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“Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.
No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni
añadir brillos a lo que es.
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis
palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.
Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira, señálame,
la impostura, restriégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio.
Enloquezco por corresponderme.
Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.”

-Rafael Cadenas

 

#63. Peso Carga Lastre

63. Peso Carga Lastre

“La verdadera vida del hombre consiste en la forma en que él aleja todas las mentiras impuestas por otros sobre él.
Despojado, desnudo, natural, él es lo que es.
Es un asunto de ser, no de llegar a ser.
La mentira no puede convertirse en verdad, la personalidad no puede convertirse en tu alma.
No hay forma de hacer que lo no esencial se convierta en lo esencial.
Lo no esencial sigue siendo no esencial y lo esencial continúa siendo esencial: no son intercambiables.
Y esforzarse por alcanzar la verdad no hace más que crear mayor confusión.
La verdad no se tiene que alcanzar.
No puede ser alcanzada, ya está ahí. Solamente se tiene que abandonar la mentira.
Todos los propósitos, fines, ideales y metas, ideologías, religiones y sistemas para mejorar y perfeccionarse, son mentiras.
Cuídate de ellas.
Reconoce el hecho de que, tal como eres, eres una mentira.
Estás manipulado y cultivado por otros.
Esforzarse por conseguir la verdad es una distracción y un aplazamiento.
Es la forma en que se oculta la mentira.
Mira la mentira, observa profundamente la mentira de tu personalidad, porque ver la mentira es dejar de mentir.
Y dejar de mentir quiere decir no buscar más ninguna verdad; no es necesario.
En el momento en que desaparece la mentira, queda la verdad con toda su belleza y brillo.
Al contemplar la mentira, ésta desaparece y lo que queda es la verdad. “

-Osho This Very Body The Buddha Chapter 6

Cuando arrastramos un peso respecto a lo que “se debería o no se debería hacer”, impuesto por otros, nos volvemos como esta figura andrajosa y esforzada que está tratando de subir montaña arriba.
“¡Ve más rápido, esfuérzate más, llega a la cumbre!”,grita el estúpido tirano que él lleva sobre sus hombros; el tirano mismo soporta un gallo exigente.
Si en estos días la vida parece que no fuese más que una lucha desde la cuna hasta la tumba, puede que sea el tiempo de sacudir tus hombros y ver que tal te sientes, caminando sin estos personajes sobre tu espalda.
Tú tienes tus propias montañas para conquistar, tus propios sueños que cumplir, pero nunca tendrás la energía para conseguirlo a menos que te liberes de todas las expectativas que te han llegado de otros y que piensas ahora que son tuyas.
Probablemente ellas existen sólo en tu propia mente, pero ello no quiere decir que no puedan agobiarte.
Es el momento de aligerar y enviarlas de paseo.

#62. Comparación

62. Comparación

“El comparar conlleva lo inferior y lo superior.
Cuando no comparas, toda inferioridad, toda superioridad desaparece.
Entonces eres tú; simplemente estás ahí: un pequeño arbusto o un enorme árbol, no importa, eres tú mismo, tú eres necesario.
Una hoja de hierba es tan necesaria como la estrella más grande.
Sin la hoja de hierba, Dios será menos de lo que es.
El canto del “cucu” hace tanta falta como cualquier Buda; el mundo será menos, será menos rico si este “cucu” desaparece.
Simplemente mira a tu alrededor.
Todo es necesario y cada cosa encaja una con la otra.
Es una unidad orgánica: nadie es más alto, nadie es más bajo, nadie es superior, nadie es inferior. Todo el mundo es incomparablemente único.”

-Osho The Sun Rises in the Evening Chapter 4

¿Quién te ha dicho, alguna vez, que el bambú es más hermoso que el roble, o que el roble es más valioso que el bambú?
¿Piensas que al roble le habría gustado tener un interior vacío como al bambú?
¿Tiene celos el bambú del roble porque es más grande y sus hojas cambian de color en el otoño?
La idea misma de que dos árboles se comparen parece ridícula, pero los humanos parecemos tener un hábito muy difícil de romper.
Encarémoslo: siempre va haber alguien más hermoso, más talentoso, más fuerte, más inteligente o aparentemente más feliz de lo que tú eres.
Y, al contrario, siempre habrá aquellos que sean menos que tú en todos estos campos.
La forma de encontrar quién eres no consiste en que te compares con otros, sino en tratar de ver si estás realizando tu propio potencial de la mejor manera que sabes.

El Principito 27-(Fin)

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XXVII

Ahora hace ya seis años de esto. Jamás he contado esta historia y los compañeros que me vuelven a ver se alegran de encontrarme vivo. Estaba triste, pero yo les decía: “Es el cansancio”.

AI correr del tiempo me he consolado un poco, pero no completamente. Sé que ha vuelto a su planeta, pues al amanecer no encontré su cuerpo, que no era en realidad tan pesado… Y me gusta por la noche escuchar a las estrellas, que suenan como quinientos millones de cascabeles…

Pero sucede algo extraordinario. AI bozal que dibujé para el principito se me olvidó añadirle la correa de cuero; no habrá podido atárselo al cordero. Entonces me pregunto:

“¿Qué habrá sucedido en su planeta? Quízás el cordero se ha comido la flor…”

A veces me digo: “¡Seguro que no! El príncipito cubre la flor con su fanal todas las noches y vigila a su cordero”. Entonces me siento dichoso y todas las estrellas ríen dulcemente.

Pero otras veces pienso: “Alguna que otra vez se distrae uno y eso basta. Si una noche ha olvidado poner el fanal o el cordero ha salido sin hacer ruido, durante la noche…”. Y entonces los cascabeles se convierten en lágrimas…

Y ahí está el gran misterio. Para ustedes que quieren al principito, lo mismo que para mí, nada en el universo habrá cambiado si en cualquier parte, quien sabe dónde, un cordero desconocido se ha comido o no se ha comido una rosa…

Pero miren al cielo y pregúntense: el cordero ¿se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia…

¡Ninguna persona mayor comprenderá jamás que esto sea verdaderamente importante!

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Este es para mí el paisaje más hermoso y el más triste del mundo. Es el mismo paisaje de la página anterior que he dibujado una vez más para que lo vean bien. Fue aquí donde el principito apareció sobre la Tierra, desapareciendo luego.

Exaxnínenlo atentamente para que sepan reconocerlo, si algún día, viajando por Africa cruzan el desierto. Si por casualidad pasan por allí, no se apresuren, se los ruego, y deténganse un poco, precisamente bajo la estrella. Si un niño llega hasta ustedes, si este niño ríe y tiene cabellos de oro y nunca responde a sus preguntas, adivinarán en seguida quién es. ¡Sean amables con él! Y comuníquenme rápidamente que ha regresado. ¡No me dejen tan triste!

ANTOINE DE DE SAINT EXUPERY

-Antoine de Saint-Exupéry

 

#61. Posponer

61. Posponer

“El posponer es simplemente estúpido.
Mañana también tendrás que decidir, así que ¿por qué no hacerlo hoy?
¿Crees que mañana serás más sabio que hoy?
¿Crees que mañana serás más vivo que hoy?
¿Crees que mañana serás más joven que hoy, más fresco que hoy?
Mañana serás más viejo, tu coraje habrá disminuido.
Mañana serás más experimentado, tu astucia será mayor; mañana la muerte estará más cerca. Empezarás a titubear y a tener más miedo.
Nunca aplaces para mañana.
Y, ¿quién sabe?, el mañana puede que venga o puede que no venga.
Si tienes que decidir, tienes que decidir ahora mismo.
El doctor Vogel, el dentista, terminó de examinar a una hermosa y joven paciente.
“Señorita Baseman”, le dijo, “me temo que voy a tener que sacarle las muelas del juicio!”.
“¡Dios mío!”, dijo ella “¡preferiría quedarme embarazada!”.
“Bien”, dice el doctor Vogel, “¿podría decidirse, para que yo pueda poner la silla en la posición adecuada?”.
Decídete, no continúes aplazando infinitamente.”

-Osho Dang Dang Doko Dang Chapter 8

La mujer de este dibujo vive dentro de un paisaje gris, lleno de nubes irreales y quietas.
A través de la ventana ella puede ver colores, luz y vitalidad, y aunque le gustaría moverse a través del marco, tal como lo podemos apreciar por los colores del arco iris que se aprecian en su ropa, ella no puede arreglárselas para hacerlo.
Todavía hay demasiados. “¿Y qué pasaría si?… en actividad en su mente.
Mañana nunca llega, dicen, pero no importa cuán a menudo se diga, porque la mayoría de nosotros tiende a olvidar la verdad de ésto.
En realidad, el único resultado de posponer las cosas es un sentimiento pesado de inconclusión y estancamiento en el hoy.
El alivio y expansión que sientes, una vez dejas de lado todos los pensamientos agitados que te están impidiendo actuar ahora, harán que te preguntes por qué esperaste tanto tiempo.

