.arte en el Cielo

cielos

“Recorriendo el terreno cubierto de plumas dejando caer frases como:

“He estado en lugares peores
He estado en mejores
He visto mucho mundo…”
Y lo único que quieres es una mano tendida.
Que te saque del lodazal, de la belleza.
Que te levante…

Dejo ondear las ventanas con vistas al río donde los niños sacan agua y las mujeres golpean las camisas de sus maridos con una piedra. Los niños, medio desnudos, dan mordiscos a frutas desconocidas, delirantemente dulces, y cantan:

Un día estaremos todos muertos
Pero los que siguen moviéndose
Andando y desandando lo andado
Nunca morirán
Se llamarán
Rembrandt, Colón

Soñé que era misionera.
Soñé que era mercenaria.
Mi mochila era un pedazo de lino
atado como un globo a un palo.

Si levantas la vista, las nubes se forman y vuelven a formarse. Parecen… un embrión, un amigo que se ha ido y descansa en posición horizontal. O un gran brazo, compasivo como un resorte, que recibiera la orden de alcanzar y recoger esa mochila de lino y todo lo que hay en ella, aunque sólo sea el alma de una idea: el color del agua, el peso de una colina.”

 

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

.soneto XVII

 soneto XVII

“No te amo como si fueras rosa de sal, topacio
o flecha de claveles que propagan el fuego
te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre la sombra y el alma.

Te amo como la planta que no florece y lleva
dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
el apretado aroma que ascendió de la tierra.

Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde.
Te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera.

Sino así de este modo en que no soy ni eres,
tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño…”

-Pablo Neruda (De “Cien Sonetos de Amor”)

