, parecen estar tocándose en cada célula.
Sobre todo, no nos tienen en cuenta, ni al escultor ni a los espectadores ni a nada en el mundo fuera de ellos mismos.
Es como si hubieran caído en el pozo del otro; no sólo están absortos sino que se absorben mutuamente.
Rodin, que solía tomar esbozos secretos de los más pequeños movimientos que hacían sus modelos, les dio a esos amantes una vitalidad y un temblor que el bronce rara vez puede captar en su calma esencial.
Sólo las caricias fluidas y concentradas de amantes vivos que se besan realmente podrían captarlo.
Rilke observó cómo Rodin era capaz de llenar sus esculturas «con esa profunda vitalidad interior, con la rica y sorprendente inquietud de la vida. Incluso la tranquilidad, allí donde la había, estaba compuesta de cientos y cientos de movimientos que se mantenían en equilibrio. (. . .)
Aquí había un deseo imposible de medir, una sed tan grande que todas las aguas del mundo se secaban en ella como una sola gota».
Según los antropólogos, los labios nos hacen pensar en los labios de los genitales femeninos, porque se enrojecen e hinchan cuando están excitados, motivo por el que consciente o inconscientemente las mujeres siempre han hecho más rojos sus labios con pintura.
Hoy están de moda los labios hinchados; las modelos se pintan labios más grandes y más acogedores, casi siempre en matices del rosa y el rojo, y luego aplican brillo para hacerlos parecer húmedos.
De modo que, al menos antropológicamente, un beso en la boca, especialmente con la introducción de las lenguas y el intercambio de saliva, es otra forma de coito, y no puede sorprender que haga surgir en el cuerpo y la mente las más agradables sensaciones.”

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

.me llamó al mundo

robert-doisneau-1961

Robert Doisneau-1961

 

“Me llamó al mundo un avaro perfume de belleza, de océanos,
de milagro, de ebrias vendimias, de muerte y resurrección.

Me llamó al mundo esta tierra y su voracidad de astro,
los árboles como pajareras del cielo, las orquídeas amarillas
enloqueciendo el corazón de las siestas, los puentes, los lamentos,
las pasiones, un incesante gesto de adiós y un eterno orgullo
por huír de todo lugar, de toda paciencia, de toda orilla,
de todo instante.

Me llamó al mundo el gozo de estar de pié cuando paisaje
y música se encuentran en lo más intenso de la luz, cuando
llegan las golondrinas a la semilla del agua, cuando cada mes
abre sus inmensas llanuras a la vida de los besos.

Me llamó al mundo una extraña fuerza de respirar… Y qué
errante llamarada encendió mis venas con una furia de espacio
y abismo, qué zodíaco me dió las largas sequías de mis manos,
qué ardor penetró estos brazos en la desembocadura desértica
y vehemente de mi sangre, qué carcajada profunda
abrió mis puños a todos los aromas, a todos los placeres.

Me llamó al mundo este corazón que me está matando,
que me incendia majestuosamente, que me mira desde altas fiebres
con ojos despavoridos, que me ama en la sombra
con besos de loba herida. Este corazón que me hace de pronto
tan cruel y alegre, tan ávido en la oscuridad del universo.

Me llamó al mundo una delgada cintura de selvas, cerros y playas amarillas.
Un país tropical con un antiguo dolor en los muros, en sus campesinos,
en sus tribus, en sus barrios de chapa. Oh todo un país con un largo tajo
de este a oeste, de madre a madre, de techo a techo. de sombra a sombra.
Una tierra de ardidas palmeras, con lluvias colmadas de brillantes dioses
y con calores que desnudaban hermosas negras. País con provincias que salían
a navegar en las noches claras, país pintado, de negro y carnaval,
de blanco y quimera, poseído por hormigueros de marfil.

Me llamó al mundo el zumbido de oro del pecado original.

Me esperaba toda la sinfonía de la creación: el luto de las arañas,
las monturas de cuero, el rocío, la luz, el olor a menta de las sastrerías,
las estatuas, los hermosos ojos de Rumania, el barro, el olor a albahaca,
las vidalas del otoño, la voz claras de las casas antes del mediodía,
el Paraná, las danzas y los galopes, las piedras, la pampa, la sed, los barrios.

Y ahora el mundo me alimenta con un profundo sabor a sal, vino y ajo,
me abandona a mi sangre o a mi tinta.
Estoy en la segunda muerte de un ángel, o en la segunda vida de un Dios.
No hay paciencia en mis venas, hay inmensidad y olas.
No hay latidos bajo mi piel de fuga, hay fiebres y manzanas y flechas…
Todo lo recito, lo desgarro, lo templo.

¡Ay, mundo mío!, sóplame otra vez el corazón con tus volcanes,
vacíame el cuerpo, llénalo de raíces y espadas,
quémame los pies, rómpeme las vestiduras,
déjame sólo el camino y las noches.”

-Celedonio Torres Ávalos

 

 

 

.el sueño

.el sueño

 

“Caminaba sola por los confines de una gran ciudad, por calles destuida y enlodadas, con oscuras casitas a los lados -escribe una mujer moderna, al describir un sueño que ha tenido-. No sabía dónde estaba, pero me gustaba explorar; escogí una calle que estaba terriblemente lodosa y conducía a lo que debe de haber sido una alcantarilla abierta.
Seguí adelante entre las hileras de casuchas y entonces descubrí un pequeño río que corría entre donde yo estaba y un lugar alto y firme donde había una calle pavimentada.
Éste era un río hermoso y perfectamente claro, que corría sobre el césped.
Podía ver la hierba moverse bajo el agua.
No había manera de cruzarlo, por eso fuí a una casita y pedí un bote.
Un hombre me dijo que me ayudaría a cruzar.
Sacó una cajita de madera que puso en la orilla del río y yo ví en seguida que por medio de esta caja podía brincar fácilmente al otro lado.
Supe que el peligro había pasado y quise recompensar generosamente al hombre que me auxilió.
Cuando pienso en este sueño, tengo la sensación de que no era necesario escoger el camino que yo tomé, sino que pude haber hecho una cómoda caminata por las calles pavimentadas.
Había querido ir por aquella parte destruída y lodosa porque prefería la aventura, y habiendo comenzado tenía que seguir adelante…
Cuando pienso con cuánta persistencia tenía que seguir adelante en el sueño me parece que debo de haber sabido que había algo bueno al final, como aquel río lleno de hierba y la calle alta segura y pavimentada que estaba detrás.
Pensándolo en esos términos es como la determinación de nacer -o mejor dicho, de nacer de nuevo- en una especie de sentido espiritual.
Tal vez alguno de nosotros tienen que atravesar caminos oscuros y desviados antes de poder encontrar el río de paz o el camino alto al destino del alma…”

-Frederick Pierce, Dreams and Personality

 

.sobre la creatividad

.sobre la creatividad

 

 “Hacer es ser.
Haber hecho no basta.
Abarrotarse de hacer: ése es el juego.
Nombrarse a cada hora por lo actuado,
medir el tiempo en la hora del crepúsculo
y descubrirse en actos
imposibles de conocer antes que ocurra
lo que has sonsacado a ese yo oculto
que por su parte exige cortejeos,
de modo que hacer es lo que alumbra;
mata la duda por el simple salto,
el arrebato, la carrera
en pos
del yo re-descubierto.
No hacer es morir,
o haraganear entre las cosas
que acaso se hagan algún día.
¡Fuera con eso!
El mañana estará vacío
si nadie lo azuza hacia la vida
con una movediza mirada.
Que el cuerpo guíe a la mente
y la sangre sea lazarillo.
y tú entrénate y ensaya
para encontrar el universo
del centro de tu alma
sabiendo que ver y estar en movimiento
-¡Hacer es ser!-
da siempre resultado.”