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apendice (19)

apendice (6)

 

Vivió quince meses en Argentina. Durante ese período de tiempo, inauguró una línea aérea, conoció a la que mas tarde sería su mujer, hizo un retrato
de su epopeya -y la de sus compañeros pilotos en su novela  “Vuelo nocturno”; se enamoró de los páramos patagónicos,y en los verdes campos entrerrianos quizá, hubo encontrado alguno de los motivos que inspiraron su obra cumbre, El Principito.
Antoine de Saint-Exupéry, este hombre alto, robusto, con movimientos de oso, nariz corta y respingada, ojos saltones y un mirar semidormido,
murió a los 44 años durante una misión de guerra: su avión despegó desde la isla de Córcega una hermosa mañana de verano para tomar fotografías de la Francia ocupada por los nazis, pero nunca volvió a la base.
Su muerte es un enigma y está atravesada por las paradojas: demasiado viejo para volar, con el cuerpo estragado por cinco accidentes de los
que había salido vivo por milagro -los jefes aliados le habían concedido el honor de luchar por su país gracias a su reputación la última vez que el
radar lo tuvo en su pantalla volaba cerca de la costa de Marsella, a menos de 30 minutos de Lyon, el lugar donde había nacido.
“Mamita mía, no estoy muy seguro de haber vivido después de la infancia”, había escrito a su madre con arrasadora melancolía.
Como el pequeño príncipe de su fábula, que vivía en un asteroide remoto del cielo, un día desapareció y se transformó en leyenda.
Tercer hijo del conde Jean-Marie de Saint-Exupéry y Marie Boyer de Fonscolombe, nació el 29 de junio de 1900 y quedó huérfano de padre a los cuatro años.
Su madre pasó a ser clave en su vida de aristócrata empobrecido y nómade. Del castillo paterno se mudó al de sus tías por la ruina económica, mientras Saint-Exupéry acumulaba retos de los jesuitas no sólo por su “horrorosa ortografía” sino por su indisciplina, sus distracciones y la
impenitente costumbre de escribir en papeluchos poesías combinadas con dibujos que nada tenían que ver con la clase.
A partir de 1919, después de un fallido intento de ingreso a la Escuela Naval, pasó 15 meses estudiando dibujo en Bellas Artes y dos años más tarde fue alistado como soldado en un campo de aviación del ejército. Allí se las arregló para tomar clases de pilotaje en secreto. Quedó maravillado:
volando, veía al mundo desde otra perspectiva, diferente de la de los demás. En la estrecha carlinga de sus aviones, en lucha contra los elementos
desatados, el aristócrata se descubrió a sí mismo, forjó un sólido concepto del deber y la responsabilidad, y alimentó ideales humanistas.
Poco
después de terminada la Primera Guerra Mundial, Saint-Exupéry se comprometió con Louise de Vilmorin, una joven hermosa, elegante, escritora
talentosa y heredera de un banquero que ni sabía cuánta plata tenía.
El padre veía con recelo a ese conde sin dinero, enredado en libros, poesías y aviones.
Unas semanas antes de la boda, Saint-Exupéry se subió a un biplano que no conocía en las afueras de París y se estrelló a poco de despegar: fractura de cráneo y conmoción cerebral. “El banquero confirmó sus temores y lo puso entre la espada y la pared -dice Elsa Aparicio de Pico, secretaria de la sede argentina de la Asociación Los amigos de Antoine de Saint-Exupéry-.
El tenía 22 años y el padre de la novia le dijo: ‘O mi hija o el avión’. Y ganó el avión.” Antes de llegar a la Argentina, fue piloto del servicio aéreo
que unía Francia y España con el norte de África y vivió dramáticas experiencias en lugares como Casablanca, Dakar y, sobre todo, en Cape Juby, punto remoto del Sahara, donde los peligros se sucedían, entre las traicioneras dunas del desierto y los códigos violentos del hombre nómade de las
caravanas, capaz de asesinar con una sonrisa.
Saint-Exupéry desembarcó en Buenos Aires el 12 de octubre de 1929 para extender la línea del correo aéreo a Santiago de Chile, Asunción y la remota
Patagonia. Apenas instalado en un hotel de la calle Reconquista se entera: será director de la Aeroposta Argentina -filial de la línea europea y
deberá abrir las rutas, construir aeródromos y asignar el trabajo a sus notables camaradas: Jean Mermoz, Henri Guillaumet y los argentinos Vicente
Alman-dos Almonacid y Rufino Luro Cambaceres.
Nunca le gustaron las grandes ciudades y la capital argentina no será la excepción. “No tiene gracia habitar Buenos Aires -escribe-. Gentes tristes y ningún lugar donde pasear. Los arquitectos volcaron su genio en privarla de todas sus perspectivas.
Me pregunto cómo puede penetrar la primavera a través de estos millones de metros cúbicos de cemento.”
A los dos días ya está volando sobre la Patagonia, encandilado por el paisaje agreste y rudo. Otra vez el desierto: la nada es su territorio. Y entonces
presiente la importancia de la línea aérea para esos míseros poblados batidos por el viento. En una playa de Comodoro Rivadavia capturó una
foca bebé que trajo en su avión a Buenos Aires y la instaló en la bañera de su casa, en el sexto piso de la Galería Güemes de la calle Florida. No sería el único: en Paraguay embarcó un cachorro de jabalí, y al abandonar Buenos Aires con su madre, en 1931, se llevó un cachorro de puma que sembró de inquietud al pasaje. Saint-Exupéry llegó a volar más allá del Estrecho de Magallanes, sobre la Tierra del Fuego. Más lejos de las multitudes urbanas, más se ablanda su mirada: “Aquí el sol se acuesta a las diez de la noche.
Todo es verde. Aldeas sobre el césped. Y gente que, de tanto apiñarse en torno, se vuelve tan simpática…”.
Pero si en las largas travesías hacia el sur desplegó las alas de la imaginación, el reconocimiento de la ruta hasta Asunción del Paraguay, volando bajo, siguiendo las vías del ferrocarril -los aviones apenas contaban con brújula y altímetro habría de seducirlo para siempre. Su experiencia entrerriana fue perturbadora, y está narrada en el capítulo Oasis de su libro Tierra de Hombres. En un viaje de inspección para controlar algunos de los quince aeródromos diseminados en el país, vio un campo verde y liso a orillas del río Uruguay, cerca de Concordia. Pensó que podría ser una pista de
aterrizaje alternativa y bajó a inspeccionar el terreno.
“Había aterrizado en un campo y no sabía que iba a vivir un cuento de hadas”, escribirá años después.
Una de las ruedas del avión se quebró al hundirse en una cueva de vizcacha y casi inmediatamente aparecieron en la escena dos jóvenes rubias, hermosas, casi niñas, al galope. “Al llegar hasta el avión vieron la torpeza del piloto y musitaron entre ellas una grosería, pero en francés -cuenta Elsa
de Pico-. Por decirlo de algún modo: ¡Qué tonto! ¡No vio la cueva!” Las chicas eran Edda y Suzanne Fuchs, hijas de un matrimonio francés que tenía una granja en las cercanías, y que vivían en el castillo de San Carlos -hoy en ruinas- con paredes de piedra, mármoles y boisserie en las paredes. “A
Saint-Exupéry se le abrió el cielo de repente cuando las escuchó hablar en francés -dice Elsa de Pico-. Y al llegar a la casona, en un viejo Ford, el padre, Georges Fuchs, se disculpó por el comportamiento ‘salvaje’ de las hijas.”
El piloto volvería varias veces a ese lugar, al encuentro de sus “amigos deliciosos” que “vivían en un castillo de leyenda, una casa donde se aspiraba como incienso ese olor de vieja biblioteca que vale por todos los perfumes del mundo.”
Edda tenía 9 años y
Suzanne, 14. En 1932, ya en Francia, Saint-Exupéry escribió una nota periodística en una revista de París con un título sugerente: Las princesitas argentinas.
Algunos llegan a asociar su experiencia entrerriana con la fábula infantil que lo haría famoso en el planeta.
“Ahí está el esbozo de El Principito –arriezga Elsa de Pico- con esas dos chicas que eran muy especiales, y sobre todo con la impresión que le causó
Edda. Ellas domesticaban bichos (animales). A las ovejas Suzanne les decía ¡Vamos!, y las ovejas la seguían. Edda había domesticado un hurón,
que comía en su mesa y la seguía a todos lados.
Su papá criaba abejas. Y Edda decía que a las abejas no les gustaba el ruido. Ella me contó: ‘Cuando nosotras queríamos que se fueran, gritábamos’.
Un día, Saint Exupéry se puso a hablar muy fuerte bajo el panal y Edda lo recriminó: ‘Por favor, no hable tan alto porque a las abejas les molesta’.” A Edda, Saint-Exupéry le parecía “un gigante bueno”. El escritor medía casi dos metros de altura y apenas podía entrar en la carlinga de los aviones. Enamorado del cielo y el desierto, cuando no volaba, escribía. Un meticuloso: podía romper cien páginas antes de publicar una sola. Decía que más
que escritor, era un corrector. Tachaba y borroneaba, anotaba ideas y frases en servilletas de bar: sus compañeros lo veían en los hangares, inclinado sobre los barriles de combustible, las manos sucias de grasa, la lapicera sobre el papel.
De su pluma goteaba la melancolía por la felicidad perdida en la infancia. Contemplaba su propio pasado con un sentimiento de pérdida. En el castillo de San Carlos fantaseó con abandonar su vida errante y quedarse.
Acaso, criar abejas.
Llamaba “mis princesitas” a Edda y Suzanne Fuchs. Pasaba horas haciendo trucos de magia con la baraja para ellas. El castillo no estaba resplandeciente, pero lo encontraba irresistible: sus pisos de madera quejumbrosos, pero pulcramente encerados.
“Todo estaba ruinoso, y lo estaba adorablemente.” Se sentía a gusto en ese oasis rodeado de vegetación. “Las dos jóvenes reaparecieron tan misteriosamente, tan silenciosamente como se habían desvanecido. Se sentaron a la mesa con gravedad. Al desplegar sus servilletas me vigilaban por el rabillo del ojo, con prudencia, preguntándose si me clasificarían o no en el número de sus animales familiares, pues ellas poseían también una iguana, una langosta, un zorro, un mono y las abejas.
Todos ellos vivían entremezclados, entendiéndose maravillosamente, componiendo un nuevo paraíso terrestre”, relató alguna vez el piloto. Saint-Exupéry -recordaría muchos años más tarde Edda Fuchs- les decía:
“Tengan cuidado, o un día aparecerá un horrible, pequeño marido y se las llevará
en cautiverio”. Un día de 1964 llegó un periodista francés a la casa de las hermanas Fuchs para comprobar si de verdad habían existido. El mundo
literario francés siempre sospechó que eran fruto de la imaginación del escritor. Al final de su capítulo Oasis, el autor se pregunta:
“¿Qué se habrá hecho de esas jóvenes? Sin duda se han casado. Llega un día en que la mujer se despierta en la joven…
(…) Entonces, se presenta un imbécil. Se le entrega el corazón que es un jardín salvaje, a él, que sólo ama los parques cuidados. Y el imbécil lleva, en esclavitud, a la princesa”.
Elsa de Pico cuenta que, una vez,Edda Fuchs escapó de la reserva con que guardaba sus recuerdos y le confesó que cuando leyó ese capítulo del libro,
ahogada por las lágrimas, tenía 19 años. “Corrí a mirarme al espejo”, le dijo. Como si fuera un sortilegio, ni Edda ni Suzanne se casaron jamás. Suzanne enseñó francés en Concordia pero nunca pudo dejar la granja ni los animales. Edda se convirtió en una mujer elegante y atractiva que administró campos durante muchos años. Al periodista francés, le dijo: “Me acordaba de él cuando tenía flirts.