.la forma del olor

.la forma del olor

 “Todos los olores entran dentro de unas pocas categorías básicas, casi como los colores primarios: mentolados (menta), floral (rosas), etéreo (peras), almizclado (almizcle), resinoso (alcanfor), pestilente (huevos podridos) y acro (vinagre).
Por eso los fabricantes de perfumes han tenido tanto éxito mezclando aromas florales o acercándose a los umbrales adecuados de lo almizclado o lo frutal.
Ya no se necesitan sustancias naturales; actualmente pueden hacerse perfumes en los laboratorios, partiendo de moléculas.
Uno de los primeros perfumes basados en un aroma completamente sintético el Chanel N° 5, que fué creado en 1922 y desde entonces ha seguido siendo un clásico de sensual femineidad.
También ha dado origen a respuestas memorables.
Cuando le preguntaron a Marilyn Monroe qué se ponía para dormir, respondió con picardía: “Unas gotas de Chanel N° 5″.
La nota superior de este perfume – es decir lo primero que se huele- es el aldehído, y después la naríz detecta la nota intermedia de jazmín, rosa, lirio del valle, lirio de Florencia e ylang-ylang, hasta captar finalmente la nota de base, que transporta el perfume y lo hace durar: vetiver, madera de sándalo y de cedro, vainilla, ámbar, algalia y almizcle.
Las notas de base son siempre de origen animal, antiguos emisarios de olor, que nos llevan a bosques y sabanas.
Durante siglos, el hombre atormentó y a veces diezmó especies animales en busca de cuatro secciones glandulares: el ámbar gris (fluido aceitoso que segregan ciertas ballenas para proteger su estómago del hueso afilado de la jibia o del pico afilado del calamar, de los que se alimentan), el castóreo (que se encuentra en el saco abdominal de castores canadienses y rusos, animales que lo emplean principalmente para marcar sus territorios), la algalia (una secreción de aspecto semejante a la miel, proveniente del área genital de un felino de Etiopía, nocturno y carnívoro) y el almizcle (una secreción roja, gelatinosa, que se extrae del vientre del vientre de un cérvido asiático).
¿Cómo descubrió el hombre que los sacos anales de ciertos animales contenían fragancias?
El bestialismo era común entre pastores, en algunas de esas regiones, y no se lo puede ignorar como una de las explicaciones posibles.
El almizcle animal es un pariente muy cercano de la testosterona humana y podemos olerlo en porciones tan ínfimas como 0,000000000000032 de onza.
Afortunadamente, hoy los químicos han creado veinte almizcles sintéticos, en parte porque las especies animales correspondientes están en peligro de extinción, y en parte para asegurar una consistencia de olor difícil de lograr con las sustancias naturales.
Una pregunta obvia es por qué las secreciones de las glándulas odoríferas de animales como ciervos, castores, felinos y otros pueden despertar el deseo sexual en el ser humano.
La respuesta parece estar en que estos olores toman la misma forma química que un esteroide, y cuando los olemos podemos responder como lo haríamos a las feromonas humanas.
De hecho, en un experimento llevado a cabo en International Flavors and Fragrances, las mujeres que olían almizcle desarrollaban ciclos menstruales más cortos, ovulaban con más frecuencia y les resultaba más fácil concebir.
¿Entonces el perfume es importante?
¿No se reduce al frasco y la publicidad?
No necesariamente.
¿Los olores pueden influirnos biológicamente?
Sin duda alguna.
El almizcle produce un cambio hormonal en la mujer que lo huele.
En cuanto a por qué nos puede excitar el olor de las flores, puede decirse que las flores tienen una poderosa vida sexual.
El perfume de una flor declara ante el mundo que es fértil, deseable, y que está disponible, con sus órganos sexuales empapados de néctar.
Su olor nos recuerda de algún modo la fertilidad, el vigor, la fuerza vital, y todo el optimismo, las expectativas y el florecer apasionado de la juventud. Inhalamos su aroma ardiente, a cualquier edad, y nos sentimos jóvenes y núbiles, en un mundo inflamado por el deseo.
Los rayos de sol borran algunos olores, como puede atestiguar cualquiera que haya tendido al sol ropa de cáma húmeda.
Aún así, lo que queda puede seguir oliendo a rancio y producirnos rechazo.
Necesitamos apenas ocho moléculas de una sustancia para desencadenar un impulso en una terminal nerviosa, pero deben activarse cuarenta terminales nerviosas antes que podamos oler algo.
No todo tiene olor: sólo las sustancias suficientemente volátiles como para difundir partículas microscópicas en el aire.
Muchas cosas que encontramos todos los días -incluyendo piedra, vidrio, acero y marfil- no evaporan nada cuando están a temperatura ambiente, por lo que no las olemos.
Si se calienta una col, se vuelve más volátil (algunas de sus partículas se evaporan en el aire) y de repente huele de forma más intensa.
La ingravidez hace que, en el espacio, los astronautas pierdan el gusto y el olfato.
En ausencia de gravedad, las moléculas no pueden volatilizarse, por lo que muy pocas de ellas se adentran lo suficiente en nuestra naríz como para que podamos registrarlas como olores.
Esto constituye un problema para los nutricionistas que inventan comidas para el espacio exterior.
Gran parte del sabor de la comida depende de su olor.
Algunos químicos han llegado a sugerir que el vino es simplemente un líquido insípido con una fuerte fragancia.
Si uno toma vino estando resfriado, no sentirá más que gusto a agua.
Antes de poder sentir el gusto de algo, es preciso que ese algo haya sido disuelto en un líquido (por ejemplo, un caramelo duro tiene que fundirse en la saliva), y antes de que algo pueda ser olfateado, tiene que estar en el aire.
Distinguiremos sólo cuatro sabores: dulce ácido, salado y amargo.
Lo que significa que todo lo demás que llamamos “sabor” es en realidad “olor”.
Y muchas de las comidas que pensamos que podemos oler, sólo podemos gustarlas.
El azúcar no es volátil, por lo que no lo olemos, aún cuando lo saboreamos con intensidad.
Si tenemos en la boca algo delicioso, que queremos saborear y estudiar, exhalamos; eso impulsa el aire de nuestra boca a través de nuestros receptores olfativos, de modo que podamos olerlo mejor.
Pero ¿cómo se las arregla el cerebro para reconocer y catalogar tantos olores?
Una teoría del olfato, la teoría “estereoquímica” de J.E. Amoore, analiza la conexión entre las formas geométricas de las moléculas y las sensaciones odoríferas que producen.
Cuando aparece una molécula de la forma adecuada, se inserta en el nicho de la neurona y desde allí dispara un impulso nervioso al cerebro.
Los olores almizclados tienen moléculas en forma de disco, que se adecuan al espacio elíptico de la neurona. Los olores mentolados tienen una molécula en forma triangular que se adecua a un espacio en forma de V.
Los olores alcanforados tienen una molécula esférica que se adapta a un espacio elíptico, pero es más pequeña que la del almizcle.
Los olores etéreos tienen una molécula en forma de vara, que se adecua a un espacio en forma de surco.
Los olores florales tienen una molécula en forma de disco con un tallo, lo que se adecua a un espacio en forma de cavidad y surco.
Los olores pútridos tienen tienen una carga negativa que es atraída por un espacio cargado positivamente.
Y los olores acres tienen una carga positiva que se adecua a un espacio cargado negativamente.
Hay olores que se adecuan a un par de espacios al mismo tiempo, con lo que producen un efecto de ramillete o combinación.
Amoore presentó esta teoría en 1949, pero ya había sido propuesta en el 60 a. C. por Lucrecio, un poeta de espíritu amplio, en su enciclopedia personal de conocimiento y reflexión, Sobre la naturaleza de las cosas.
La metáfora de la cerradura y la llave parece explicar cada vez más aspectos de la naturaleza, como si el mundo fuera un salón con muchas puertas cerradas.
O bien puede ser que la cerradura y la llave sean parte de la imaginería familiar, uno de los pocos modos en que los seres humanos pueden dar sentido al mundo que los rodea (el lenguaje y las matemáticas son los otros dos).
Como dijo una vez Abrm Maslow: “Si la única herramienta de que dispone un hombre es una llave, se imaginará todos los problemas bajo la forma de una cerradura”.
Algunos olores son fabulosos cuando están diluídos, y verdaderamente repulsivos cuando no lo están.
El olor fecal de la algalia pura es lo bastante desagradable como para revolver el estómago, pero en pequeñas dosis convierte el perfume en un afrodisíaco.
Una pequeña porción de algunos aromas (alcánfor, éter, aceite de clavo de olor, por ejemplo) es excesiva, embota la nariz y hace imposible el ejercicio del olfato.
Algunas sustancias huelen como otras de las que parecen muy remotas, en el equivalente nasal de desagrado (almendras amargas como cianuro; huevos podridos como azufre).
Muchas personas normalmente tienen “puntos ciegos”, especialmente respecto a algunos almizcles, y otras pueden detectar aromas débiles y fugaces.
Cuando pensamos en lo que es normal que sientan los seres humanos, tendemos a ser prudentes en exceso. Una cosa sorprendente del olfato es la amplitud del espectro de respuesta que se encuentra a lo largo de la curva que llamamos normal.”-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

.una despedida

una despedida

(Graffitti callejero colombino)