“Tenemos el arte para que la verdad no nos mate.
Para nosotros el mundo es demasiado.
Después de cuarenta días el Diluvio sigue.
Las ovejas que pastan allá lejos son chacales.
Ese tictac en tu cabeza es de verdad el Tiempo
y vendrá por la noche a sepultarte.
El tibio niño que ahora duerme partirá en el alba,
y con tu corazón irá hacia mundos que ignoras.
Y por eso
necesitamos que el Arte enseñe a respirar
y haga latir la sangre; tener que aceptar la cercanía
del Diablo
y la edad y la sombra y el coche que atropella,
y al payaso con máscara de Muerte
o la calavera que con corona de Bufón
a medianoche agita cascabeles
de óxido sangriento y matracas gruñonas
que estremecen los huesos del desván.
Tanto, tanto, tanto… ¡Demasiado!
¡Destroza el corazón!
¿Y entonces? Encuentra el Arte.
Toma el pincel. Aviva el paso. Mueve las piernas.
Baila. Prueba el poema. Escribe teatro.
Más hace Milton que Dios, aun borracho,
para justificar los modos del Hombre con el Hombre.
Y el divagante Melville se toma en serio la tarea
de encontrar la máscara bajo la máscara.
Y la homilía de Emily D. señala el basurero
de nuestras anomalías.
Y Shakespeare envenena el dardo de la Muerte
y la herramienta de un arte de enterrador.
Y Poe construye un Arca de huesos
porque ha presentido un diluvio de sangre.
La muerte es una dolorosa muela del juicio;
extrae esa Verdad con las tenazas del Arte
y emploma el abismo en donde estaba
oculta en las sombras con el Tiempo y las Causas.
Aunque el Gusano Rey nos devore el corazón
con la boca de Yorick demos gracias al Arte.”
-Ray Bradbury (de “Zen en el Arte de Escribir”)

.memorias del fuego

.memorias del fuego

 

 

 

 

 

 

“Rompo este huevo y nace la mujer
y nace el hombre. Y juntos vivirán
y morirán. Pero nacerán nuevamente.
Nacerán y volverán a morir
y otra vez nacerán.
Y nunca dejarán de nacer,
porque la muerte es mentira.”

-Eduardo Galeano (“Mito de los indios makiritare”)

 

 

.la pálida luna alumbra entre nubes dispersas en el cielo otoñal

.otoño

 

 

“La pálida luna alumbra entre nubes dispersas en el cielo otoñal.
La embriagadora belleza de la escarcha pesa sobre el follage y
lo humilla hacia el frío del torrente.
Sola ante la ventana, soporto el peso de los días, y nada viene a aligerarlo.
Y compongo poemas que voy borrando a medida que los corrijo.
A lo largo de la balaustrada, florece el oro de los crisantemos.
El odioso clamor de las cigüeñas deja caer su pesadumbre del cielo glacial.
Y yo, tras la celosía, en la soledad de mi solitario pabellón,
¡sola, quemando perfumes, y soñando… sola!”

Chao Su Cheng (Siglo XII)

 

 

.y será llamada Mujer

.y será llamada Mujer

Fuente: Web

 

 

 “Y será llamada Mujer”
Génesis II, 23
1
Ella ni gritó
ni se movió.
Se quedó quieta
y se apoyó
contra la gran curva
de la tierra,
y su pecho
parecía una fruta
reventada por su propia dulzura.
No se movió
ni gritó –
sólo miró abajo
hacia la mano
sobre su pecho.
Miró abajo
la mano desnuda
y lloró.
No podía aún soportar
que este delicado salvaje
estuviera encima suyo.
No podía aún soportar
que latiera así la sangre.
No podía aguantar
el primer dolor
de la plenitud.
Se quedó quieta
y miró abajo
a la mano
donde la sangre corría encerrada
y deseó soltar la sangre
y dejarla fluir
sobre su pecho
como lluvia.
2
No sobre la tierra
pero seguro en algún sitio
entre los elementos
del aire y el mar
se recostó esa noche,
ningún saliente de hueso que marcara
dónde el cuerpo se agarraba al cuerpo
ni ninguna parte de la carne,
extrañamente impenetrable –
Oh, sin duda ella apareció
en algún sitio
de ese claro espacio
donde el cielo y el agua se tocan
y se vuelven transparentes,
conociendo las olas.
3
Soportó la herida del deseo
que no se cerraba
a pesar de que intentara
quemar su mano
y convertir un dolor
en un dolor más simple –
pero no se cerraba.
No sabía
cuán fuerte
es la voluntad del cuerpo,
cuán intrincadas
los comienzos de su flexibilidad
que ahora quedaban
sin tocar,
como un arco –
se vio a sí misma
perturbada en el centro
y rota.
Y se fue al mar
porque le dolía el corazón
y no había cura.
4
No en la negación, su paz.
Porque en el mar, allá
donde deseó
dejar su cuerpo
como una pequeña prenda,
ahora veía
que no por separarse de eso
la finitud terminaría
ni el átomo moriría
porque lo puramente abstracto
no existe solo.
De esos vastos lugares
ella debe volver
hacia sus partículas.
Debe ponerse de nuevo
la pequeña prenda
del hambre.
No en la negación
su apaciguamiento,
no todavía.
5
Por mucho tiempo
fue de dolor
y debilidad,
y aquella que adoraba
todas las cosas derechas
y los pechos angostos
se recostaba relajada,
como un animal dormido,
sin fuerza.
Por mucho tiempo
la poseyó un estado de conciencia
que aparecía en cada dolor
como si fuera una herida
dentro de ella –
un ratón con su chillido mínimo
que la dejaba
seca y gastada.
El cuerpo irrefutable
parecía
atrapado en una simpatía de hielo
por todo lo vivo –
que ya se había
iniciado.
6
Y luego un día
todos las sensaciones
se deslizaron fuera de su piel
hasta que no quedó conciencia ni de los dedos,
ningún dolor –
y toda ella volvió
a la tierra
como una gravedad abstracta.
No sabía
cómo había podido
cerrar sus párpados separados
ni dónde había aprendido
el gesto de estar dormida,
sin embargo algo en ella dormía
muy profundamente
y algo en ella
descansaba como una piedra
debajo de un vestido doblado –
que no podía saber cuán largo era.
7
Su cuerpo era una ciudad
donde el alma
había estado durmiendo,
y ahora despertaba.
Era conciente
hasta el extremo
de cómo ella misma estaba cargada,
como una fibra eléctrica,
una mano debajo de su pecho
podía escuchar el dínamo.
Una mano sobre su cintura
podía sentir los latidos.
Ella podía sentir los átomos girar,
la miríada expandiéndose
y girando.
Miró su mano –
la red
con su multitud de líneas,
los exquisitos pelitos,
las venas
encontrando su rumbo
hasta las uñas,
las mismas uñas
firmemente agarradas
con media lunas
en su base,
el hueso bien ubicado,
los nudillos y tendones,
y examinó
la misteriosa leyenda
en su palma –
ésta era su mano,
un regalo que alguien le había dado.
Y miró sus senos,
que eran firmes y rellenos,
bien parados
en medio de su pecho,
cada uno una ciudad que era
misteriosamente parte
de otras ciudades.
La tierra misma
dejó de ser intrincada
y más hermosa
que estos dos pechos
sostenidos por sus manos,
pesados en sus manos.
Nada fue nunca
tan maravilloso como esto.
8
Dejó que sus manos
bajaran con suavidad por su piel,
por la curva de sus costillas,
la panza suave
y los muslos delgados.
Dejó que sus manos
se deslizaran hacia abajo
como si sostuvieran un vestido
y ella se lo estuviera probando
por primera vez,
una fina prenda con brillos
que no querría perder:
Así se vistió.
9
Nunca más estaría desnuda
otra vez –
no conocería
esa desnudez
que se estira hasta los bordes
y no encuentra refugio
en la pura y terrorífica
luz del espacio.
El ser finito
que se juntó
y nació
de lo infinito,
era suyo
enteramente.
Por primera vez
supo lo que significaba
estar hecha así,
moldeada bajo esta forma
de pera,
este peso de fruta curva.
10
Había semillas
dentro suyo
que se reventaban a intervalos,
y por un tiempo
volvía
a la pesadez,
y entonces antes del creciente milagro
de la sangre,
el relax,
identificarse otra vez consigo misma,
cada vez más cerca
del corazón de la vida.
“Soy el comienzo,
lo que no termina,
el árbol perfecto”.
Y se recostaría
otra vez como una vez lo hizo
en la gran curva de la tierra,
siendo parte de su giro,
una parte tan diferenciada
del universo como una estrella –
igual de susceptible
y completamente rítmica.”