Me marcó, en cierta forma. No sé si fue el destino, o algo superior”.
Allí, en las verdes cuchillas entrerrianas, quedó la fantasía de un amor no realizado, un oasis platónico y deslumbrante; ¿la fuente de inspiración para El Principito?.
“hay algunas coincidencias que son interesantes -arriezga Elsa de Pico-. El avión roto, el accidente, el señor malhumorado, la desolación del desierto: en esa época, el monte de espinillos era un desierto. ¿Quién te ve? ¿Quién te ayuda? Y una vocecita que sale y le dice: ¡Qué tonto! ¡ No vio la cueva!” Saint-Exupéry voló en la Argentina más que en ninguna otra etapa de su vida.
Hizo no menos de 30 travesías a los Andes porque le aburría el trabajo administrativo. “Yo vivo verdaderamente cuando vuelo”, dejó escrito. Cuando
estaba en Buenos Aires, pasaba el tiempo con sus amigos de la Aeroposta, charlando, comiendo generosamente con vino francés y terminando
la noche en alguno de los cabarés de la época. Los argentinos que lo conocieron lo recuerdan como simpático, accesible, pero, a la vez, autoritario. Se imponía físicamente, siempre había un cigarrillo en sus labios y tenía un hablar algo tartamudo, una voz que “oscilaba entre el cognac y el licor de cassis”. Como jefe de línea era férreo. No suspendió los servicios aéreos el día en que un avión se estrelló con saldo trágico en el Río de la Plata. El correo debía partir a cualquier costo: ni las averías del motor ni los huracanes de la Patagonia ni las debilidades humanas podían retrasar la epopeya. Más de una vez, Saint- Exupéry experimentó la terrible sensación de ser empujado por los vientos del sur -más poderosos que el motor de su avión hacia el océano. “Cada vuelo es una victoria que asegura el siguiente.” Y así terminó con el aislamiento del sur: por barco, Buenos Aires distaba 15 días de Río Gallegos; el avión lo redujo a 17 horas.
“Eramos recibidos como mesías en las pequeñas ciudades perdidas que de golpe acercábamos a la vida del mundo. El alcalde, rodeado de su rudo pueblo, no bien aterrizábamos nos daba la bienvenida con los brazos abiertos: ‘Puerto Deseado conocerá, gracias a usted, los beneficios de la civilización’.
¡Cómo nos rejuvenecía oír esa frase! ¡Qué pura sonaba, qué lejos del sentido mezquino que toma en las promesas electorales!” Los lamentos constantes a su madre por la falta de una mujer que lo acompañara en la vida terminaron en la Argentina. En una fiesta, el aviador conoció a Consuelo Suncin, una morena pequeña, de ojos salvajes, atrevida y caprichosa. Había nacido en El Salvador, había enviudado dos veces y llegaba a Buenos Aires desde París donde su último marido -Enrique Gómez Carrillo había sido embajador argentino ante Francia. Antoine quedó hechizado y la invitó a volar. El Late 28 decoló del aeródromo de General Pacheco, el piloto lo hizo ascender hasta los mil metros y comenzó una serie de arriesgadas acrobacias.
¡Deténgase, deténgase, se lo ruego! -imploró la mujer, aterrorizada.
Sólo si me promete un beso – contestó el piloto y lanzó el avión en picada. ¡Deténgase, por favor! -suplicó. El avión se acercaba al suelo.
Diga que sí- insistió Saint-Exupéry.
-¡Sí, sí!
El encuentro empezó de esta manera, porque el conde era muy afecto, a veces, a las bromas pesadas. Era 1930, caía el gobierno radical y los bienes del marido de Consuelo habían sido confiscados por la dictadura. Estaba en bancarrota, pero tenía a su lado a un aviador poeta totalmente enamorado de ella. Se casaron por Iglesia en abril de 1931 y vivieron, como pudieron, los últimos trece años de vida del escritor: una convivencia tormentosa,
donde abundaron las mutuas infidelidades, todo potenciado por las largas ausencias de un hombre errante.
Podríamos pensar que en su libro más célebre, el aviador es él, el principito es un espejo de su propia infancia, y la flor, Consuelo Suncin. “Tú
eres la flor, la rosa…”, le revela en una carta.
Tal vez este pasaje de El Príncipíto refleje su extrema tristeza por esa relación contrariada: “No supe comprender nada entonces. Debí haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Me perfumaba, me iluminaba. ¡No debí haber huido jamás! ¡Debí haber adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias!
¡Las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amarla.” Para su boda, Consuelo prefirió una mantilla negra al tradicional velo blanco: las fotos tomadas aquel día resultan extrañamente tristes. No tuvieron hijos, pero la problemática relación continuó hasta el final:
“Amar, sólo amar… ¡Que callejón sin salida! Y el oscuro sentimiento de un deber, más grande que el de amar”. Como un misionero, necesitaba consagrarse a los demás, se sentía responsable de hacer actos de servicio. Y, además, Saint-Exupéry había encontrado en el avión el vehículo para la
evasión, no podía avanzar sin mirar con nostalgia el pasado.
Allí estaban el paraíso perdido del Sahara, el oasis de Concordia, el ancho cielo de la Patagonia…
La historia más conmovedora de los raids por el extremo sur de la Argentina ocurrió cuando, enterados los pocos habitantes de Paso Ibáñez (hoy Comandante Luis Piedrabuena) de que Saint-Exupéry había instalado un aeropuerto para la escala en Puerto Santa Cruz, a unos 50 kilómetros de allí, ellos también reclamaron el suyo.
Le escribieron amargas cartas de reproche por no haber entendido el futuro de ese pueblo ni el valor estratégico de su ubicación: “Vamos a instalar el aeropuerto, a pesar suyo”, amenazaron. Y lo hicieron, y un día lo invitaron para que lo inaugurara. Alguien le dijo a Saint-Exupéry que la pista era corta, pero ellos volvieron a la carga: ‘”Poco importa’ -contó Saint-Exupéry que le respondieron-. ‘Venga a inaugurar nuestro aeródromo sin aterrizar. Nuestros ciudadanos estarán muy felices si su avión sobrevuela nuestras cabezas el día de la inauguración. No lo podemos hacer si no vemos un avión.’
Y un día, cuando descendía hacia el sur, previne a la pequeña ciudad y me fui a inaugurar ese terreno con un vuelo sin aterrizaje. Durante una hora efectué por encima de ellos vueltas y picadas, y luego continué mi viaje.
¿Conoce usted algo más exaltante que ese entusiasmo y esa juventud de corazón?”
Su vida está atravesada por el viaje y la partida.
Antes de casarse, invita a su madre a visitarlo a Buenos Aires. En su niñez, Antoine, era el preferido de sus hijos y lo llamaba” El rey sol”, por sus rulos dorados.
Durante un mes y medio no se despega de ella y la lleva en su avión hasta los confines de la línea. Cuando vuelven a Francia se entera de que la empresa había quebrado: Argentina, ya es nostalgia para su pluma. En 1933 le escribe a Rufino Luro Cambaceres: “No hay en mi vida período alguno que prefiera al que he vivido con ustedes”. Consuelo Suncin volvió una vez más a Buenos Aires, en 1968, y simplemente evocó así a Saint-Exupéry: “Cambiaba un brillante por un telescopio. Tanto sentía a las estrellas”.
Hasta que sobrevino la Segunda Guerra, el conde de Saint-Exupéry conoció la gloria literaria. Su novela corta Vuelo nocturno se convirtió en un éxito porque describía la épica de la naciente aviación comercial: una prosa cargada de sentimientos nobles hacia sus semejantes, una oda para homenajear a sus camaradas y un intento para descubrir la solidaridad humana. Pero la guerra lo sumió en una desolación insoportable: “Francia ha sido ocupada por el enemigo -se lamentó-. El país ha ingresado a un mundo de silencio”.
En Lisboa -donde se había exiliado- se enteró de la muerte de su gran amigo Henri Guillaumet. Cuatro años antes había muerto -también en
un accidente aéreo- Jean Mermoz. “Soy el único que queda, no tengo un solo camarada en el mundo a quien decirle: ‘¿Te acordás?’.” En Nueva York publica El Principito, pero está desanimado y las peleas con su mujer se suceden: “Consuelo, esta noche le escribiré una carta de amor, porque
sucede que a pesar de tantas heridas (…) no puedo más con este amor que nunca encontró su camino, en usted existe alguien a quien yo amo y cuya alegría es fresca como la alfalfa de abril”.
Sus proyectos de vuelo desde hacía años fracasaban: primero un accidente truncó su raid París-Saigón y ahora la aventura de unir Nueva York con
la Patagonia había terminado con su avión destrozado en Centroamérica. Como aviador, a pesar de su audacia y habilidad, era distraído e
impredecible. A la concentración, prefería la ensoñación del vuelo.
Una liberación: huir de todo lo que, en tierra, le hacia mal.
Hasta tenía una visión sombría para la posguerra. Pensaba que los Estados Unidos después impondría “una civilización de hormigas. El hormiguero futuro me espanta y odio su virtud de robot. Yo estaba hecho para ser jardinero”. Charles De Gaulle lo odiaba y el escritor veía en ese general a un caudillo arbitrario que sólo ambicionaba el poder personal. El, sólo quería la salvación de Francia. La patria le dolía y él no sabía cómo ayudarla.
El Lightning P-38 americano era un avión complejo para Saint-Exupéry.
Gracias a sus intrigas y a su prestigio logró que lo alistaran al escuadrón de reconocimiento fotográfico. El reglamento indicaba que podía ser volado
por personas que no superasen los 32 años. El tenía 44.
Apenas podía entrar en el cockpit estrecho y en uno de sus vuelos de práctica estrelló el avión en el aterrizaje.
Le escribió una última carta a Consuelo: “Si alguna vez no vuelvo, no me llores. ‘Eso’ pasa rápido. Las balas perforan el cuerpo como las abejas atraviesan el aire”.
Su décima misión de guerra -ese sobrevuelo por el territorio de su infancia, cerca de Lyon- era la última que los jefes le habían concedido.
Sus compañeros pilotos lo vieron flaco, fatigado, lleno de tristeza y desaliento. Un sobreviviente que sólo quería huir.
Como Fabien, el protagonista de Vuelo nocturno hundido en la noche de la Patagonia, perdido en la tempestad, en un vuelo sin retorno; como el Principito en su evasión definitiva de la Tierra: “Parecerá que he muerto y no será verdad”. Saint-Exupéry, simplemente, no volvió.
El enigma de su muerte El enigma de su muerte persiste.
¿Cayó bajo la metralla de uno o dos aviones alemanes que lo interceptaron? ¿ Se suicidó con su avión, adolorido por su nfelicidad, su cuerpo cansado, por un mundo que ya sentía ajeno? ¿Perdió el conocimiento por falta de oxígeno y se estrelló en el mar? Un buzo marsellés asegura haber encontrado los restos de su avión a 100 metros de profundidad y un pescador dice que encontró su pulsera entre las redes. Su propia madre se resistió a creer en su muerte y durante años repitió que vivía recluido en un convento. Pero antes de morir ella pidió: “Déjenlo reposar en paz, allí dónde esté”.
En Concordia quedan los fantasmas de un castillo en ruinas; en Buenos Aires, en una casona de la calle Tagle, murmuran los secretos que se contaron con Consuelo; en la península de Valdés, el contorno de la isla de los Pájaros, batido por el mar, que inspiró el dibujo de El Principito donde una boa se traga a un elefante; en la playa de Ostende, una habitación del Gran Hotel donde seguramente imaginó una de sus novelas; en General Pacheco, un  galpón que hoy sirve para depósito; en Bahía Blanca, aquel cadete que le compraba los cigarrillos; en Río Gallegos, el hangar donde guardaba los aviones, un casco de cuero ajado por mil tormentas y sus antiparras de vuelo…