“El aire era carnavalesco, receptivo.
Abrí la puerta mosquitera y salí.
Sentía crepitar el pasto.
Sentía la vida: un carbón incandescente arrojado sobre un cupido de heno.
Me cubrí la cabeza.
De buena gana me habría cubierto los brazos, la cara.
Me quedé ahí mirando cómo jugaban los niños, y algo en la atmósfera -la luz filtrada, la fragancia de las cosas- me trasladó en el tiempo…
Qué felices somos los niños.
Cómo se atenúa la luz con la voz de la razón.
Deambulamos por la vida…, un engaste sin gema.
Hasta que un día doblamos una esquina y ahí está, en el suelo, delante de nosotros: una gota de sangre con facetas, más real que un fantasma, brillando.
Si la removemos podría desaparecer.
Si no actuamos nada se habrá reivindicado.
Hay una manera de resolver este pequeño enigma.
Pronunciar nuestra propia oración, no importa de qué forma.
Porque cuando termine estarás en posesión de la única joya que vale la pena guardar.
El único grano que vale la pena repartir.
Una mano pequeña me ofreció un panadero.
¡Pide un deseo!
Lo tomé.
Amarillo intenso: silvestre, insignificante y amado por Dios.
Se transforma, gracias a la fuerza de nuestro deseo, en un soplo ancestral.
Pedazos de maná vaporoso descienden sobre el mundo…
Pide un deseo, sopla…
Teniendo aliento, que más podría pedir.
Todo mi ser se elevó.
Tenía a favor el cielo, con su habilidad para convertirse, en un abrir y cerrar de ojos, en todas las cosas.
Busqué entre las nubes signos, respuestas.
Parecían moverse muy deprisa, en forma de cúpula, delicadas, un tejido conjuntivo.
La cara del arte, de perfil. La cara de la negación, bendecida.”

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

 

.mar/ocean

mar.delfin

(hermoso delfincito colombino)

“A la orilla del mar

Ya escuché esta música antes
dijo el cuerpo.
/
At the edge of the ocean

I have heard this music before,
saith the body.”

-Mary Oliver

.cascadas de luz

.cascadas de luz

 

 

“Gran parte de la vida pasa a un segundo plano, pero es tarea del arte arrojar cascadas de luz en las sombras y volver a a crear la vida.
Muchos escritores han estado gloriosamente sintonizados con los olores:
el té de Proust con la magdalena;
las flores de Colette; que la devolvían a los jardines de su infancia y a su madre, Sido;
el desfile de olores urbanos en Virginia Woolf;
los recuerdos de Joyce de la orina del bebé y el hule, de los sagrado y lo pecaminoso;
la acacia mojada por la lluvia de Kipling, que le recordaba su hogar, y los mezclados olores de los barracones en la vida militar (“un solo aliento (…) es toda Arabia”);
el “hedor de Petrogrado” de Dostoievski;
los cuadernos de Coleridgge, en los que anotaba que “un estercolero a distancia huele como el almizcle, y un perro muerto, como flores viejas”;
las páginas líricas de Flaubert sobre los olores de las pantuflas y los guantes de su amante, que él guardaba en un cajón de su escritorio;
los paseos de Thoreau a la luz de la luna por campos en que el trigo olía a seco, los arbustos de fresas a húmedo, y las bayas a “pequeños confites”; las exploraciones de Baudelaire en el mundo de los olores hasta que su “alma se elevaba al perfume como el alma de otros se eleva a la música”;
la descripción que hace Milton de los olores que Dios encuentra agradables para Su divina nariz, y los que prefiere Satán, gran aficionado al aroma de la carroña (“De la manzana, presa innumerable (…) olor de vivientes cadáveres”);
Robert Herrick olfateando a su amada con celo fetichista, para comprobar que sus “pechos, labios, manos, caderas, piernas (…) son todos / ricamente aromáticos”, y “Todas las especies del Oriente / están confundidas ahí”;
el elogio que hace Walt Whitman del sudor, “que huele mejor que la plegaria”;
La robre prétexte, de Francòis Mauriac, que es la adolescencia recordada a través de sus olores;
“El cuento del molinero”, de Chaucer, donde encontramos una de las primeras menciones en la literatura de un desodorante de aliento;
los símiles peligrosamente delicados que encuentra Shakespeare para las flores (a la violeta le dice: “Dulce ladrona, ¿de dónde tomaste tu dulzura, sino del aliento de mi amado?”);
el armario de ropa de cama de Czeslaw Milosz, “lleno del mudo tumulto del recuerdo”;
la obsesión de Joris.Karl Huysmans con las alucinaciones nasales, y el olor de licores y sudor de mujeres que llena su novela hedonística À rebours,lasciva y casi inimaginablemente decadente.

De un personaje femenino, Huysmans dice que era “una mujer nerviosa y desequilibrada, a la que le gustaba macerarse los pezones en perfume, pero que en realidad experimentaba un éxtasis genuino y abrumador cuando un peine le hacía cosquillas en la cabeza y podía, mientras su amante la acariciaba, sentir el olor del hollín, de la humedad de una casa en construcción bajo la lluvia,o del polvo de una tormenta de verano”.

El poema más lleno de aromas de todos los tiempos, El Cantar de los Cantares, de Salomón, evita hablar de olores corporales, o inclusive naturales, y aún así teje una voluptuosa historia de amor alrededor de perfumes y unguentos. E
n las tierras áridas donde sucede la historia, la gente se perfumaba con frecuencia y bien, y esa pareja cuyas bodas se aproximan habla poéticamente del amor y rivaliza en elogios tiernos e ingeniosos.
Cuando él comparte la mesa con ella, es “un haz de mirra” o “un ramillete de viñedos de En-ge-di”, o bien es musculoso y esbelto como “una joven gacela”.
Para él, la virginidad de ella es “un jardín secreto…, una fuente callada, un manantial vedado”.
Sus labios “rebosan como un panal: miel y leche hay bajo su lengua; y el olor de tus ropas es como el aromas del Líbano”.
Él le dice que en la noche de bodas entrará en su jardín, y hace la lista de todas las frutas y especias que sabe que encontrará allí: incienso, mirra, azafrán, granadas, áloe, cinamonn, cálamo y otros tesoros.
Ella tejerá una tela de amor alrededor de él, y llenará sus sentidos hasta que desborden de una riqueza océanica.
Tanto la conmueve a ella este tributo de amor, y tanto se ha inflamado su deseo, que responde que sí, que abrirá las puertas de su jardín para él: “Despiértate, viento del norte; y ven tú, del sur; soplad sobre mi jardín y llevaos mis perfumes. Que mi amado entre en su jardín y coma sus mejores frutos”.