-May Sarton

.zen en el arte de escribir

.zen en el arte de escribir

 

 

 

 “TRABAJO.
Ésta es la primera palabra.
RELAJACIÓN.
Ésta es la segunda. Seguida de dos finales:
¡NO PENSAR!
Ahora bien, ¿qué tienen que ver estas palabras con el budismo zen?
¿Qué tienen que ver con la escritura?
¿Y conmigo?
Pero muy especialmente, ¿qué tienen que ver con ustedes?
Antes que nada, echemos una larga mirada a TRABAJO, esa palabra levemente repulsiva.
Sobre todo, es la palabra alrededor de la cual girará la carrera de ustedes durante toda la vida.
Empezando ahora, cada uno de ustedes debería volverse no un esclavo, término demasiado mezquino, sino un socio.
Cuando consigan que la existencia y el trabajo sean experiencias copartícipes, la palabra perderá su aspecto repulsivo.
Dejen que me detenga aquí un momento a hacer unas preguntas.
¿Por qué en una sociedad de herencia puritana tenemos hacia el trabajo sentimientos tan ambivalentes?
No estar ocupados nos da culpa, ¿verdad?
Pero por otro lado, si sudamos en exceso nos sentimos manchados.
Sólo puedo sugerir que a veces nos inventamos un trabajo, una actividad falsa, para no aburrimos.
O, peor aún, se nos ocurre trabajar por dinero.
El dinero se vuelve el objetivo, la meta, el fin y el todo.
Y el trabajo, importante sólo como medio para ese fin, degenera en aburrimiento.
¿Cómo puede sorprendemos que lo odiemos tanto?
Al mismo tiempo, otros, los más presuntuosos, han alentado la noción de que basta una pluma, un trozo de pergamino, una hora ociosa al mediodía, un soupçon de tinta primorosamente estampado en papel…, si hay un vaho de inspiración.
Siendo dicha inspiración, con demasiada frecuencia, el último número de The Kenyon Review o cualquier otro trimestral literario.
Unas pocas palabras por hora, unos párrafos grabados por día y… ¡voila!
¡Somos el Creador!
¡O, mejor todavía, Joyce, Kafka, Sartre!
No hay nada que supere a la creatividad verdadera.
No hay nada más destructivo que las dos actitudes descritas arriba.
¿Por qué?
Porque las dos son formas de mentir.
Es mentiroso escribir para que el mercado comercial nos recompense con dinero.
Es mentiroso escribir para que un grupo esnob y cuasiliterario de las gacetas intelectuales nos recompense con fama.
¿Hace falta que les cuente cómo rebosan las revistas literarias de jóvenes que se convencen de que están creando cuando lo único que hacen es imitar los arabescos y floreos de Virginia Woolf, William Faulkner o Jack Kerouac?
¿Hace falta que les cuente cómo rebosan las revistas femeninas y otras publicaciones comerciales de jóvenes que se convencen de que están creando cuando lo único que hacen es imitar a Clarence Buddington Kelland, Anya Seton o Sax Rohmer?
El mentiroso de vanguardia piensa que será recordado por una mentira pedante.
A la vez el mentiroso comercial, en su nivel, piensa que si él se tuerce, es porque el mundo está inclinado; ¡todo el mundo camina así!
Bien, me gustaría creer que a nadie que lea el presente artículo le interesan estas formas de la mentira.
Cada uno de ustedes, interesado en la creatividad, quiere entrar en contacto con aquello de sí mismo que es auténticamente propio.
Quieren fama y fortuna, sí, pero sólo como premio por un trabajo sincero y bien hecho.
La notoriedad y la cuenta abultada deben llegar cuando todo lo demás ya ha concluido.
Es decir que mientras uno está ante la máquina no ha de tenerlas en cuenta.
Quien las tiene en cuenta miente de una de las dos formas: bien para complacer a un público minúsculo, capaz de apalear una Idea hasta la insensibilidad, y al cabo matarla, o a un público amplio que no reconocería una Idea aunque ésta le diese un mordisco.
Se habla mucho de los que se someten al mercado, pero no lo suficiente de los que se someten a las camarillas.
En último análisis, ambas actitudes son desgraciadas para el escritor que vive en este mundo.
Nadie recuerda, nadie menciona, nadie discute la historia de un sometido, sea un Hemingway diminuto o un Elinor Glyn de tercera.
¿Cuál es la mayor recompensa para un escritor?
¿No es que un día alguien se le abalance, con la cara estallando de franqueza Y los ojos ardientes de admiración, y exclame: «¡Su último cuento era buenísimo, realmente maravilloso!»?
Entonces sí vale la pena escribir.
Sólo entonces.
De golpe las pomposidades de los intelectuales desvaídos se desvanecen en polvo.
De pronto los agradables billetes obtenidos de revistas gordas de publicidad pierden toda importancia.
El más artificioso de los escritores vive para ese momento.
Y Dios, en su sabiduría, a menudo proporciona ese momento al más rácano de los escribidores y al más exhibicionista de los literateurs.
Porque en la labor cotidiana llega un momento en que el consabido Escritor Comercial se enamora tanto de una idea que empieza a galopar, echar vapor, jadear, exaltarse y, a pesar de sí mismo, escribir desde el corazón.
Y así también al hombre de la pluma de ganso le entra fiebre, y a fuerza de sudar caliente termina soltando tinta roja.
Luego estropea docenas de plumas y horas más tarde emerge del lecho de la creación, ruinoso como quien ha desviado un alud que iba a aplastarle la casa.
Ahora bien, ¿qué es ese sudor?, preguntarán ustedes.
¿Debido a qué esos dos mentirosos casi compulsivos se lanzaron a decir la verdad?
Permítanme alzar de nuevo mis carteles.
TRABAJO.
Es del todo evidente que los dos estaban trabajando.
Y, pasado un rato, el trabajo mismo adquiere un ritmo.
Empieza a perderse lo mecánico.
Prevalece el cuerpo.
Cae la guardia.
¿Entonces qué pasa?
RELAJACIÓN.
Hasta que los hombres se dan a seguir alegremente mi último consejo:
NO PENSAR.
Lo que resulta en más relajación, más espontaneidad y una mayor creatividad.
Ahora que los he confundido por completo, permítanme una pausa para oír su grito consternado.
¡Imposible!, dicen, ¿cómo es posible trabajar y relajarse?
¿Cómo se puede crear sin ser un despojo de nervios?
Se puede.
Todos los días de todas las semanas de todos los años hay alguien que lo hace. Atletas. Pintores. Escaladores de montañas. Budistas zen con pequeños arcos y flechas.
Hasta yo puedo.
Y si hasta yo puedo, como probablemente están mascullando ahora con los dientes apretados, ¡también pueden ustedes!
De acuerdo, ordenemos de nuevo los carteles.
En realidad cabría ponerlos en cualquier orden.
RELAJACIÓN y NO PENSAR podrían ir primero y segundo, o los dos al mismo tiempo seguidos de TRABAJO.
Pero por conveniencia hagámoslo así, con la adición de un cuarto cartel de desarrollo:
TRABAJO, RELAJACIÓN, NO PENSAR. AHONDAR LA RELAJACIÓN.
¿.Analizamos el primero?
TRABAJO.
Usted, por ejemplo, ya viene trabajando, ¿no?
¿O planea algún tipo de programa personal para empezar no bien deje este artículo?
¿Qué clase de programa?
Algo así.
Mil o dos mil palabras por día durante los próximos veinte años.
Al principio podría apuntar a un cuento por semana, cincuenta y dos cuentos al año, durante cinco años.
Antes de sentirse cómodo en este medio tendrá que escribir y dejar de lado o quemar mucho material.
Bien podría empezar ahora mismo y hacer el trabajo necesario.
Porque yo creo que finalmente la cantidad redunda en calidad.
¿Cómo?
Los billones de bocetos de Miguel Ángel, de Da Vinci, de Tintoretto —lo cuantitativo— los prepararon para lo cualitativo, bocetos únicos de línea más honda, retratos únicos, paisajes únicos de dominio y belleza increíbles.
El gran cirujano disecciona y vuelve a diseccionar mil, diez mil cuerpos, tejidos, órganos, preparando así por la cantidad el momento en que lo importante. sea la calidad: aquel en que tenga bajo el cuchillo una criatura viva.
El atleta llega a correr diez mil kilómetros para prepararse para los cien metros.
La cantidad da experiencia.
Sólo de la experiencia puede surgir la calidad.
Todas las artes, grandes y pequeñas, son la eliminación del exceso de movimiento en favor de la declaración concisa.
El artista aprende a omitir.
El cirujano sabe ir directamente a la fuente del problema, evitar pérdidas de tiempo y complicaciones.
El atleta aprende a conservar la energía y aplicarla en cada momento en un lugar distinto, a utilizar un músculo y no otro.
¿Es diferente el escritor? Creo que no.
A menudo su arte estará en lo que no dice, lo que omite, en la habilidad para exponer simplemente con emoción clara, y llevarla a donde quiere llegar. El trabajo del artista es tan largo, tan arduo, que un cerebro que vive por su cuenta acaba desarrollándose en los dedos.
Lo mismo para el cirujano, cuya mano esbozará salvadores dibujos, como la mano de Da Vinci, pero al fin en la carne del hombre.
Lo mismo para el atleta, cuyo cuerpo acaba por educarse y se convierte él mismo en mente.
Por el trabajo, por la experiencia cuantitativa, el hombre se libera de toda obligación ajena a su tarea inmediata.
El artista no tiene que pensar en los premios de la crítica ni en el dinero que obtendrá pintando.
Tiene que pensar en la belleza de este pincel preparado a fluir si él lo suelta.
El cirujano no ha de pensar en los honorarios, sino en la vida que palpita bajo sus dedos.
El atleta debe ignorar a la multitud y dejar que su cuerpo corra por él.
El escritor debe dejar que sus dedos desplieguen las historias de los personajes, que, siendo humanos y llenos como están de sueños y obsesiones extrañas, no sienten más que alegría cuando echan a correr.
De modo que el trabajo, el trabajo esforzado, allana el camino a las primeras fases de la relajación, esas en que uno empieza a acercarse a lo que Orwell llamaría el No pensar.
Como cuando se aprende a escribir a máquina, llega un día en que las meras letras a-s-d-f y j-k-l dan paso a una corriente de palabras.
Por eso no deberíamos desdeñar el trabajo ni desdeñar los cuarenta y cinco o cincuenta y dos cuentos escritos en nuestro primer año de fracasos.
Fracasar es rendirse.
Pero uno está en medio de un proceso móvil.
Entonces no hay nada que fracase.
Todo continúa.
Se ha hecho el trabajo.
Si está bien, uno aprende.
Si está mal, aprende todavía más.
El único fracaso es detenerse.
No trabajar es apagarse, endurecerse, ponerse nervioso; no trabajar daña el proceso creativo.
Ya ven entonces que no trabajamos por trabajar, no producimos por producir.
Si fuera así, sería lógico que ustedes alzaran las manos, horrorizados, y me dejaran.
Lo que estamos intentando es encontrar una forma de liberar la verdad que todos llevamos dentro.
¿No es obvio ahora que cuanto más hablamos de trabajo más nos acercamos a la Relajación?
La tensión nace de ignorar o de haber rendido la voluntad de saber.
El trabajo, porque da experiencia, se convierte en nueva confianza y finalmente en relajación.
Una relajación, una vez más, de tipo dinámico; como en la escultura, cuando el artista no necesita decir a sus dedos lo que tienen que hacer.
Tampoco el cirujano aconseja al bisturí.
Ni el atleta aconseja al cuerpo.
De repente se alcanza un ritmo natural.
El cuerpo piensa solo.
Volvamos pues a los tres carteles. júntenlos en el orden que quieran.
TRABAJO, RELAJACIÓN, NO PENSAR.
Antes separados, ahora se juntan en un proceso.
Porque si uno trabaja, termina relajándose y al final no piensa.
Entonces y sólo entonces opera la verdadera creación.
Pero sin un pensamiento correcto el trabajo es casi inútil.
Me repito, pero el escritor que quiera pulsar la verdad más amplia que hay en él debe rechazar las tentaciones de Joyce o Camus o Tennessee Williams tal como las exhiben las revistas literarias.
Debe olvidarse del dinero que lo espera en las revistas populares.
Debe preguntarse qué piensa realmente del mundo, qué ama, teme u odia y empezar a vertirlo en papel.
Luego, a través de las emociones, con el trabajo sostenido durante un largo período, la escritura se hará más clara; el escritor empezará a relajarse porque estará pensando bien y el pensamiento se hará más correcto aún porque él estará relajado.
Se volverán los dos intercambiables.
Por fin el escritor empezará a verse.
De noche, de lejos, la fosforescencia de sus adentros arrojará sombras en la pared.
Por fin el chorro, la agradable mezcla de trabajo, espontaneidad y relajación será como la sangre en un cuerpo, fluyendo del corazón porque ha de fluir, en movimiento porque ha de moverse.
¿Qué intentamos develar en este flujo?
Lo único irreemplazable en el mundo, la única persona de la cual no hay duplicado.
Usted.
Así como hubo un solo Shakespeare, un Moliere, un doctor Johnson, usted es ese bien precioso, el hombre individual, el hombre que todos proclamamos democráticamente pero tan a menudo se pierde en el tráfago, incluso para sí mismo.
¿Cómo se pierde uno?
Poniéndose metas incorrectas, como he dicho.
Ambicionando la fama literaria demasiado rápido.
Ambicionando dinero demasiado pronto.
Pero deberíamos recordar que la fama y el dinero son dones que se nos otorgan sólo después de que hayamos brindado al mundo nuestros dones mejores, nuestras verdades solitarias e individuales.
Por el momento tenemos que construir nuestra mejor trampa para ratones, sin atender al agujero que nos están abriendo en la puerta.
¿Qué piensa usted del mundo?
Usted, prisma, mide la luz del mundo; ardiente, la luz le pasa por la mente para arrojar en papel blanco una lectura espectroscópica diferente de todas las demás.
Que el mundo arda a través de usted.
Proyecte en el papel la luz rojo vivo del prisma.
Haga su propia lectura espectroscópica.
¡Descubrirá entonces un nuevo elemento, usted, y lo registrará gráficamente y le pondrá nombre!
Entonces, prodigio de prodigios, tal vez hasta se haga conocido en las revistas literarias y un día, ciudadano solvente, se quede deslumbrado y feliz cuando alguien exclame sinceramente: «¡Bien hecho!».
La sensación de inferioridad, pues, muy a menudo revela inferioridad verdadera en un oficio por simple falta de experiencia.
De modo que trabaje, adquiera experiencia y así, lo mismo que el nadador se solaza en el agua, podrá estar a gusto en su escritura.
En el mundo hay un solo tipo de historia.
La suya.
Si usted escribe su historia posiblemente se la venda a una revista u otra.
A mí, Weird Tales me ha rechazado cuentos que después envié y vendí a Harper’s.
Planet Stories me ha rechazado cuentos que vendí a Mademoiselle.
¿Por qué?
Porque siempre he intentado escribir mi propia historia.
Pónganles la etiqueta que quieran, llámenlas ciencia-ficción, fantasía, policial o western.
En el fondo, todas las buenas historias son de una sola clase: la de la historia escrita por un individuo con una verdad propia.
Esa historia siempre cabrá en alguna revista, sea el Post o McCall’s, sea Astounding Science-Fiction, Harper’s Bazaar o The Atlantic.
Me apresuro a añadir que para el escritor principiante, imitar es natural y necesario.
En los años de preparación el escritor debe elegir un campo donde crea que podrá desarrollar cómodamente sus ideas.
Si su naturaleza se parece en algo a la filosofía de Hemingway, es correcto que imite a Hemingway.
Si su héroe es Lawrence, seguirá un período de imitación de Lawrence.
Si le gustan los westerns de Eugene Manlove Rhodes, en el trabajo se traslucirá esa influencia.
En el proceso de aprendizaje, el trabajo y la imitación van juntos.
Uno sólo se impide volverse auténticamente creativo cuando la imitación sobrepasa su función natural.
Hay escritores que tardan años en dar con la historia original que llevan dentro; otros apenas unos meses. Después de millones de palabras de imitación, a los veintidós años yo me relajé de repente y abrí la brecha a la originalidad con una historia de «ciencia-ficción» que era enteramente «mía».