El Principito 26-(anteúltimo)

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XXVI

A1 lado del pozo había una ruina de un viejo muro de piedras. Cuando volví de mi trabajo al día siguiente por la tarde, vi desde lejos al principito sentado en lo alto con las piernas colgando. Lo oí que hablaba.

-¿No te acuerdas? ¡No es aquí con exactitud!

Alguien le respondió sín duda, porque él replicó:

-¡Sí, sí; es el día, pero no es este el lugar!

Proseguí mi marcha hacia el muro, pero no veía ni oía a nadie. Y sin embargo, el principito replicó de nuevo.

-¡Claro! Ya verás dónde comienza mi huella en la arena. No tienes más que esperarme, que allí estaré yo esta noche.

Yo estaba a veinte metros y continuaba sin distinguir nada.

El principito, después de un silencio, dijo aún:

-¿Tienes un buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho?

Me detuve con el corazón oprimido, siempre sin comprender.

-¡Ahora vete -dijo el principito-, quiero volver a bajarme!

38

Dirigí la mirada hacia el pie del muro e instintivamente di un brinco. Una serpiente de esas amarillas que matan a una persona en menos de treínta segundos, se erguía en dirección al principito. Echando mano al bolsillo para sacar mi revólver, apreté el paso, pero, al ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena como un surtidor que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un lígero ruido metálico.

Llegué junto al muro a tiempo de recibir en mis brazos a mi principito, que estaba blanco como la nieve.

-¿Pero qué historia es ésta? ¿De charla también con las serpientes?

Le quité su eterna bufanda de oro, le humedecí las sienes y le di de beber, sin atreverme a hacerle pregunta alguna. Me miró gravemente rodeándome el cuello con sus brazos. Sentí latir su corazón, como el de un pajarillo que muere a tiros de carabina.

-Me alegra -dijo el principito- que hayas encontrado lo que faltaba a tu máquina. Así podrás volver a tu tierra…
-¿Cómo lo sabes?

Precisamente venía a comunicarle que, a pesar de que no lo esperaba, había logrado terminar mi trabajo.

No respondió a mi pregunta, sino que añadió:

-También yo vuelvo hoy a mi planeta…

Luego, con melancolía:

-Es mucho más lejos… y más difícil…

Me daba cuenta de que algo extraordinario pasaba en aquellos momentos. Estreché al principito entre mis brazos como sí fuera un niño pequeño, y no obstante, me pareció que descendía en picada hacia un abismo sin que fuera posible hacer nada para retenerlo.

Su mirada, seria, estaba perdída en la lejanía.

-Tengo tu cordero y la caja para el cordero. Y tengo tambíén el bozal.

Y sonreía melancólicamente.

Esperé un buen rato. Sentía que volvía a entrar en calor poco a poco:

-Has tenido miedo, muchachito…

Lo había tenido, sin duda, pero sonrió con dulzura:

-Esta noche voy a tener más miedo…

Me quedé de nuevo helado por un sentimiento de algo irreparable. Comprendí que no podía soportar la idea de no volver a oír nunca más su risa. Era para mí como una fuente en el desierto.

-Muchachito, quiero oír otra vez tu risa…

Pero él me dijo:

-Esta noche hará un año. Mi estrella se encontrará precisamente encima del lugar donde caí el año pasado…

39

-¿No es cierto -le interrumpí- que toda esta historia de serpientes, de citas y de estrellas es tan sólo una pesadilla?

Pero el principito no respondió a mi pregunta y dijo:

-Lo más importante nunca se ve…
-Indudablemente…
-Es lo mismo que la flor. Si te gusta una flor que habita en una estrella, es muy dulce mirar al cielo por la noche. Todas las estrellas han florecido.
-Es indudable…
-Es como el agua. La que me diste a beber, gracias a la roldana y la cuerda, era como una música ¿te acuerdas? ¡Qué buena era!
-Sí, cierto…
-Por la noche mirarás las estrellas; mi casa es demasiado pequeña para que yo pueda señalarte dónde se encuentra. Así es mejor; mi estrella será para ti una cualquiera de ellas. Te gustará entonces mirar todas las estrellas. Todas ellas serán tus amigas. Y además, te haré un regalo…

Y rió una vez más.

-¡Ah, muchachito, muchachito, cómo me gusta oír tu risa!
-Mi regalo será ése precisamente, será como el agua…
-¿Qué quieres decir?
La gente tiene estrellas que no son las mismas. Para los que viajan, las estrellas son guías; para otros sólo son pequeñas lucecítas. Para los sabios las estrellas son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido…
-¿Qué quieres decir? -Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír!

Y rió nuevamente.

-Cuando te hayas consolado (siempre se consuela uno) estarás contento de haberme conocido. Serás mi amigo y tendrás ganas de reír conmigo. Algunas veces abrirás tu ventana sólo por placer y tus amigos quedarán asombrados de verte reír mirando al cielo. Tú les explicarás: “Las estrellas me hacen reír siempre”. Ellos te creerán loco. Y yo te habré jugado una mala pasada…

Y se rió otra vez.

-Será como si en vez de estrellas, te hubiese dado multitud de cascabelitos que saben reír…

Una vez más dejó oír su risa y luego se puso serio.

-Esta noche ¿sabes? no vengas…
-No te dejaré.
-Pareceré enfermo… Parecerá un poco que me muero… es así. ¡No vale la pena que vengas a ver eso…!
-No te dejaré.

Pero estaba preocupado.

-Te digo esto por la serpiente; no debe morderte. Las serpientes son malas. A veces muerden por gusto…
-He dicho que no te dejaré.

Pero algo lo tranquilizó.

-Bien es verdad que no tienen veneno para la segunda mordedura…

40

Aquella noche no lo vi ponerse en camino. Cuando le alcancé marchaba con paso rápido y decidido y me dijo solamente:

-¡Ah, estás ahí!

Me cogió de la mano y todavía se atormentó:

-Has hecho mal. Tendrás pena. Parecerá que estoy muerto, pero no es verdad.

Yo me callaba.

-¿Comprendes? Es demasiado lejos y no puedo llevar este cuerpo que pesa demasiado.

Seguí callado.

-Será como una corteza vieja que se abandona. TIo son nada tristes las viejas cortezas…

Yo me callaba. El principito perdió un poco de ánimo. Pero hizo un esfuerzo y dijo:

-Será agradable ¿sabes? Yo miraré también las estrellas. Todas serán pozos con roldana herrumbrosa. Todas las estrellas me darán de beber.

Yo me callaba.

-¡Será tan divertido! Tú tendrás quinientos millones de cascabeles y yo quinientos millones de fuentes…

El principito se calló también; estaba llorando.

-Es allí; déjame ir solo.