En la macabra novela contemporánea El perfume, de Patrick Suskind, el héroe, que vive en París del siglo XVIII, es un hombre nacido sin ningún olor personal, pero que desarrolla un prodigioso poder olfativo: “Pronto, había llegado a no oler simplemente la madera, sino las clases de madera: cedro, roble, pino, olmo, peral, jóvenes, viejas, mohosas, podridas, húmedas, y diferenciaba el olor de cada tabla, fragmento o astilla, y los diferenciaba como objetos con tanta claridad como otros no podían haberlo hecho con la vista”.
Cuando toma un vaso de leche, puede sentir el olor de la vaca de la que proviene; cuando sale a caminar, puede identificar de inmediato el origen de cada humo.
Su falta de olor humano asusta a la gente, que lo trata mal, y eso tuerce su personalidad.
Termina creando olores personales para sí mismo, que los demás no advierten, pero que le hacen parecer normal, incluyendo exquisiteces como “un olor anodino, un aroma ratonil y cotidiano en el que estaba presente el tono agrio y lechoso de la humanidad”.
Con el tiempo, se vuelve un perfumista criminal, que intenta destilar la esencia olorosa de ciertas personas, como si fueran flores.

Muchos escritores se han ocupado del modo en que los olores desencadenan amplias remembranzas.
En Por el camino de Swann, Proust, ese gran sabueso de pistas olfativas por los bosques del lujo y el recuerdo, describe un momentáneo torbellino:
“(…) daba unos paseos del reclinatorio a las butacas de espeso terciopelo, con sus cabeceras de crochet; y la lumbre, cociendo, como si fueran una pasta, los apetitosos olores cuajados en el aire de la habitación, y que estaban ya levantados y trabajados por la frescura soleada y húmeda de la mañana, los hojaldraba, los doraba, les daba arrugas y volumen para hacer un visible y palpable pastel provinciano, inmensa torta de manzanas, una torta en cuyo seno yo iba, después de ligeramente saboreados los aromas más cuscurrosos, finos y reputados, pero más secos también, de la cómoda, de la alacena y del papel rameado de la pared, a pegarme siempre con secreta codicia al olor mediocre, pegajoso, indigesto, soso y frutal de la colcha de flores.”

A lo largo de toda su vida adulta, Charles Dickens dijo siempre que el mero olor del tipo de cola usado para pegar etiquetas a los frascos le devolvía con fuerza insoportable toda la angustia de sus primeros años, cuando la bancarrota había obligado a su padre a abandonarlo en el infernal almacén donde preparaban esos frascos.

En el siglo X en Japón, una dama de la corte de maravilloso talento, Lady Murasaki Shikibu, escribió la primera novela genuina, La historia de Genji, una historia de amor que se desarrolla sobre un vasto fondo histórico y social, entre cuyos personajes hay perfumistas-alquimistas que crean aromas basados en el aura y el destino de un individuo.
Una de las pruebas de maestría de los escritores, especialmente de los poetas, es su capacidad para describir olores.
Si no pueden describir el olor de santidad en una iglesia, ¿cómo confiar en sus descripciones de los suburbios del corazón?…”
-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

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(lo siento, hoy no puedo escribir, sólo recordar con amor)

 

Patti, escribe por mi.

 

.los rubíes de la India
Siempre tuve una especie de mochila, poco más que un pedazo de tela o cuero cerrado con un nudo.
Cuando se abre, mi bolsa, valiosa compañera, presenta un mundo definido por lo que contiene: un reguero único, muy querido.
Este fardo poco corriente siempre fué mi consuelo, mi alegre carga.
sin embargo descubrí que es poco prudente encariñarme con los recuerdos que hay en su interior.
Porque basta que me fije en un objeto determinado para que lo pierda o simplemente desaparezca.
Tenía un rubí.
Imperfecto, hermoso como sangre facetada.
Era de la India, donde son arrojados a la playa.
Los hay a mares: las cuentas de la tristeza.
Pequeñas gotas que de algún modo se convirtieron en gemas recogidas por  mendigos que las cambian por arroz.
Cada vez que clavaba la mirada en sus profundidades me sentía abrumada, porque atrapados en mi pequeño rubí había más sufrimiento y esperanza de los que uno podía comprender.
Atemorizaba e inspiraba, y yo lo guardaba en mi mochila, un paquete de papel amarillo encerado del tamaño y de la forma de una cuchilla de afeitar.
Me paraba y lo sacaba para mirarlo.
Lo hacía tan a menudo que ya no necesitaba ver lo que estaba mirando.
Por eso no sabría decir con seguridad cuándo desapareció.
Pero todavía puedo verlo.
Lo veo en la frente de las mujeres.
En las honduras del poeta.
Lo veo en el cuello de una diva y en la palma de la mano de un desertor.
 Encajado en una alambrada.
Una gota de sangre en un vestido de percal.
Abro mi fardo y lo vacío en los surcos de la tierra.
Nada: una vieja cuchara, una brújula, los restos de un walkie-talkie.
Mientras extiendo la tela para tirarme a descansar tomo bocanadas de aire tan largas como los surcos.
Como para apaciguar a los espíritus; impedir que se agiten y hagan ruido.
En el anillo de la noche imposible.
Todo es elástico. El cielo está de un rosa inquietante.
Puedo sentir el polvo de Calcuta, los ojos perdidos de Bhopal.
 Puedo ver las banderas de rezo flameando como medias viejas en el cálido viento irónico:
Te ofrezco esta campana
el mercader de susurros
Es sumamente valiosa
una pieza de museo, no tiene precio
No, gracias, respondo
No deseo poseer nada
Pero es una campana maravillosa
una pieza ceremonial
una campana admirable
Mi cabeza es una campana
murmuro
entre
dedos vendados
ya dormida
-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