Y ahora, seriamente —¿les sorprende?— he de sugerirles que lean ustedes un libro de Eugene Herrigel llamado El zen y el arte del tiro con arco.
Allí las palabras TRABAJO, RELAJACIÓN y NO PENSAR, u otras parecidas, aparecen bajo diferentes aspectos y en marcos diversos.
Yo no sabía nada del zen hasta hace unas semanas.
Lo poco que sé ahora, ya que quizá los intriguen las razones de mi título, es que también en este rubro, el arte de la arquería, tienen que pasar largos años para que uno aprenda la simple acción de tensar el arco y colocar la flecha.
Luego otros de preparación para el proceso, a veces tedioso y enervante, de permitir que la cuerda se suelte y la flecha se dispare.
La flecha debe volar hacia un objetivo que nunca hay que tener en cuenta.
No creo, después de un artículo tan largo, que deba mostrarles aquí la relación entre el tiro con arco y el arte del escritor.
Ya les he advertido que no piensen en objetivos.
Hace años, instintivamente, descubrí el papel que debía desempeñar el Trabajo en mi vida.
Hace más de doce, en tinta roja, a la derecha, escribí en mi escritorio las palabras ¡NO PENSAR!
¿Me reprocharán ustedes que, en fecha tan tardía, me haya encantado topar con la verificación de mi instinto en el libro de Herrigel sobre el zen?
Llegará un día en que sus personajes les escribirán los cuentos; un día en que, libres de inclinaciones literarias y sesgos comerciales, sus emociones golpearán la página y contarán la verdad.
Recuerden: la Trama no es sino las huellas que quedan en la nieve cuando los personajes ya han partido rumbo a destinos increíbles.
La Trama se descubre después de los hechos, no antes.
No puede preceder a la acción.
Es el diagrama que queda cuando la acción se ha agotado.
La Trama no debería ser nada más.
El deseo humano suelto, a la carrera, que alcanza una meta.
No puede ser mecánica.
Sólo puede ser dinámica.
De modo que apártense, olviden los objetivos y dejen hacer a los personajes, a sus dedos, su cuerpo.
No se contemplen el ombligo, entonces, sino el inconsciente, y con eso que Wordsworth llamó «sabia pasividad».
Para solucionar sus problemas no les hace falta recurrir al zen.
Como todas las filosofías, el zen no hizo sino seguir las huellas de hombres que aprendieron por instinto lo que era bueno para ellos.
Todo tallista, todo escultor que esté a la altura de su mármol, toda bailarina ponen en práctica lo que predica el zen sin haber oído nunca esa palabra.
La sentencia «Sabio es el padre que conoce a su hijo» debería parafrasearse en «Sabio es el escritor que conoce su inconsciente».
Y que no sólo lo conoce sino que lo deja hablar del mundo como sólo ese inconsciente lo ha sentido y modelado, como verdad propia.
Schiller aconsejó a los que fueran a componer que retirasen «a los guardianes de las puertas de la inteligencia».
Coleridge lo expresó así: «La naturaleza torrencial de la asociación, a la cual el pensamiento pone timón y freno».
Para acabar, como lectura suplementaria a lo que he dicho, «La educación de un anfibio», de Aldous Huxley, en su libro Mañana y mañana y mañana.
Y, libro realmente bueno, Haciéndose escritor, de Dorothea Brande; se publicó hace muchos años pero explica muchas de las maneras en que el escritor puede descubrir quién es y cómo volcar en el papel la materia interior, a menudo mediante la asociación de palabras.
Y ahora díganme, ¿he sonado como una especie de cultista?
¿Como un yogui que se alimenta de naranjitas chinas, pasas de uva y almendras a la sombra del baniano? Permítanme asegurarles que si les hablo de todo esto es porque durante años ha funcionado para mí.
Y creo que quizá les funcione a ustedes.
La verdadera prueba está en la práctica.
Por eso sean pragmáticos.
Si no están contentos con su escritura, bien podrían darle una oportunidad a mi método.
Creo que encontrarían fácilmente un nuevo sinónimo de trabajo.
Es la palabra AMOR. ” -1973