Se sentó porque tenía miedo. Dijo aún:

-¿Sabes?… mi flor… soy responsable… ¡y ella es tan débil y tan inocente! Sólo tiene cuatro espinas para defenderse contra todo el mundo…

Me senté, ya no podía mantenerme en pie.

-Ahí está… eso es todo…

Vacíló todavía un instante, luego se levantó y dio un paso. Yo no pude moverme.

Un relámpago amarillo centelleó en su tobillo. Quedó un instante inmóvil, sin exhalar un grito. Luego cayó lentamente camo cae un árbol, sin hacer el menor ruido a causa de la arena.

41

-Antoine de Saint-Exupéry

Le_petit_Prince_el_principito_by_ibrahx

#60. Aislamiento

60. Aislamiento

“Somos miserables porque estamos muy identificados con el ego.
¿Qué quiero decir cuando digo que permanecemos demasiado en el ego?
¿Y qué pasa exactamente cuando permanecemos demasiado en el ego?
O bien estás en la existencia, o bien estás en el ego; no es posible estar en las dos al mismo tiempo. Estar en el ego significa estar apartado, estar separado.
Estar en el ego quiere decir convertirse en una isla.
Estar en el ego significa dibujar una línea fronteriza alrededor tuyo.
Estar en el ego significa hacer una distinción entre esto es lo que soy y eso es lo que no soy.
La definición, el límite entre el yo y el no yo es lo que define el ego.
El ego aísla y te congela: ya no fluyes más.
Si fluyes, el ego no puede existir.
De ahí que la gente se haya convertido casi en cubos de hielo.
No tienen ningún calor, no sienten ningún amor.
El amor es cálido y ellos tienen miedo del amor.
Si el calor llega a ellos empiezan a fundirse y los límites desaparecerán.
En el amor los límites desaparecen; en el gozo también desaparecen los límites, porque el gozo no es frío.”

-Osho Zen: The Path of Paradox, Volume 1 Chapter 5

En nuestra sociedad, a los hombres en particular, se les ha enseñado a no llorar, a poner un rostro duro frente a situaciones que pueden herirles y a no mostrar que tienen dolor.
Pero las mujeres también pueden caer en esta trampa y todos nosotros, una vez u otra, hemos podido sentir que la única forma de sobrevivir consiste en esconder nuestros sentimientos y emociones, a fin de no ser heridos otra vez.
Si nuestro dolor es particularmente profundo, incluso puede que intentemos esconderlo de nosotros mismos.
Esto nos puede volver fríos, rígidos, porque, en el fondo sabemos que una pequeña rotura en el hielo puede liberar la herida y hacer que ella empiece a circular hacia nosotros otra vez.
Las lágrimas con el color del arco iris de la cara de esta persona, tienen la clave para la ruptura de este aislamiento.
Las lágrimas y únicamente las lágrimas tienen el poder de fundir el hielo.
Está bien llorar, y no hay razón para que te sientas avergonzado de tus lágrimas.
El llorar nos ayuda a liberar el dolor, nos ayuda a ser suaves con nosotros mismos y, finalmente, nos ayuda a sanar.

.vuelo Nocturno XXIII

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XXII (2)

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XXII (3)

Dentro de un momento franqueará Buenos Aires, y Rivière, que prosigue
su lucha, quiere oírle. Oírle nacer, rugir y desvanecerse, como el paso formidable
de un ejército en marcha hacia las estrellas.
Rivière, cruzados los brazos, pasa por medio de los secretarios. Ante una
ventana, se detiene, escucha, y medita.
Si hubiese suspendido una sola salida, la causa de los vuelos nocturnos
estaba perdida. Pero, adelantándose a los débiles, que mañana desaprobarán
su actuación, Rivière, durante la noche, lanza esta nueva tripulación.
¿Victoria? ¿Derrota…? Estas palabras carecen de significación. La vida
está por debajo de esas imágenes y prepara ya otras nuevas. Una victoria
debilita a un pueblo, una derrota despierta a otro. La derrota que ha sufrido
Rivière es tal vez una enseñanza que aproxima la verdadera victoria. Sólo
importa el acontecimiento en marcha…

-Antoine de Saint-Exupéry

Apéndice:
Extracto de la nota “El Principito aterrizó en
Argentina” aparecida el año 2000, en la revista del
diario Clarín (y retocada para esta edición digital

El Principito 25

Le_petit_prince_by_Ivelena

XXV

-Los hombres -dijo el principito- se meten en los rápidos pero no saben dónde van ni lo que quieren. . . Entonces se agitan y dan vueltas…

Y añadió:

-¡No vale la pena!…

El pozo que habíamos encontrado no se parecía en nada a los pozos saharianos. Estos pozos son simples agujeros que se abren en la arena. El que teníamos ante nosotros parecía el pozo de un pueblo; pero por allí no había ningún pueblo y me parecía estar soñando.

-¡Es extraño! -le dije al principito-. Todo está a punto: la roldana, el balde y la cuerda…

Se rió y tocó la cuerda; hizo mover la roldana. Y la roldana gimió como una vieja veleta cuando el viento ha dormido mucho.

37

-¿Oyes? -dijo el principito-. Hemos despertado al pozo y canta.

No quería que el principito hiciera el menor esfuerzo y le dije:

-Déjame a mí, es demasiado pesado para ti.

Lentamente subí el cubo hasta el brocal donde lo dejé bien seguro. En mis oídos sonaba aún el canto de la roldana y veía temblar al sol en el agua agitada.

-Tengo sed de esta agua -dijo el principito-, dame de beber…

¡Comprendí entonces lo que él había buscado!

Levanté el balde hasta sus labios y el principito bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta. Aquella agua era algo más que un alimento. Había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos. Era como un regalo para el corazón. Cuando yo era niño, las luces del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, daban su resplandor a mi regalo de Navidad.

-Los hombres de tu tierra -dijo el principito- cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan.
-No lo encuentran nunca -le respondí. -Y sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en un poco de agua…
-Sin duda, respondí. Y el principito añadió:
-Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón.

Yo había bebido y me encontraba bien. La arena, al alba, era color de miel, del que gozaba hasta sentirme dichoso. ¿Por qué había de sentirme triste?

-Es necesario que cumplas tu promesa -dijo dulcemente el principito que nuevamente se había sentado junto a mi.
-¿Qué promesa?
-Ya sabes… el bozal para mi cordero… soy responsable de mi flor.

Saqué del bolsillo mis esbozos de dibujo. El principito los miró y dijo riendo:

-Tus baobabs parecen repollos…
-¡Oh! ¡Y yo que estaba tan orgulloso de mis baobabs!
-Tu zorro tíene orejas que parecen cuernos; son demasiado largas.

Y volvió a reír.

-Eres injusto, muchachito; yo no sabía dibujar más que boas cerradas y boas abiertas.
-¡Oh, todo se arreglará! -dijo el principito-. Los niños entienden.

Bosquejé, pues, un bozal y se lo alargué con el corazón oprimido:

-Tú tienes proyectos que yo ignoro…

Pero no me respondió.

-¿Sabes? -me dijo-. Mañana hace un año de mi caída en la Tierra…

Y después de un silencio, añadió:

-Caí muy cerca de aquí…

El principito se sonrojó y nuevamente, sin comprender por qué, experimenté una extraña tristeza.

Sin embargo, se me ocurrió preguntar:

-Entonces no te encontré por azar hace ocho días, cuando paseabas por estos lugares, a mil millas de distancia del lugar habitado más próximo. ¿Es que volvías al punto de tu caída?

El principito enrojeció nuevamente.

Y añadí vacilante.

-¿Quizás por el aniversario?

El principito se ruborizó una vez más. Aunque nunca respondía a las preguntas, su rubor signifícaba una respuesta afirmativa.

-¡Ah! -le dije- tengo miedo.

Pero él me respondió:

-Tú debes trabajar ahora; vuelve, pues, junto a tu máquina, que yo te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde.

Pero yo no estaba tranquilo y me acordaba del zorro. Si se deja uno domesticar, se expone a llorar un poco…

-Antoine de Saint-Exupéry

.lluvia/rain

lluvia-rain

(lluvia en Bogotá)

“Toda la tarde llovió, y luego
semejante poder cayó de las nubes
en un hilo amarillo,
autoritario como se supone que es Dios.
Cuando golpeó el árbol, el cuerpo de ella
se abrió para siempre.

/

All afternoon it rained, then
such power came down from the clouds
on a yellow thread,
as authoritative as God is supposed to be.
When it hit the tree, her body
opened forever.”