.hola Pa

mariposadel67:

Estas en mi corazón Pá
Siempre lo estás…
Tu Hija Gabi

Originalmente publicado en Mariposadel67:

“Con referencia a la inmortalidad,
mi firme convicción es
que si hay algo de mí
de algún valor
y utilidad
al Universo,
el Universo sabrá con justicia
cómo preservarlo…”
 
(Horace James Bridges)
Imagen
“Cierto que soy una selva y una noche de oscuros árboles; 
pero el que no tema mi oscuridad 
encontrará 
bajo mis cipreses 
sendas de rosas “. 
 
Friederich Nietzsche

Ver original

.soneto LXVI

soneto LXVI

 

“No te quiero sino porque te quiero
y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.

Te quiero sólo porque a tí te quiero.
Te odio sin fin, y odiándote te ruego.
Y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.

Tal vez consumirá la luz de enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.

En esta historia sólo yo me muero
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor a sangre y fuego…”

-Pablo Neruda (De “Cien Sonetos de Amor”)

(otoño en Bernal)

.soneto VI

soneto VI

(pequeño bosque interior, en Bernal)

 

“En los bosques perdidos, corté una rama oscura
y a los labios, sediento, levanté su susurro
era tal vez la voz de la lluvia llorando
una campana rota o un corazón cortado.

Algo que desde tan lejos me parecía
oculto gravemente, cubierto por la tierra,
un grito ensordecido por inmensos otoños,
por la entreabierta y húmeda tiniebla de las hojas.

Pero allí, despertando de los sueños del bosque,
la rama de avellano cantó bajo mi boca,
y su errabundo olor trepó por mi criterio.

Como si me buscaran de pronto las raíces
que abandoné, la tierra perdida con mi infancia,
y me detuve herido por el aroma errante…”

-Pablo Neruda (De “Cien Sonetos de Amor”)

 

.de violetas y neuronas

.violetas

 

 

 