-Ray Bradbury (de “Zen en el Arte de Escribir”)

.las cartas más apasionadas del mundo-Apasionadas V

.las cartas más apasionadas del mundo-Apasionadas V

(Bernal)

En las cartas de amor es donde sale a la luz lo mejor de los amantes, como en este párrafo de Isadora Duncan a Gordon Craig

“Es sorprendente lo que siento cuando no estás aquí.
Me torno de repente muy sensible.
No me preocupo de comer o de dormir, pero reboso cariño y redoblo mi percepción de los sonidos, las luces y los colores.
Todo es cuestión de fuerzas magnéticas.
Las mismas que atraen a la Tierra alrededor del Sol en olas constantes de atracción y repulsión y que crean la armonía completa y maravillosa…
¿No somos maravillosos?
Olas de amor, amor, amor y amor, olas de amor.”

Tampoco se queda corto el poeta Dylan Thomas en esta carta a su esposa Caitlin:

“Caitlin. Me basta sencillamente escribir ese nombre, Caitlin.
No tengo que decir, querida mía, aunque lo repita noche y dia. Caitlin.
Y todas las palabras están en esa palabra. Caitlin, Caitlin, y puedo ver tus ojos azules, tus cabellos dorados y tu sonrisa queda y escuchar tu viz lejana.
Esa voz me dice ahora, al oído, las palabras que escribiste en tu última carta y, gracias, adorada, por el amor que revelas y envías.
Te quiero.
No lo olvides nunca ni un solo momento del largo y lento y triste día de Laugharne, nunca lo olvides en tus trances confusos, en tu vientre y en tus huesos, en tu cama de noche.
Te quiero.
Por todo este continente llevo tu amor dentro de mí, tu amor me acompaña cuando vuelo en avión.
En todas las habitaciones de los hoteles.
Cuando por un instante abro la maleta medio llena, como siempre, de camisas sucias.
Me tiendo y no duermo hasta el alba porque puedo sentir junto a mí los latidos de tu corazón, tu voz que pronuncia tu nombre y tu amor por encima del tráfico nocturno, sobre las luces de neón, hundido en mi soledad, amor mío…”

Y a veces las palabras suenan como música como en esta célebre epístola de Ludwig Van Beethoven a su no menos famosa amada inmortal. “¡Por muy ardientemente que me quieras, más, mucho más te quiero yo!”, le asegura.

Ludwig Van Beethoven a su amada inmortal:

Noche de lunes 6 de julio
“¡Tú sufres, adorado ser mío! Hasta hoy no he enterado de que debo depositar mis cartas en las posta los lunes y jueves por la mañana, únicos días en que hay servicio de correo para K***.
¡Tú sufres! ¡Ah! Por dondequiera que voy me acompaña tu recuerdo!.
¡Qué existencia! ¡Vivir sin tí! ¡Vivir sin tí abrumado por la bondad de los hombres en todas partes; bondad que procuro tan poco merecer, que creo merecer tan poco!
Me hace daño la humildad del hombre ante el hombre.
Considerándomeen relación con el Universo, ¿qué soy yo y qué es el que tiene por muy grande?
Y, sin embargo, he leído lo que hay de divino en el hombre; lloro cuando pienso que hasta el domingo por la noche no recibirás la presente carta.
¡Ah! ¡Por muy ardientemente que me quieras, más, mucho más te quiero yo!
Porque nada te oculto de mis sentimientos. ¡Buenas noches! Cuando se está haciendo la cura de aguas es necesario acostarse temprano.
¡Oh Dios Mío! ¡Tan cerca! ¡Tan lejos! ¡Tan lejos! ¿No es nuestro amor un verdadero palacio celeste, sólido como el firmamento?.”