-Mary Oliver

.entre mujeres

“Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento”,
Eleanor Roosevelt

Eleanor_Roosevelt_-

 

 

“La vida es corta… sonríele a quien llora,
ignora a quien te critica y sé feliz con quien te importa”,
Marilyn Monroe

MARILYN-MONROE

 

 “Si obedeces todas las reglas,
te perderás de toda la diversión”,
Katharine Hepburn Katharine Hepburn

 

 

“Pies, para qué los quiero si tengo alas para volar”,
Frida Khalo Frida-Kahlo

 

 

“La paz comienza con una sonrisa”,
Madre Teresa de Calcuta

madre-teresa-calcuta

 

 

 

“Ser intelectual crea muchas preguntas y ninguna respuesta.
Puedes llenar tu vida con ideas pero aun así irte solo a casa.
Todo lo que realmente necesitas son sentimientos”,
Janis Joplin

Janis-Joplin

 

 

“Uno no puede pensar bien,
amar bien,
dormir bien,
si no ha comido bien”,
Virginia Woolf

virginia_woolf_

 

 “¡De cuántas preocupaciones nos desprendemos
cuando decidimos dejar de ser algo para ser alguien”,
Coco Chanel

Coco_Chanel

 

 

“Usted no puede esperar construir un mundo mejor
sin mejorar a las personas.
Cada uno de nosotros debe trabajar para su propia mejora”,
Marie Curie

marie-curie-

 

 

“Cuando una puerta de la felicidad se cierra, otra se abre.
Pero solemos quedarnos mirando a la puerta cerrada
por tanto tiempo,
que no vemos la otra que se ha abierto para nosotros”,
Hellen Keller

Helen-Keller

 

 

#59. Esquizofrenia

59. Esquizofrenia

“El hombre está dividido.
La esquizofrenia es una condición normal del hombre, al menos ahora.
Quizás no era así en el mundo primitivo, pero siglos de condicionamiento, de civilización, de cultura y religión han hecho del hombre una multitud: dividido, partido, contradictorio…
Pero debido a que esta división va contra su naturaleza, en lo profundo, oculta en alguna parte, la unidad todavía sobrevive.
Debido a que el alma del hombre es una, todos los acondicionamientos como mucho destruyen la periferia del hombre.
Pero el centro continúa intacto.
Debido a esto, el hombre continúa viviendo.
Pero su vida se ha convertido en un infierno.
Todo el esfuerzo del Zen consiste en dejar de lado esta esquizofrenia, en abandonar esta personalidad dividida, en abandonar la mente dividida del hombre, en volverse uno, centrado, cristalizado.
Tal como eres, no puedes decir que eres.
No tienes un ser.
Eres una plaza de mercado: hay muchas voces.
Si quieres decir “sí”, inmediatamente el “no” está allí.
Ni siquiera puedes pronunciar una simple palabra, “sí”, de forma total…
De esta manera la felicidad no es posible; la infelicidad es la consecuencia natural de una personalidad dividida.”

-Osho Dang Dang Doko Dang Chapter 3

La persona de esta carta da un nuevo giro a la vieja idea de “¡quedarse atrapado entre la espada y la pared!”.
Pero estamos precisamente en este tipo de situación cuando nos quedamos atrapados en el aspecto indeciso y dualístico de la mente.
¿Tendría que soltar mis brazos y caer de cabeza primero, o primero soltar mis piernas y caer de pie? ¿Tendría que ir aquí o allí?
¿Tendría que decir sí o no?
Con cualquier decisión que tomemos siempre nos preguntaremos si hubiera sido mejor haber decidido de la otra forma.
La única forma de salir del dilema consiste, desafortunadamente, en soltarse de los dos extremos al mismo tiempo.
No puedes encontrar la salida de uno de ellos resolviéndolo, haciendo listas sobre los pro y los contra o, de cualquier forma, trabajándolo con tu mente.
Es mejor seguir tu corazón, si puedes encontrarlo.
Si no puedes encontrarlo, salta, simplemente; ¡tu corazón empezará a latir tan rápido que no habrá equivocación respecto adónde se encuentra!

El Principito 24

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XXIV
Era el octavo día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del comerciante bebiendo la última gota de mi provisión de agua.

-¡Ah -le dije al principito-, son muy bonitos tus cuentos, pero yo no he reparado mi avión, no tengo nada para beber y sería muy feliz si pudiera irme muy tranquilo en busca de una fuente!
-Mi amigo el zorro…, me dijo…
-No se trata ahora del zorro, muchachito…
-¿Por qué?
-Porque nos vamos a morir de sed…

No comprendió mi razonamiento y replicó:

-Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro.

“Es incapaz de medir el peligro -me dije – Nunca tiene hambre ni sed y un poco de sol le basta…”

El principito me miró y respondió a mi pensamiento:

-Tengo sed también… vamos a buscar un pozo…

Tuve un gesto de cansancio; es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto. Sin embargo, nos pusimos en marcha.

Después de dos horas de caminar en silencio, cayó la noche y las estrellas comenzaron a brillar. Yo las veía como en sueño, pues a causa de la sed tenía un poco de fiebre. Las palabras del principito danzaban en mi mente.

-¿Tienes sed, tú también? -le pregunté. Pero no respondió a mi pregunta, diciéndome simplemente:

-El agua puede ser buena también para el corazón…

No comprendí sus palabras, pero me callé; sabía muy bien que no había que interrogarlo.

El principito estaba cansado y se sentó; yo me senté a su lado y después de un silencio me dijo:

-Las estrellas son hermosas, por una flor que no se ve…

Respondí “seguramente” y miré sin hablar los pliegues que la arena formaba bajo la luna.

-El desierto es bello -añadió el principito.

Era verdad; siempre me ha gustado el desierto. Puede uno sentarse en una duna, nada se ve, nada se oye y sin embargo, algo resplandece en el silencio…

-Lo que más embellece al desierto -dijo el principito- es el pozo que oculta en algún sitio…

Me quedé sorprendido al comprender súbitamente ese misterioso resplandor de la arena. Cuando yo era niño vivía en una casa antigua en la que, según la leyenda, había un tesoro escondido. Sin duda que nadie supo jamás descubrirlo y quizás nadie lo buscó, pero parecía toda encantada por ese tesoro. Mi casa ocultaba un secreto en el fondo de su corazón…

-Sí -le dije al principito- ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que les embellece es invisible.
-Me gusta -dijo el principito- que estés de acuerdo con mi zorro.

Como el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía : “lo que veo es sólo la corteza; lo más importante es invisible… “

Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: “Lo que más me emociona de este principito dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme… ” Y lo sentí más frágil aún. Pensaba que a las lámparas hay que protegerlas: una racha de viento puede apagarlas…

Continué caminando y al rayar el alba descubrí el pozo.

-Antoine de Saint-Exupéry

.vuelo Nocturno XXII

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XXII

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XXII (1)

 

El correo de Asunción comunicó que se disponía a aterrizar.
Rivière, incluso en las peores horas, había seguido, de telegrama en
telegrama, su marcha feliz. Era para él, en medio de esa confusión, el desquite
de su fe, la prueba. Ese vuelo feliz anunciaba, por sus telegramas, mil
otros vuelos también felices. «No hay ciclones todas las noches.» Ri-vière
pensaba también: «Cuando la ruta está trazada, no se puede dejar de
proseguir.»
Descendiendo, de escala en escala, desde Paraguay, como desde un
adorable jardín, pródigo de flores, de casas bajas y de aguas lentas, el avión
se deslizaba al margen de un ciclón que no le enturbiaba ni una estrella.
Nueve pasajeros, arrebujados en sus mantas de viaje, apoyaban la frente en
su ventanilla, como en un escaparate colmado de joyas, pues las pequeñas
ciudades de Argentina desgranaban ya, en la noche, todo su oro, bajo el oro
más pálido de las ciudades de estrellas. El piloto, en la parte delantera,
sostenía con las manos su preciosa carga de vidas humanas, los ojos abiertos
e inundados de luna, como un cabrero. Buenos Aires llenaba el horizonte
con su fuego rosáceo y, muy pronto, brillaría con todas sus piedras cual
fabuloso tesoro. El «radio», con sus dedos, enviaba los últimos telegramas,
como las notas finales de una sonata que hubiese tecleado, gozosa, en el
cielo, y cuyo canto Rivière comprendiese; luego, remontó la antena;
después, se desperezó un poco, bostezó y sonrió: estaban llegando.
El piloto, después de aterrizar, encontró al piloto de Europa, recostado
contra su avión, con las manos en los bolsillos.
—¿Eres tú el que continúa?
—Sí.
—El Patagonia, ¿ha llegado?
—No se le espera: ha desaparecido. ¿Hace buen tiempo?
—Muy bueno. ¿Fabien ha desaparecido?
Hablaron poco. Una gran fraternidad les dispensaba de hablar.
Se trasbordaban al avión de Europa las sacas de Asunción, y el piloto, aún
inmóvil, la cabeza echada hacia atrás, la nuca contra la carlinga, miraba las
estrellas. Sintió nacer en él un poder inmenso, y le invadió un placer
poderoso.
«¿Cargado ya? —dijo una voz—. Contacto, pues.»
El piloto no se movió. Ponían su motor en marcha. El piloto iba a percibir
por sus espaldas, apoyadas en el avión, cómo éste vivía. El piloto estaba ya
seguro, por fin, después de tantas falsas noticias: «Saldrá…» «No saldrá…»
«¡Saldrá!» Su boca se entreabrió, sus dientes brillaron bajo la luna como los
de una fiera joven.
—Atención con la noche, ¡eh!
No oyó el consejo de su camarada. Las manos en los bolsillos, la cabeza
levantada cara a las nubes, a las montañas, a los ríos y a los mares, empezaba
a reír silenciosamente. Una risa débil, pero que pasaba por él, como
una brisa por un árbol, y le hacía estremecerse. Una risa débil, pero mucho
más fuerte que aquellas nubes, que aquellas montañas, que aquellos ríos y
que aquellos mares.
—¿Qué es lo que te sucede?
—Ese imbécil de Rivière que me ha… ¡que se imagina que tengo miedo!

-Antoine de Saint-Exupéry

#58. Ir con la Corriente

58. Ir con la Corriente

“Cuando digo: “vuélvete agua”, quiero decir: conviértete en un fluido, no te quedes estancado. Muévete y muévete como el agua.
Lao Tzu dice: El camino del Tao es el camino del arroyo, se mueve como el agua,
¿Cuál es el movimiento del agua?
¿O el de un río?
El movimiento tiene unas cuantas cosas hermosas.
Uno, siempre se desplaza hacia lo profundo, siempre busca el nivel inferior.
No es ambicioso, nunca aspira a ser el primero, quiere ser el último.
Recuerda, Jesús dice: “Aquellos que son los últimos aquí serán los primeros en mi Reino de Dios”.
El está hablando del camino acuoso del Tao; no lo menciona pero habla de él.
Sé el último, no seas ambicioso.
La ambición implica ir cuesta arriba, el agua va hacia abajo, busca el terreno más bajo, quiere ser una “no entidad”, no quiere declararse único, excepcional, extraordinario.
No tiene idea del ego.”