“Las violetas huelen como terrones de azúcar negro empapados en limón, y como el terciopelo, podría decir, haciendo lo que hacemos siempre: definir un olor por medio de otro olor o por medio de otro sentido.
En una carta famosa, Napoleón le decia a Josefina que “no se bañara” durante las dos semanas que faltaran para que se encontraran, y así poder gozar de todos sus aromas naturales.
Pero Napoleón y Josefina también adoraban las violetas. Ella solía utilizar un perfume con aroma a violeta, que era su marca característica.
Cuando murió, en 1814, Napoleón plantó violetas en su tumba.
Poco antes de partir hacia su exilio en Santa Elena, hizo una peregrinación a la sepultura, cortó algunas violetas y las guardó en un relicario, que llevó siempre colgado del cuello: allí quedaron hasta el fin de su vida. Las calles de Londres del siglo XIX estaban llenas de chicas pobres que vendían ramitos de violetas y de lavanda.
De hecho, sinfonía Londres, de Ralph Vaughan Williams, incluye una interpretación orquestal del pregón de las floristas.
La violeta se resiste al arte del perfumista, y siempre lo ha hecho.
Es posible hacer un perfume de alta calidad a partir de la violeta, pero resulta excesivamente difícil y caro.
Sólo los más ricos pueden permitírselo; pero siempre ha habido emperatrices, dandis, creadores de moda y extravagantes como para mantener con vida el negocio de los perfumes.
El secreto de la violeta, que algunos encuentran empalagoso hasta la náusea, es que no suscita en nosotros ninguna reacción duradera.
En palabras de Shakespeare, es:
‘Rápido, efímero, dulce, breve,
el perfume y el anhelo de un minuto’
Las violetas contienen ionono, que bloquea nuestro sentido del olfato.
La flor sigue despidiendo su fragancia, pero ya no somos capaces de olerla.
Nos apartamos de ella un minuto o dos, y el perfume regresa a nosotros.
Enseguida vuelve a desvanecerse, y asi sucesivamente.
Fué muy característico de Josefina -mujer de sensualidad plena aunque ocasionalmente enigmática- elegir como su marca un aroma que asalta la nariz como una explosión súbita de perfume durante un segundo, para enseguida dejarnos vacíos de olor, y volver a atacarnos.
Ningún aroma dispone de una técnica más refinada de seducción.
Aparece, desaparece, aparece, desaparece, juega al escondite con nuestros sentidos, y no tenemos modo de oponernos.
Hasta tal punto embrujó la violeta a los antiguos atenienses, que la eligieron como la flor oficial de la ciudad, y como su símbolo. Las mujeres victorianas se endulzaban el aliento con pastillas de violeta, especialmente si habían estado bebiendo.
Mientras escribo este párrafo, estoy saboreando una pastilla Choward´s Violet, “la fragancia que refresca” según su publicidad, y el aroma dulzón y algo húmedo de la violeta me embriaga.
Por otra parte, en el Amazonas, calenté una vez en el fuego un caldo de Casca preciosa, un pariente del sasafrás, cuya corteza macerada no tardó en perfumarme la cara, el cabello, la ropa, el cuarto y la mente con aroma de violetas ardientes de una sutileza exquisita.
Si las violetas nos han atraído, obsesionado, repelido y en general durante siglos, ¿por qué es tan difícil describir su aroma como no sea indirectamente?
¿Acaso olemos indirectamente?
De ninguna manera.
El olfato es el más directo de todos nuestros sentidos.
Cuando me acerco una violeta a la naríz e inhalo, las moléculas de olor suben flotando por la cavidad nasal, más allá del puente de la naríz, donde las absorbe la mucosa, que contiene células receptoras provistas de filamentos microscópicos llamados “cilias”.
Cinco millones de estas células disparan impulsos al bulbo olfatorio del cerebro o centro del olfato.
Esas células son peculiares de la nariz.
Si se destruye una neurona en el cerebro, habrá desaparecido para siempre: no volverá a crecer.
Si se dañan neuronas de los ojos o de los oídos, ambos órganos quedarán dañados irreparablemente.
Sin embargo las neuronas de la nariz se reemplazan más o menos cada treinta días y, a diferencia de otras neuronas del cuerpo, se asoman al exterior y aspiran el aire como un arrecife de anémonas.
Las regiones olfativas que se encuentran en la parte superior de cada fosa nasal son amarillas y están ricamente humedecidas y llenas de sustancias grasas.
Pensamos en la herencia como la fuerza que determina la altura que tendremos, la forma de nuestra cara y el color del cabello.
Pero la herencia también determina el matiz de amarillo del área olfativa.
Cuanto más oscuro sea el color, más agudo será el sentido del olfato del individuo.
Los albinos tienen mal olfato.
Los animales, pueden oler con fantástica precisión, tienen regiones olfativas de un tono muy oscuro; las nuestras son de amarillo claro.
Las de un fox-terrier son marrón rojizo, las de un gato, de un intenso marrón mostaza.
Un científico afirma que los hombres de piel oscura tienen regiones olfativas más oscuras y, en consecuencia, deberían tener un olfato más sensible.
Cuando el bulbo olfativo detecta algo -durante la comida, el acto sexual, un encuentro emocional, un paseo por el parque-, se lo comunica a la corteza cerebral y envía un mensaje directo al sistema límbico, una sección misteriosa, antigua e intensamente emocional de nuestro cerebro en la que sentimos, gozamos e inventamos. A diferencia de otros sentidos, el olfato no necesita intérprete.
El efecto es inmediato y no es diluido por el lenguaje, el pensamiento o la traducción.
Un olor puede ser abrumadoramente nostálgico porque desencadena poderosas imágenes antes de que tengamos tiempo de precisarlas.
Lo que vemos u oímos puede desvanecerse muy pronto en el desván de la memoria a corto plazo, pero, como señala Edwin T. Morris en su libro Fragance, “con los olores casi no hay memoria a corto plazo”.
Todo es a largo plazo.
Más aún, el olfato estimula el aprendizaje y la retentiva.
“Cuando a los niños se les daba información olfativa junto con una lista de palabras”, observaba Morris, “la lista era recordada con mucha más facilidad cuando se daba sin los acompañamientos olfativos”.
Cuando le regalamos un perfume a alguien, le entregamos una memoria líquida.
Kipling tenía razón:
“Los olores son más seguros que las visiones y los sonidos para hacer sonar las cuerdas del corazón”.

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

 

violetas

.volar

volar

“Fué mi madre quién me enseñó a rezar. Todavía me veo arrodillada frente a mi pequeña cama que con tanta devoción ella había hecho para mí. También me confeccionada los pijamas, que me iban un poco cortos porque yo tenía las piernas demasiado largas. Pero me sentia orgullosa de ellos porque eran obra de sus manos.
Después de rezar mis oraciones, cuando todo estaba silencioso y oía la respiración suave de mis hermanos profundamente dormidos, me subía a una silla y corría la tela que cubría la ventana. Allí reanudaba mi comunión al mismo tiempo que los vigilaba -a los recolectores de lana- en un intento de capturar lo perdido para que fuera encontrando nuevamente, incluso la luz más anhelante.
Y las noches particularmente mágicas, cuando la oración en sí parecía una aventura, algo se abría y yo salía para estar entre ellos. No corría, me deslizaba unos metros por encima del pasto. Esa era mi habilidad secreta, mi coronación.
Eran momentos únicos, distintos de todo. Ellos no eran tan esquivos, no salían corriendo, sino que se ponían unos frente a otros en filas y se preparaban, con el peinado y la vestimenta de los suyos, tejidos con hilo tembloroso.
Más que personas, bañadas en pálida claridad, parecían hileras de álamos temblorosos cuyas hojas se estremecían al menor soplo. Ahondaban conjuntamente en el misterio de su trabajo, conspirando con sus movimientos para purificar y magnificar la existencia en una canción humana. No daban la impresión de recolectar sino de dar, y por un instante el mundo entero parecía bendecido.

El Señor nos da alas
nos da un estómago
podemos volar
envolvernos de gloria
dar vueltas en el agua
tomar un trago amargo
volvernos del revés
y unos cuantos de nosotros
centellearemos
solo un poco de polvo, casi imperceptible
pero que llena de aire de sustancia.
El sueño inmortal…