Saludo matinal, el 7 de julio
“Aunque todavía en la cama, mis pensamientos van hacia tí, mi Amada Inmortal, unas veces alegre y otras tristes, aguardando a saber si el destino nos escuchará.
Sólo concibo la vida enteramente contigo o inexistente.
Sí, estoy resuelto a vagar lejos de tí hasta que pueda volar tus brazos y decir que me hallo enteramente en mi hogar, enviar al país de los espíritus mi alma envuelta en tí.
Si, por desgracia, tiene que ser así, te sentirás más resuelta puesto que conoces mi fidelidad… Nadie puede volver a poseer mi corazón, nunca, jamás.
¡Oh, Dios mío! ¿Por qué es necesario que me separe de quién tanto amo?
Pero mi vida en W [Viena] es ahora miserable; tu amor me hace al tiempo el más felíz y el más desgraciado de los hombres.
A mi edad, necesito una vida tranquila y firme.
¿Puedo conocerla en estas condiciones?
Ten calma; sólo mediante una serena consideración de nuestra existencia lograremos nuestro propósito de vivir juntos.
Ten calma, quiéreme, hoy, ayer, qué melancólico anhelo de ti, de ti, vida mía, mi todo, adiós.
No dejes de amarme.
Nunca juzgues mal al fidelísimo corazón de tu enamorado L.
Siempre tuyo
Siempre mía
Siempre uno para el otro…”
-Selección de Alicia Misrahi

 

.dos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

dos

(monarca en Bernal)

(dos)

“Cuando pequeño
te creía ínvención de palabras
una hendija
donde se colaban
los desnudos rayos
de luna
aquella noche que desperté
teniendo siete años
y con tu rostro en
mi memoria
seguro caminaba
entre penumbras
nombrándote
como las letanías
donde mis pensamientos
se diluyeron
sin recuerdos
por eso era un niño
que te buscaba en dibujos
entre los niños y en las estrellas

Descalzo te cree
entre las sombras
y perdí tu nombre
las manos extendidas
pensando que la noche
se haría eterna
y mis pupilas
ya no gozarían
de los pálidos días
del otoño
me pareciste ajena
y
cubierto por el frío,
me aterré”

-Eduardo Jeraldo Farias Alderete (de “la infamia de las mariposas”)

 

 

 

.relatos

Beckett

-Samuel Beckett-

 

“Si dijera, allí hay una salida, en alguna parte hay una salida, lo demás llegaría.
¿Qué espero pues, para decirlo, creerlo?
¿Y qué significa, lo demás?
¿Voy a contestar, intentar contestar, o bien seguir, como si no hubiera preguntado nada?
No sé, no puedo saber nada por anticipado, ni después, ni durante, el futuro dirá, un instante próximo, o lejano, no oiré, no comprenderé, hasta tal punto todo muere, apenas nacido.
Y los síes y los noes nada significan, en esta boca, son como suspiros puntuando una pena, o son respuestas, a una pregunta incomprendida, a una pregunta muda, en los ojos de un mudo, de un retrasado, que no entiende, que nada ha entendido, que se mira en un espejo, que mira hacia delante, en el desierto, los ojos desmesuradamente abiertos, suspirando sí, suspirando no, de vez en cuando.”(…)
“Ruinas refugio cierto por fin hacia el cual de tan lejos tras tanta falsedad.
Lejanos sin fin tierra cielo confundidos ni un ruido nada móvil.
Rostro gris dos azul claro cuerpo pequeño corazón palpitante solo en pie.
Apagado abierto cuatro lados derribados refugio cierto sin salida.
Ruinas esparcidas, confundidas en la arena gris ceniza refugio cierto.
Cubo todo luz blancura rasa rosa rostros sin rastro ningún recuerdo.
Jamás fue sino aire gris sin tiempo quimera luz que pasa.
Gris ceniza cielo reflejo de la tierra reflejo del cielo.
Jamás fue sino este sueño inmutable la hora que pasa” (…)
“Cuerpo pequeño bloque pequeño corazón palpitante gris ceniza solo en pie.
Cuerpo pequeño apiñado gris ceniza corazón palpitante frente a la lejanía.
Cuerpo pequeño bloque pequeño partes invadidas culo un solo bloque raya gris invadida.
Quimera la aurora que disipa las quimeras y el otro llamado anochecer.” (…)
“Sin transición de lleno azota el vacío.
El cenit.
Aún es atardecer.
Cuando ya no sea de noche será atardecer.
Día inmortal que aún agoniza.
Por una parte brasa.
Por otra cenizas.
Partida sin fin ganada perdida.
Desapercibida.
En la reanudación la cabeza está bajo la manta.
No importa nada.
Nada más.
Tan es verdad que lo real y -¿cómo decir el contrario?
En fin esos dos.
Tan es verdad que los dos si antaño dos en este momento se confunden.
Y que al compadre cargado de saber triste el ojo ya no señala apenas más que confusión.
No importa nada.
Nada más.
Tan es verdad que los dos son mentiras.
Real y -¿cómo decir mal el contrario?
El contraveneno.”

-Samuel Beckett (Relatos)

 

 

 

.yo soy

.yo soy

 

“Yo soy
mis alas?
dos pétalos podridos
mi razón?
copitas de vino agrio
mi vida?
vacío bien pensado
mi cuerpo?
un tajo en la silla
mi vaivén?
un gong infantil
mi rostro?
un cero disimulado
mis ojos?
ah! trozos de infinito”

-Alejandra Pizarnik

 

 

 

.diario de invierno

diario de invierno

(luna llena en Bernal)
 

 