-Osho Take it Easy, Volume 1 Chapter 14

La figura en esta carta está totalmente relajada y a sus anchas en el agua, dejando que le lleve a donde lo desee.
Él ha dominado el arte de ser pasivo y receptivo sin ser lento o estar apagado o adormecido. Simplemente está abierto a las corrientes de la vida, sin tener nunca un pensamiento que diga: “No me gusta esto” o “prefiero esto de otra manera”.
A cada momento en la vida tenemos la elección o bien de entrar en las aguas de la vida y flotar, o bien tratar de nadar contra la corriente.
Cuando esta carta aparece en una lectura es una indicación de que eres capaz de flotar ahora y confiar en que la vida te apoyará en tu relajamiento y te llevará exactamente a donde ella quiere que vayas.
Permite que este sentimiento de confianza y relajamiento crezca más y más; todo está sucediendo como tendría que ser.

El Principito 23

Le_Petit_Prince_by_bubordoni

XXIII
-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -respondió el comerciante.

Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya no se sienten ganas de beber.

-¿Por qué vendes eso? -preguntó el principito.
-Porque con esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
-Lo que cada uno quiere… “

“Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos -pensó el principito- caminaría suavemente hacia una fuente…”

-Antoine de Saint-Exupéry

.vuelo Nocturno XXI

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XXI

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XXI (1)

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XXI (2)

Robineau vagaba ahora, melancólico, por las oficinas. La vida de la
Compañía se había detenido, pues aquel correo previsto para las dos sería
suspendido y no partiría hasta que fuese de día. Los empleados, con rostros
herméticos, velaban aún, pero esta vela era inútil. Se recibían aún, con ritmo
regular, los mensajes de protección de las escalas Norte, pero sus «cielos
limpios», y sus «luna llena», y sus «viento nulo» evocaban la imagen de un
reino estéril. Un desierto de luna y de piedras. Como Robineau hojease sin
saber por qué un expediente en el que trabajaba el jefe de oficina, percibió
que éste, de pie ante él, esperaba, con un respeto insolente, a que se lo
devolviese. Con la expresión decía: «Cuando a usted le plazca, ¿no? Es
mío…» Esa actitud de un subalterno desagradó al inspector, pero no se le
ocurrió ninguna réplica, e, irritado, le tendió el expediente. El jefe de la
oficina se sentó de nuevo con gran nobleza. «Hubiera debido mandarlo a
paseo», pensó Robineau. Entonces, anduvo algunos pasos pensando en el
drama. Ese drama entrañaría la desgracia de una política, y Robineau lloraba
un doble luto.
Luego, le vino la imagen de un Rivière encerrado en su oficina, y que le
había dicho: «Querido…» Nunca, a ningún hombre, le había faltado apoyo en
tal grado. Robineau sintió por él una gran piedad. Combinaba en su cabeza
algunas frases oscuramente destinadas a compadecer, a aliviar. Un
sentimiento, que juzgaba muy hermoso, le animaba. Entonces llamó con
suavidad. No le contestaron. No se atrevió a llamar más fuerte en ese
silencio, y empujó la puerta. Rivière estaba allí. Robineau entraba en los
dominios de Rivière, por primera vez, casi en pie de igualdad, como el
sargento que, entre las balas, se reúne con el general herido, lo acompaña en
la derrota y se convierte en su hermano en el destierro. «Ocurra lo que
ocurra, estoy con usted», parecía querer decir Robineau.
Rivière callaba y, con la cabeza inclinada, contemplaba sus manos.
Robineau, de pie ante él, no se atrevía a hablar. El león, incluso derribado, le
intimidaba. Robineau preparaba frases cada vez más ebrias de devoción,
pero cada vez que levantaba los ojos, encontraba aquella cabeza inclinada en
tres cuartos, aquellos cabellos grises, aquellos labios apretados ¡sobre qué
amargura! Por fin se decidió:
—Señor director…
Rivière levantó la cabeza y le miró. Rivière despertaba de una meditación
tan profunda, tan lejana, que tal vez no se había dado cuenta aún de la
presencia de Robineau. Y nadie supo jamás lo que meditó, ni lo que
experimentó, ni qué luto se había hecho en su corazón. Rivière contempló a
Robineau, largamente, como el testigo vivo de alguna cosa. Robineau se
sintió incómodo. Cuanto más contemplaba Rivière a Robineau, más se dibujaba
sobre los labios de aquél una incomprensible ironía. Cuanto más
contemplaba Rivière a Robineau, más enrojecía éste. Y más parecía a
Rivière que Robineau había venido a testimoniar, con una buena voluntad
conmovedora y desgraciadamente espontánea, la estupidez de los hombres.
Robineau se azoró por completo. Ni el sargento, ni el general, ni las balas
existían. Sucedía algo inexplicable. Rivière seguía mirándole. Entonces
Robineau, a pesar suyo, rectificó ligeramente su actitud, sacó la mano del
bolsillo izquierdo. Rivière seguía mirándole. Finalmente, Robineau, con
infinito embarazo, sin saber por qué, balbució:
—He venido a recibir órdenes.
Rivière sacó su reloj, y dijo, simplemente:
—Son las dos. El correo de Asunción aterrizará a las dos y diez. Que el
correo de Europa despegue a las dos y cuarto.
Y Robineau esparció la sorprendente noticia: no se suspendían los vuelos
nocturnos. Y Robineau se dirigió al jefe de oficina:
—Tráigame ese expediente para que lo compruebe.
Y cuando estuvo delante del jefe de oficina:
—Espere.
Y el jefe de oficina esperó.

-Antoine de Saint-Exupéry

#57. Armonía

57. Armonía

“Escucha tu corazón, muévete de acuerdo con tu corazón, sea lo que sea que esté en juego:
Una condición de simplicidad absoluta que cuesta nada menos que “todo”…
Ser sencillo es arduo, porque ser sencillo cuesta todo lo que tienes.
Tienes que perderlo todo para ser sencillo.
Por eso la gente ha elegido ser compleja y ha olvidado cómo ser sencilla.
Sin embargo, sólo un corazón sencillo vibra con Dios mano a mano.
Sólo un corazón sencillo canta con Dios con profunda armonía.
Para llegar a este punto tendrás que encontrar tu corazón, tu propia vibración, tu propio latido.”

-Osho Dang Dang Doko Dang Chapter 3

La experiencia de reposar en el corazón mientras meditas, no es algo que se pueda buscar o forzar. Viene con naturalidad, a medida que crecemos más y más en armonía con los ritmos de nuestros propios silencios interiores.
La figura de esta carta refleja la dulzura y delicadeza de esta experiencia.
Los delfines que surgen del corazón, que dibujan un arco hacia el tercer ojo, reflejan el juego y la inteligencia que surgen cuando somos capaces de conectar con el corazón y penetrar el mundo desde allí.
Permítete ser más suave y más receptivo ahora, porque un gozo inexpresable te está esperando, precisamente a la vuelta de la esquina.
Nadie más puede indicártelo y cuando lo encuentres no serás capaz de hallar las palabras para expresarlo a los demás, pero está ahí, en lo profundo de tu corazón, maduro y listo para ser descubierto.

El Principito 22

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XXII
-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -respondió el guardavías.
-¿Qué haces aquí? -le preguntó el principito.
-Formo con los viajeros paquetes de mil y despacho los trenes que los llevan, ya a la derecha, ya a la izquierda.

Y un tren rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la caseta del guardavías.

-Tienen mucha prisa -dijo el principito-. ¿Qué buscan?
-Ni siquiera el conductor de la locomotora lo sabe -dijo el guardavías.

Un segundo rápido iluminado rugió en sentido inverso.

-¿Ya vuelve? -preguntó el principito.
-No son los mismos -contestó el guardvías-. Es un cambio.
-¿No se sentían contentos donde estaban?
-Nunca se siente uno contento donde está -respondió el guardavías.

Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado.

-¿Van persiguiendo a los primeros viajeros? -preguntó el principito.
-No persiguen absolutamente nada -le dijo el guardavías-; duermen o bostezan allí dentro. Unicamente los niños aplastan su nariz contra los vidrios.
-Unicamente los niños saben lo que buscan -dijo el principito. Pierden el tiempo con una muñeca de trapo que viene a ser lo más importante para ellos y si se la quitan, lloran…
-¡Qué suerte tienen! -dijo el guardavías.

-Antoine de Saint-Exupéry

.vuelo Nocturno XX

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XX

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XX (1)

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XX (2)