Ellos tejían su canción, una sola tela, y yo, que era pequeña, me cansaba de ella y seguía deambulando. Deslizándome sobre el pasto, dejando a veces la huella de mis manos en los frutos de su labor, amontonados aquí y allá como fardos de algodón en rama. Almas salvadas, lágrimas, balbuceos de niño y risa tonta. Todo eso lo tocaba o hurgaba yo con el dedo, desprendiendo una bruma fragante por no decir sagrada.
Y lo que regogía allí lo soltaba de nuevo, menos una pequeña parte, para dársela a modo de guirnaldas a mis hermanos, que a menudo se despertaban cuando yo regresaba.
Ellos dormían hasta que su sueño trocaba en agua. Despertaban, su despertar era un chasquido de un huevo. Alentada por sus audaces corazones creyentes, yo describía todo lo que había visto y oído. Tal vez retenía algo de la gente, y era, me dí cuenta, uno de los silencios. Pero de todos mis viajes, de los deslumbrantes pasajes, del encaje de mármol, del legendario arco y del gran manto que se extendía sobre Kansas, de Siam…
Todo eso contaba a mi regreso.
Y cuando nos hicimos mayores y nos vimos obligados a separarnos, dejé de tenerlos a ellos para contarles mis andanzas. Escribía, dibujaba o les daba alas. Ajena a cualquier plan que no fuera el simple acto de caer entre las ortigas y que me levantara un recolector compasivo con los pequeños.
El tiempo pasa y con él ciertas sensaciones. Pero de vez en cuando aflora la magia del campo y de todo lo que ocurrió allí. No necesariamente en la naturaleza sino dentro de las páginas de un libro, en un cuadro de Millet o en los tonos de Corot. Deambulando por el largo pasillo de la galería, a un luz resueltamente holandesa, acude a mi memoria. Me veo a mí misma volando sobre el prado y siento lo que sentía: alegría pura e indescriptible.
Una serpiente en el pasto con alas…
Había dado por descontado ese don, como hacen los niños. Me olvidé de él, nunca lo puse a prueba. Sólo era una de esas cosas simples y poco comunes que sabía que eran ciertas.
No hace mucho tuve un sueño, si puede llamarse sueño a ciertas experiencias. Ocurría en el campo de Thomas una despejada tarde de otoño. En esa pequeña parcela, en apariencia abandonada, mientras mi hermano y mi hermana, sentados, observaban mudos de admiración, yo permanecía suspendida unos cuantos metros por encima del suelo. No volaba, más bien planeaba, como un platillo, como Nijinsky, lo que, en su simplicidad, parecía aún más milagroso. Como era habitual entre nosotros, todavía no habíamos pronunciado una palabra. Una comunión nacida del amor y la inocencia.
Me desperté con una sensación de bienestar y estuve contenta todo el día hasta que, al volcarme en una tarea, se me ocurrió pensar que había sido un sueño. Atrapada en esa tensión menguante me vine abajo. Sin embargo, tenía la impresión de que en otro tiempo había sido realmente capaz de realizar esa modesta y asombrosa hazaña, y que podía volver a repetirla si me lo proponía.
Después de tomarme una infusión, llena de optimismo, estoy casi resuelta a intentarlo de nuevo. Mis mocasines parecen apropiados para el cometido. Y el deseo de probar una destreza irresistible sigue ahí. Pero me espera mi escritorio, con mi diario abierto, mis plumas, los tinteros, y hay palabras preciosas para pulir. De modo que me quedo con la incógnita y empiezo, porque siempre imaginé que algún día escribiría un libro.
Encima de mi escritorio hay un pequeño retrato flamenco del siglo XV. Nunca falla, cuando lo miro siempre me produce un escalofrío seguido de una curiosa oleada de emoción, de reconocimiento. Quizá sea la serenidad de la expresión, o simplemente el tocado, un hábito frágil que enmarca la cara como las alas de una gran polilla diáfana al plegarse.”

 

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

 

.la hora

Jean-Honoré Fragonard (1732 - 1806) Amantes felices- Happy Lovers

“Los amantes felices” de Jean-Honoré Fragonard c.1770. Colección Privada, Suiza.

“Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.

Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.

Ahora, que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.

Ahora, que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida a prisa.

Después…¡ah yo sé
que ya nada de eso más tendré!

Que entonces inútil será tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!

Hoy, y no mañana. Oh, amante, ¿no ves
que la enredadera crecerá ciprés?.”

-Juana de Ibarbourou (1895-1980)

¡Ay de quien sus mieles y frases recoja!
¡Ay de quien del canto de su amor se fíe!
Con sus ojos lindos y su boca roja,
la divina Eulalia ríe, ríe, ríe.

Rubén Darío

En Los amantes felices, Jean-Honoré Fragonard (1732-1806) refleja la relación apasionada entre una apasionada mujer y su enamorado. Fiel a las costumbres sociales de su tiempo, representa a la joven desnuda y vulnerable, y a él protegido por sus ropas. Si se observa la actitud física de cada uno, se podra notar que ella cuelga del hombro de su compañero en señal de total entrega, mientras que él la sostiene delicada y controladamente.
Según la terapeuta sexual norteamericana Ruth Westheimer, autora de The Art of Arausal, esta obra es un ejemplo de la visión masculina del amor y la sensualidad, ya que muestra selectivamente aquello que mejor capta las fantasías del varón y no tanto las de la mujer.
-Marion Helft

 

.verdades de cowboy

verdades de cowboy

“Relajado, bajo el cielo, sin contemplar nada en particular. La naturaleza del trabajo. La naturaleza del ocio, y el mismo cielo con masas ondulantes tan cercanas que podían atraparse con lazo para utilizarlas de almohada o llenarse la panza con ellas. Acompañar los frijoles y la salsa con un pedazo de carne de nube, y recostarse para dormir una siesta. ¡Que vida!
Un día de poder. Es su cumpleaños. y en esa atmósfera etérea y deliciosa él respira. Nació a la luz de la hoguera mientras el halcón rojo describia círculos. Su madre lo llevó a la espalda y su padre lo arrulló con los acordes de una burda balada.