 “Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro.
Tus pies descalzos en el suelo frío cuando te levantas de la cama y vas a la ventana.
Tienes seis años.
Afuera cae la nieve, y en el jardín las ramas de los árboles se están poniendo blancas.
Habla ya antes de que sea demasiado tarde, y confía luego en seguir hablando hasta que no haya más que decir.
Después de todo, se acaba el tiempo.
Quizá sea mejor que de momento dejes tus historias a un lado y trates de indagar lo que ha sido vivir en el interior de este cuerpo desde el primer día que recuerdas estar vivo hasta hoy.
Un catálogo de datos sensoriales.
Lo que cabría denominar fenomenología de la respiración.
Tienes diez años, es pleno verano y hace un calor sofocante, tan húmedo y molesto que, incluso sentado a la sombra de los árboles del jardín, se te llena de sudor la frente.
Que ya no eres joven es un hecho indiscutible.
Dentro de un mes cumplirás sesenta y cuatro años, y aunque no es ser demasiado viejo, no lo que todo el mundo consideraría una edad provecta, no puedes dejar de pensar en todos los que no han logrado llegar tan lejos como tú.
Ése es un ejemplo de las diversas cosas que podrían no pasar nunca pero que, en realidad, han ocurrido.
El viento en tu rostro durante la tormenta de nieve de la semana pasada.
El espantoso aguijón del frío, y tu ahí afuera, en las calles desiertas, preguntándote qué te habría llevado a salir de casa con aquella rugiente tempestad, y sin embargo, aún cuando luchabas por mantener el equilibrio, estaba el júbilo de aquel viento, la euforia de ver las familiares calles empañadas de blanco, convertidas en un remolino de nieve.
Placeres físicos y dolores físicos.
Placeres sexuales antes que nada, pero también el placer de la comida y la bebida, el de reposar desnudo en un baño caliente, de rascarse un picor, de estornudar y de quedarse una hora más en la cama, de volver la cara hacia el sol en una templada tarde a finales de primavera o principios de verano y sentir el calor que se difunde por la piel.
Innumerables ocasiones, no pasa un día sin algún instante o instantes de placer físico, y sin embargo los dolores son sin dudas más persistentes y obstinados, y en uno u otro momento han asaltado casi todas las partes de tu cuerpo.
La proximidad que tu menudo cuerpo guardaba con el suelo, el cuerpo que te correspondía cuando tenías tres o cuatro años, es decir, la brevedad de la distancia entre tus pies y tu cabeza, y cómo las cosas en las que ya no te fijas constituían entonces una presencia y preocupación constantes para tí: el pequeño mundo de reptantes hormigas y monedas perdidas, de ramitas caídas y abolladas chapas de botellas, de tréboles y dientes de león.
Pero sobre todo las hormigas.
Son lo que mejor recuerdas.
Ejércitos de hormigas de sus pulverulentos montículos.
Tienes cinco años, estás en cuclillas sobre un hormiguero en el jardín, estudiando atentamente las idas y venidas de tus diminutos amigos de seis patas.
Sin ser visto ni oído, tu vecino de tres años se acerca sigilosamente a tu espalda y te golpea en la cabeza con un rastrillo de juguete.
Las púas te atraviesan el cuero cabelludo, la sangre te empieza a manar por el pelo y te corre hasta la nuca, y dando gritos entras a tu casa, donde tu abuela te cura las heridas.
Esta mañana, te despiertas en la penumbra de otro amanecer de enero, con una luz difuminada, grisácea, penetrando en el dormitorio, y ahí está el rostro de tu mujer vuelto hacia tí, los ojos cerrados, aún profundamente dormida, las mantas subidas hasta el cuello, asomando únicamente la cabeza, y te maravilla lo preciosa que está, lo joven que parece, incluso ahora, treinta años después de la primera vez que te acostaste con ella, al cabo de treinta años de vivir bajo el mismo techo y compartir la misma cama.
También nieva hoy, y cuando te levantas de la cama y vas a la ventana, en el jardín las ramas de los árboles se están poniendo blancas.
Tienes sesenta y tres años.
Se te ocurre que durante el largo viaje de la niñez hasta aquí rara vez ha habido un momento en que no hayas estado enamorado.
Treinta años de matrimonio, sí, pero en los treinta anteriores, ¿cuántos caprichos y enamoramientos, cuántas pasiones, cuántos delirios y afanes, cuántas oleadas de loco deseo?
Desde el comienzo mismo de tu vida consciente, has sido un solícito esclavo de Eros.
Las chicas que amaste de niño, las mujeres que quisiste ya hombre, cada una diferente de las demás, delgadas unas y otras rellenas, bajas y altas, intelectuales y atléticas, sociables y temperamentales, blancas y negras y algunas asiáticas, nada en su apariencia te importaba realmente, todo estaba en la luz interior que percibieras en ella, la chispa del carácter, la llama de la identidad revelada, y esa luz la hacía bella para tí, aunque otros estuvieran ciegos ante la belleza que tú veías, y entonces te morías por estar con ella, cerca de ella, porque la belleza femenina es algo que nunca has podido resistir.
Ya desde tus primeros días de colegio, en la clase del jardín de infancia, donde te enamoraste de la niña rubia de larga cola de caballo, la señorita Sandquist te castigaba a menudo por esconderte con la niña de la que te habías prendado, los dos juntos haciendo travesuras en algún rincón, pero tales castigos no significaban nada para tí, porque estabas enamorado y entonces el amor era tu debilidad, como lo sigue siendo ahora.
El inventario de las cicatrices, en particular las de la cara, que ves cada mañana al mirarte en el espejo del baño cuando te peinas o vas a afeitarte.
Rara vez piensas en ellas, pero cuando lo haces, entiendes que son marcas que deja la vida, que el surtido de líneas irregulares grabadas en la piel de tu rostro son letras del alfabeto secreto que narra la historia de quién eres, porque cada cicatriz es la huella de una herida curada, y cada herida era resultado de una inesperada colisión con el mundo; es decir, de un accidente, de algo que no debía ocurrir a la fuerza, porque por definición un accidente es algo que no sucede necesariamente.
Acontecimientos contingentes en contraposición a hechos necesarios, y mientras te miras al espejo esta mañana compredes que toda vida es contingente, salvo por el único hecho necesario de que antes o después tocará a su fin.
Cicatrices de cejas partidas, una en la izquierda y otra en la derecha, casi perfectamente simétricas, la primera causada por una embestida a toda marcha contra un muro de ladrillo jugando al balón prisionero en una clase de gimnasia de la escuela primaria, y la segunda producida a los veintipocos años cuando al lanzar un gancho en un partido de baloncesto al aire libre, te empujaron por detrás y te estampaste contra el poste metálico que sujetaba la canasta.
Otra cicatriz en la barbilla, de origen desconocido. Quizá producida por una caída en la primera infancia, un porrazo contra la acera o una piedra que te abrió el mentón y te dejó señal, aún visible siempre que te afeitas por la mañana.
Ninguna leyenda acompaña esa cicatriz, tu madre nunca te habló de ella (al menos que recuerdes), y te parece extraño, si no del todo desconcertante, que esa marca permanente se te grabara en la piel por lo que sólo puede denominarse una mano invisible, que tu cuerpo haya sido territorio de acontecimientos ya borrados de la historia.
Lo que ejerce presión sobre ti, lo que siempre ha ejercido presión sobre tí: el exterior, es decir, la atmósfera; o bien, más concretamente, tu cuerpo en medio del aire que te rodea.
Las plantas de los pies ancladas en el suelo, pero el resto de tí expuesto al aire, y ahí es donde comienza la historia, en tu cuerpo, en donde todo terminará también.
De momento, estás pensando en el viento.
Más adelante, si hay tiempo, pensarás en el calor y el frío, las infinitas variedades de lluvia, las nieblas que has atravesado a tientas como un hombre sin ojos, el demencial tamborileo del granizo, como de ametralladora, repiqueteando en las tejas.
Pero es el viento lo que ahora te llama la atención, porque el aire rara vez está quieto, y más allá del hálito apenas perceptible de la nada que en ocasiones te rodea, hay brisas y cadencias que flotan, las súbitas ráfagas y borrascas…”
-Paul Auster

.la enamorada

.la enamorada

(Bernal)

 

 

“Esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra Alejandra no lo niegues.
Hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió
Enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado
Oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú
Te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!”

-Alejandra Pizarnik

 

 

.carta del Jefe Sioux al Presidente de los Estados Unidos en 1854

sioux-warrior

“Jefe de los Caras Pálidas:
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?, esa es para nosotros una idea extraña.
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?
Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo.
Cada rama brillante deun pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva,cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo.
La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. (…)
Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros.
Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos.
Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.(…)
Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed.
Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños.
Si les vendemos nuestras tierras,ustedes deben recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también.
Por lo tanto, vosotros deberéis dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. (…)
No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco.
Ningún lugar dondese pueda oír el florecer de las hojas en la primavera, o el batir las alas de un insecto. (…)
¿Que resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas
alrededor de un lago?. (…)
El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre – todos comparten el mismo soplo.
Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira.
Como una persona agonizante, es insensible al mal olor.
Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, el debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que mantiene.
El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro.
Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.
Por lo tanto, vamos a meditar sobre vuestra oferta de comprar nuestra tierra.
Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar.
Vi unmillar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar.(…)
No comprendo como es que el caballo humeante de fierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.
¿Qué es el hombre sin los animales?.
Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales, en breve ocurrirá a los hombres.
Hay una unión en todo.
Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo.(…)
Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra.
Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia.
Hay una unión en todo.
Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra.
El hombre no tejió el tejido de la vida; el es simplemente uno de sus hilos.
Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.
Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común.
Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo.
De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.(…)
El es,el Dios del hombre, y su compasión es igual, tanto para el hombre piel roja como para el hombre blanco.(…)
Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.
Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar…”

 

 

.viniste a mí para aprender

Oscar_Wilde

Fingal O’Flahertie Wills Wilde y Alfred Douglas

Durante su cautiverio escribió una bella carta a Bosie, De Profundis, que terminaba así:
«Viniste a mí para aprender el Placer de la Vida y el Placer del Arte. A
caso se me haya escogido para enseñarte algo que es mucho más maravilloso,
el significado del Dolor y su belleza.
Tu amigo que te quiere, Oscar Wilde».

Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde (n. 16 de octubre de 1854, en Dublín, Irlanda, entonces perteneciente al Reino Unido – 30 de noviembre de 1900, en París, Francia) fue un escritor, poeta y dramaturgo irlandés. Wilde es considerado uno de los dramaturgos más destacados del Londres victoriano tardío; además, fue una celebridad de la época debido a su gran y puntilloso ingenio.
Hoy en día, es recordado por sus epigramas, obras de teatro y la tragedia de su encarcelamiento, seguida de su temprana muerte.
Alfred Douglas consideraba a Oscar Wilde como la representación del éxito, la brillantez y el mundo artístico.
Cuando se conocieron, Wilde no era muy atractivo, sin embargo, Oscar compensaba sus carencias con ingenio y una conversación brillante.
En 1891 se conocieron, Alfred apenas tenía 21 años mientras que Wilde 37.
Juntos exploraron el camino de la prostitución masculina en Londres durante la época victoriana.
Al respecto Oscar Wilde comparaba estas practicas con «cenar con panteras» aludiendo a su peligrosidad.
En alguna ocasión, uno de estos chicos, Albert Wood, se apoderó de algunas cartas que Wilde enviaba a Douglas y demandó una suma de dinero para devolverlas.
Alfred era un joven un tanto egoísta muchas veces propenso a las rabietas y otro tipo de escenas en público, las cuales irritaban a Oscar.
Además tenía ojos azules y cara de niño.
Incluso, absorbía la mayor parte del tiempo de Wilde y le imposibilitaba escribir.
Alfred Douglas a quien llamaban Bosie, había sido acusado de no corresponder al amor de Wilde, de quien aprovechaba su dinero y su generosidad.
De igual manera, Alfred lo quiso a su manera y quizás su único error fue ser demasiado joven.
La vida de Wilde no fue fácil, muchas veces parecía caminar hacia la autodestrucción, en el fondo vivía atormentado por su homosexualidad.
El escritor demandó en 1895 al padre de su amante, el marqués de Queensberry.
El marqués presentó pruebas referidas a la homosexualidad de Wilde (la cual era considerada un delito).
A raíz de ello, Oscar fue sentenciado a dos años de trabajos forzados por el crimen de sodomía.
Sin embargo, tuvo la oportunidad de huir a París cuando se supo que la sentencia le iba a ser desfavorable, pero, en contra de los consejos de sus amigos, no lo hizo.
Luego de tener varias novias, se casó en 1824 con Constance Lloyd a los 29 años, para ocultar su homosexualidad.
Su esposa era una mujer bella y leal que intentó por todos los medios comprenderle.
Con ella, tuvo dos hijos que la estropearon por lo que él empezó a sentir horror ante cualquier contacto y la convenció para que no tuvieran relaciones sexuales.
En 1886, la vida de Wilde cambió; le sedujo Robert Ross, un muchacho de diecisiete años que se convertiría en su amigo/amante incondicional hasta el final.