Comodoro Rivadavia ya no oye nada; pero, a mil kilómetros de allí, a
veinte minutos más tarde, Bahía Blanca capta un segundo mensaje:
«Descendemos. Entramos en las nubes…»
Luego esas dos palabras de un texto oscuro aparecieron en la estación de
Trelew.
«… ver nada…»
Las ondas cortas son así. Se las capta allí, se es sordo a ellas aquí. Luego,
sin razón alguna, todo cambia. Esa tripulación, cuya posición es
desconocida, se manifiesta ya a los vivos, fuera del espacio, fuera del
tiempo; y sobre las hojas blancas de las estaciones de radio son ya fantasmas
que escriben.
¿Se ha agotado el combustible o el piloto juega su última carta: encontrar
tierra sin estrellarse? La voz de Buenos Aires ordena a Trelew:
«Pregúntenselo.»
La estación de escucha de T. S. H. parece un laboratorio: níqueles, cobres
y manómetros, red de conductores. Los operadores de guardia, en blusa
blanca, silenciosos, parecen inclinados sobre un sencillo experimento.
Con sus dedos delicados tocan los instrumentos, exploran el cielo
magnético, buscan la vena de oro.
«¿No responde?»
«No responde.»
Tal vez van a captar esa nota que sería una señal de vida. Si el avión y sus
luces de bordo remontan entre las estrellas, oirán tal vez el canto de esa
estrella…
Los segundos manan. Manan, en verdad, como sangre. ¿Dura aún el
vuelo? Cada segundo arrastra una posibilidad. Por eso el tiempo que transcurre
parece destruir. Del mismo modo que, a lo largo de veinte siglos, toca
un templo, prosigue su camino sobre el granito y entierra el templo en polvo,
ahora, siglos de usura se agolpan en cada segundo y amenazan a una
tripulación.
Cada segundo se lleva algo. Esa voz de Fabien, esa risa de Fabien, esa
sonrisa. El silencio gana terreno. Un silencio cada vez más pesado, que se
tiende sobre esta tripulación como el peso de un mar.
Entonces alguien advierte:
«La una cuarenta. Último límite del combustible: es imposible que aún
siga volando.»
Y la paz se hace.
Algo amargo y soso sube a los labios como en el término de un viaje.
Algo se ha consumado de lo que nada se sabe, algo descorazonador. Ya entre
todos esos níqueles y esas arterias de cobre, se experimenta la misma tristeza
que reina sobre las fábricas destruidas. Todo ese material parece pesado,
inútil, desafectado: un peso de ramas muertas.
No hay más remedio que esperar el nuevo día.
Dentro de algunas horas, surgirá a la luz toda Argentina, y esos hombres
permanecerán allí, como sobre la playa, frente a la red de la que se tira
lentamente, muy lentamente, y no se sabe lo que contendrá.
Rivière, en su oficina, experimenta esa paralización que sólo permiten los
grandes desastres, cuando la fatalidad libera al hombre. Ha hecho poner
alerta a la Policía de toda una provincia. No puede hacer nada más, es
preciso esperar.
Pero el orden debe reinar incluso en la mansión de los muertos. Rivière,
con un gesto, llama a Robineau:
—Telegrama para las escalas Norte: «Prevemos retraso importante del
correo de Patagonia. Para no retrasar demasiado correo Europa, juntaremos
correo Patagonia con próximo correo Europa.»
Se dobla un poco hacia adelante. Pero hace un esfuerzo y se acuerda de
algo, que era grave. ¡ Ah, sí! Y para no olvidarlo:
—Robineau.
—¿Señor Rivière?
—Redacte una nota: Prohibición a los pilotos de sobrepasar las mil
novecientas revoluciones: me destrozan los motores.
—Bien, señor Rivière.
Rivière se dobla algo más. Necesita, ante todo, soledad:
—Márchese, Robineau. Márchese, querido…
Y Robineau se asusta de esta igualdad ante las sombras.
-Antoine de Saint-Exupéry

.el pujo

Alex_Grey-Birth

Birth-Alex Grey (1990, oil on linen)

 

 

“Los nueve meses de gestación tienen buena prensa, así como la lactancia
materna. Todos nos maravillamos ante el milagro que ocurre dentro de las
panzas de las mujeres durante ese tiempo que va desde la concepción hasta el
día del nacimiento. A la vez, conmueve la escena de una madre amamantando o
dando la mamadera a su hijo; una suerte de continuidad de ese amor que
cobijó al crío desde su inicio.
El olvidado de la escena, sin embargo, es el pujo. Y eso a pesar de que, sin
pujos, la humanidad se habría extinguido hace milenios.
No lo viví en carne propia ni lo viviré jamás -por eso de que soy varón-,
pero dicen que pujar duele. Hay relatos de dolores fuertes, otros que dicen
que no siempre es así, pero desde afuera se ve que cuesta, que no es fácil,
que eso de empujar hacia la vida al aire libre a un chiquito que estaba allí
dentro, flotando, es una tarea titánica que implica esfuerzo y una buena
dosis de coraje.
Ya era hora de rendirle homenaje al pujo. A ese amor que no contiene, sino
que, por el contrario, empuja hacia “afuera”, abre juego, confía en el
devenir. Pujar es parte del amor, tanto como lo es contener, comprender,
nutrir, empatizar, proteger. El pujo es un acto de fe en la vida, en la
madre, en el hijo y en el vínculo que tienen, que va dejando de ser
simbiosis física para empezar el camino de la personalización. El amor pasa
así a otra forma en la que del “uno” del cuerpo unido se pasa al “tres” en
un solo movimiento, ya que en el parto surge la madre, el hijo y, también,
el espacio entre ambos. Este es imprescindible y convoca al amor que ayuda a
crecer, sin pegoteo ni control absoluto sobre el otro.
Hay diferentes pujos que se dan en la vida para que los hijos crezcan, tanto
como sus madres y padres. Porque debemos reconocer que a veces los padres
varones atisbamos lo que es pujar cuando debemos largar a nuestros hijos a
la vida, sin estar allí físicamente para solucionarles los problemas. Es un
momento duro, en cualquiera de las escenografías en las que se vea el
corazón de lo que pujar representa. ¿Respirará? ¿Podrá bancarse las leyes
del mundo? ¿Habré hecho bien mi trabajo o será fallido su ingreso a la vida?
Tantas preguntas a las que nos lanzamos al ver que llega la hora de pujar,
de soltar, de suplantar la cercanía física por la intimidad amorosa en un
plano, si se quiere, más simbólico y confiado. Me refiero a la confianza en
lo que de nuestra fuerza y capacidad se trasladó al cuerpo y al alma de ese
hijo que, insisto, estaba hasta hace poco “flotando”, protegido de todo mal.
Por todo esto, cuando se dice que el amor cobija, contiene, comprende, y
todas esas cosas tiernas y amorosas que conocemos, pienso también en alguna
madre transpirando, gritando ese soltar que le duele, pero que es
gozosamente inexorable. También imagino al chiquito atravesando un túnel
raro, apretado, descubriendo la primera ley (la de la gravedad), sintiendo
nuevas temperaturas y descubriendo la respiración.
Todo eso pienso, y me digo que el amor es vida, y si para la vida hay que
pujar, pues se puja, y si hay que contener, pues se contiene. Nada de
automatismos, sino de eficacias. Porque nadie duda de que el pujo es eficaz
y noble cuando, gracias a él, la vida se abre y el amor se proyecta a una
nueva dimensión.”
-Miguel Espeche

 

¡Feliz Dia, Mamis!

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.el viaje

el viaje

 (Venecita Colombiana)

“El misterio inicial latente en cualquier viaje es:
¿cómo ha llegado el viajero a su punto de partida?
¿Cómo he llegado a la ventana, a las paredes, a la estufa, al cuarto mismo?
¿Cómo es que estoy bajo este techo y sobre este suelo?
La respuesta sólo puede ser conjetural, sujeta a argumentaciones en favor y en contra, materia para la investigación, las hipótesis, la dialéctica.
Me es difícil recordar cómo ha sido.
A diferencia de Livingstone cuando se adentraba en lo más remoto de África, yo no tengo mapas a mano, ni un globo de las esferas terrestre o celeste, ni un plano de montes y lagos, ni sextante ni horizonte artificial.
Si alguna vez tuve brújula, hace mucho que la perdí.
Empero, tiene que haber alguna razón que dé cuenta de mi presencia aquí.
Hubo un paso que me colocó en dirección a este punto y no a cualquier otro del planeta.
Debo pensarlo.
Debo descubrirlo…”

-Louise Bogan (“Viaje alrededor de mi cuarto)

 

#56. Pereza

56. Pereza

“El sentirse perezoso, es un sabor negativo: sientes simplemente que no tienes energía, simplemente te sientes apagado, te sientes adormecido simplemente, te sientes muerto.
Cuando estás en un estado de no hacer, entonces estás lleno de energía:
es un sabor muy positivo.
Eres pura energía, desbordando, estás radiante, burbujeante, vibrando.
No estás dormido; estás perfectamente alerta.
No estás muerto, estás tremendamente vivo…
Existe la posibilidad de que la mente te pueda engañar:
puede racionalizar la pereza como un “no hacer”.
Puede decir: “Me he convertido en un Maestro Zen” o “creo en el Tao”.
Pero tú no puedes engañar a nadie.
Te engañarás a ti mismo.
Así que permanece alerta.”

-Osho A Sudden Clash of Thunder Chapter 8

Este caballero piensa ciertamente que lo ha conseguido.
Se sienta en su silla súper cómoda, con sus gafas de sol, la sombrilla le hace sombra, con sus zapatillas rosas y su piña colada en la mano.
No tiene energía para levantarse y hacer algo porque piensa que ya lo ha hecho todo.
Aún no se ha girado para ver el espejo resquebrajándose a su alrededor, a su derecha, un signo seguro de que el lugar al que él piensa que ha llegado finalmente, está a punto de romperse en pedazos y disolverse ante sus ojos.
El mensaje que trae esta carta es que este lugar de vacaciones no es tu destino final.
El viaje aún no ha terminado, tal como trata de mostrarlo el pájaro blanco que vuela en la inmensidad del cielo.
Tu complacencia puede que haya surgido debido a un sentido real de logro, pero ahora es el momento de moverse.
No importa lo cómodas que sean las zapatillas, lo sabrosa que sea la piña colada, hay cielos sobre cielos esperando aún ser explorados.

El Principito 21

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XXI

Entonces apareció el zorro:

-¡Buenos días! -dijo el zorro.
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vío nada.
-Estoy aquí, bajo el manzano -díjo la voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón! -dijo el principito.

35

Pero después de una breve reflexión, añadió:

-¿Qué significa “domesticar”?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa “domesticar”?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa “crear vínculos… “
-¿Crear vínculos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor… creo que ella me ha domesticado…
-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.

El zorro pareció intrigado:

-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es perfecto -suspiró el zorro.

Y después volviendo a su idea:

-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

-Por favor… domestícame -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no fienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…

36

El principito volvió al día siguiente.

-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunça sabré cuándo preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:

-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique…
-Ciertamente -dijo el zorro.
– Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.

Y luego añadió:

-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:

-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.

Y volvió con el zorro.

-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo que yo he perdido con ella… -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa…
-Yo soy responsable de mi rosa… -repitió el principito a fin de recordarlo

-Antoine de Saint-Exupéry