Lord Alfred Douglas And Oscar Wilde 2

“El reflejo”
“Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.
-¡Oh! -les respondió el río- aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.
-¡Oh! -prosiguieron las flores de los campos- ¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.
-¿Era hermoso? -preguntó el río.
-¿Y quién mejor que tú para saberlo? -dijeron las flores-. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza…
-Si yo lo amaba -respondió el río- es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas.”
-Oscar Wilde

.las cartas más apasionadas del mundo-Apasionadas IV

.las cartas más apasionadas del mundo-Apasionadas IV

(florecita en Bernal)

 

[.Una agitada vida amorosa
En 1935, Edgar Allan Poe consiguió permiso para casarse con su prima Virginia Clemm, que sólo tenía trece años. La salud de Virginia se deterioró rápidamente por causa de las penurias económicas y murió finalmente en 1847.
Poe intentó consolarse de la pérdida de su esposa con dos mujeres a quienes escribía encendidas cartas de amor con el mismo estilo: una de ellas era Annie L. Richmmond y la otra, Sarah Helen Whitman. ]

Edgar Allan Poe parecia rendido a Annie L Richmond:

16 de Noviembre de 1848
¡Oh, Annie, Annie! ¡Mi Annie!
Qué crueles pensamientos sobre tu Eddy deben de haber estado torturando tu corazón durante las últimas dos semanas, en las que no has tenido ninguna noticia de mí, ni siquiera una palabra que dijera que todavía vivía y te amara.
Pero Annie, yo sabía que tú sentías profundamente la naturaleza de mi amor por ti, tanto como para no ponerlo en duda, ni siquiera por un momento, y este pensamiento me ha confortado en mi amarga tristeza: puedo estar segura de que tu imaginarías cualquier otra desgracia excepto ésta: que mi alma había sido desleal con la tuya.
Por qué no estaré ahora contigo, querida, de manera que pudiera sentarme a tu lado, apretar tu querida mano en la mía y mirar a las profundidades del cielo claro de tus ojos; de manera que las palabras que ahora sólo puedo escribir se grabaran en tu corazón y te hicieran entender lo que quiero decir -y, Annie, todo lo que quiero decir, todo lo que mi alma suspira por expresar en este instante, está incluído en la palabra amor-. Por estar contigo ahora, de forma que pudiera susurrarte al oído las divinas emociones que me agitan, de buena gana -¡oh, lleno de alegría!- abandonaría este mundo y todas mis esperanzas de otro: pero tú lo crees, Annie, tú lo crees y siempre lo creerás.
Mientras piense que sabes que te amo como ningún hombre amó jamás a ninguna mujer, mientras piense que entiendes en alguna medida el fervor con el que te adoro, ningún problema mundano podrá jamás hacerme totalmente desdichado.
Oh, cariño mío, mi Annie, mi dulce hermana Annie, mi ángel bello y puro, esposa de mi alma…
Por siempre tuyo
Eddy.”

Sin embargo, las apariencias engañan, como demuestra la siguiente carta a Sarah Helen Whitman escrita sólo dos días antes:

Edgar Allan Poe a Sarah Helen Whitman

14 de noviembre de 1848
“Mi amadísima Helen, tan amable, tan sincera, tan generosa…
tan impasible ante todo lo que habría conmovido a alguien que no fuera un ángel, amada de mi corazón, de mi imaginación, de mi intelecto; vida de mi vida, alma de mi alma, querida, queridísima Helen, ¿cómo podré agradecértelo como debiera?
Estoy sosegado y tranquilo y, si no fuera por una extraña sombra de maldad que se aproxima y me persigue, podría ser felíz.
Que no sea absolutamente felíz, incluso cuando siento tu amor en tu corazón, me aterroriza, ¿Qué puede significar?
Puede que, sin embargo, sólo sea una reacción inevitable después de unas emociones muy dolorosas.
Son las cinco en punto y el barco acaba de acelerar hacia el muelle.
Tengo que coger el tren que sale de Nueva York para Fordham a las siete.
Escribo esto para mostrarte que no me he atrevido a romper la promesa que te hice.
Y ahora, queridísima Helen, sé sincera conmigo…”
Fernando Pessoa es muy explícito en esta carta a Ofelia Queiroc, fechada en octubre de 1929 y en la que se nos aparece como un “chico malo”.
El llamar “Bebé” a Ofelia es quizás una excusa para poder hablar de sexo disfrazándolo de cuidados a su niña.
En sus cartas Pessoa llamaba a Ofelia Bebecito, Bebé Niñita, Bebé Angelito y otros nombres que parecían destinados a aliviar la tensión sexual…
Sin embargo, tuvieron lances muy apasionados, como una declaración intempestiva cuando ella iba a marcharse y él le dió un billetito en el que decía: “Le ruego que se quede”.
Acto seguido, se declaró como Hamlet a Ofelia: ¡Oh, querida Ofelia! Mido mal mis versos, carezco de arte para medir mis suspiros, pero te amo en extremo. Oh, hasta el último extremo, ¡créeme!”.
Ella intentó marcharse y Fernando la acompañó hasta la puerta sosteniendo una lámpara de petróleo.
De repente, dejó la lámpara, la agarró por la cintura y “sin decir una palabra me besó apasionadamente, como si estuviera loco”.

 

Fernando Pessoa a Ofelia Queiroc

9 de Octubre de 1929
“Terrible Bebé:
Me gustan tus cartas, que son cariñositas, y también me gustas tú, que eres cariñosita también.
Y eres bombón, y eres avispa, y eres miel, que es de las abejas y no de las avispas y todo está bien, y Bebé debe escribirme siempre, incluso si yo no escribo, que es siempre, y estoy triste, y estoy loco, y nadie me quiere, y además porqué habían de quererme, y eso mismo, y todo vuelve al principio, y me parece que también te telefoneo hoy, y me gustaría darte un beso en la boca, con exactitud y golosina y comerte la boca y comerme los besitos que hubiese allí escondidos y apoyarme en tu hombro y resbalar hacia la ternura de las palomitas, y pedir perdón, y el perdón ser fingido, y volver muchas veces, y punto final hasta volver a empezar; y por qué quiere Ofelita a un maleante y a un desastrado y a un zaparrastroso y a un individuo con narices de cobrador del gas y expresión general de no estar allí sino en el lavabo de la casa de al lado y, exactamente, y en fin, y voy a terminar porque estoy loco, y lo he estado siempre, y es de nacimiento, que es como quién dice desde que nací, y me gustaría que Bebé fuese una muñeca mía, y yo hacía lo que un niño, la desnudaba, y el papel se acaba aquí mismo, y esto parece imposible que lo haya escrito un ente humano, pero está escrito por mí.”
-Fernando
[.Un amante algo picante
Ofelia contó que en una ocasión Fernando le mandó una misiva que decía: “Mi amor es pequeñito, tiene las braguitas de color rosa”. Yo leí aquello -explicó ella- y me indigné. Cuando salimos [de la oficina], le dije enfadada; “Fernando, ¿por qué sabes si tengo las braguitas de color rosa o no, si nunca las has visto?”. Y él me respondió riendo: “No te enfades, Bebé, es que todas las Bebés tienen las braguitas de color rosa…”]

-Selección de Alicia Misrahi