Cuidado con desnudar el alma
Cuidado con desnudarla del todo

Se despierta sobresaltado, un cowboy sin rumbo, desbordante de buena voluntad y ansioso por reanudar la marcha. Se echa el fardo al hombro. Su propio estilo de vida, su propio designio. Por atroz y radiante que sea. Aceptó la grandeza de su destino con su espíritu incondicional, y tiene ante sí su regalo sin envolver: la libertad, la ufana libertad.
Lo dió todo menos una parte. Guardó para sí esa brizna bendita, ese lazo suelto. Guarda algo para tí, dice arrastrando las palabras en medio de un ataque de risa. Porque si quieres escupirle al cielo es mejor hacerlo con una sonrisa burlona.
Ahi de pie, entrecierra los ojos al sol; todo es muy hermoso, tanto que produce un dolor en la garganta. Durante un breve momento de verdad observa el terreno, la palma de su mano y ese incordio dorado. Y esto es lo que descubre.
Él mismo ocupado en una tarea realizada con amor, desbrozando la tierra, sacando cascotes de un río, reparando el cauce. Apenas se cansa, y lo llena una especie extraña de esperanza. No responde ante nadie y nadie lo reclama.

No se han olvidado.
Esta es su promesa.
Su única y gran verdad.
Mientras reconstruye
los rituales de la juventud.
Enmendando errores.
Un polvoriento pedazo de humanidad.
Jornalero del cielo.”

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

 

.la próxima vez/Next Time

la proxima vez

 

 

“La próxima vez lo que haría es mirar
la tierra antes de decir algo. Detenerme
justo antes de entrar en una casa,
y ser emperador por un minuto
y escuchar el viento
o el aire inmóvil.

Cuando alguien me hablase, para
culparme o alabarme o sólo por pasar el rato,
le miraría la cara, cómo la boca
debe trabajar, y vería cada tensión, cada
signo de lo que alzó la voz.

Y sobre todo, conocería más –la tierra
apoyándose en sí misma y levantándose, el aire
encontrando cada hoja y cada pluma sobre
el bosque y el agua, y en cada persona
el cuerpo resplandeciendo dentro de la ropa
como una luz.

/
Next Time

Next time what I’d do is look at
the earth before saying anything. I’d stop
just before going into a house
and be an emperor for a minute
and listen better to the wind
or to the air being still.

When anyone talked to me, whether
blame or praise or just passing time,
I’d watch the face, how the mouth
has to work, and see any strain, any
sign of what lifted the voice.

And for all, I’d know more — the earth
bracing itself and soaring, the air
finding every leaf and feather over
forest and water, and for every person
the body glowing inside the clothes
like a light.”
-Mary Oliver

 

.en alguna parte, alguna vez

en alguna parte, alguna vez

“En alguna parte, alguna vez,
hubo una Flor, una Piedra, un Cristal;
una Reina, un Rey, un Palacio;
un Amado y una Amada,
hace mucho, sobre el Mar, en una Isla, hace cinco mil años…
Es el Amor, es la Flor Mística del Alma, es el Centro, es el Sí-Mismo…
Nadie entiende esto, solo algunos poetas, solo ellos me comprenderán
El hombre actual ya no es capaz de crear fábulas.
Por ello se le escapan muchas cosas,
pues es importante y saludable hablar también de cosas inaccesibles”

-Carl Jung (“El Libro Rojo”)

 

.los recolectores de lana

Tejiendo Sueños

(mi pequeño mundo interior en Bernal)

“Habia un campo.
Había un seto de grandes matorrales que enmarcaba mi visión.
El seto era sagrado para mí: la fortaleza del espíritu.
El campo también era objeto de mi reverencia, con un pasto alto, incitante, y su poderosa pendiente.
Más allá, a la derecha, había un huerto, y a la izquierda, un galpón blanco sobre cuyas puertas dobles habían escrito las palabras ‘Hoedown Hall’.
Allí, los domingos por la tarde, nos encontrábamos y bailábamos al son del violinista y su llamada.
Más tarde, después del baño, mi madre me peinaba, y yo rezaba mis oraciones y ella me arropaba.
Yo esperaba hasta que todo estaba en silencio.
Entonces me levantaba, me subía a una silla, corría la tela que cubría la ventana y continuaba mis rezos, vagando al encuentro de mi Dios.
A veces, en las extrañas noches de claridad percibía movimiento entre el pasto.
Al principio pensaba que eran las sacudidas de la lechuza blanca o las alas grandes y pálidas de una mariposa luna desplegándose y recogiéndose como un hábito medieval.
Pero una noche se me ocurrió que eran personas como nunca había visto, con extraños y arcaicos tocados y adornos.
Me parecía ver el blanco de sus gorros, y de vez en cuando una mano en el acto de agarrar, iluminada por la luna y las estrellas o por el faro del coche que pasaba.
Amanecía sobre el campo radiante, inundado de mil flores silvestres que a menudo recolectábamos para entretejer coronas.
Pero la principal atracción era el viejo galpón negro habitado por los murciélagos.
Hace mucho que se incendió, pero entonces se alzaba como un sombrero estropeado que sólo llevan los valientes o los desesperados.
En nuestras andanzas, mi hermano, mi hermana y yo pasábamos por delante de él.
Yo era la mayor, la pequeña aún no había nacido.
Íbamos caminando al centro del pueblo y trepábamos el muro de piedra que protegía, como unos brazos maternales, el cementerio de los cuáqueros.
Sus almas buscaban reposo debajo de los grandes castaños y, aún de día, aquel nos parecía el lugar más discreto y silencioso de la tierra.
Allí, envueltos los tres en un aire solemne y plácido a la vez, soplábamos las cañas de los juncos que cortábamos en el pantano; horas en comunión sin decir una palabra.
Esos momentos nos llenaban de alegría .
Volúmenes de alegría que aún me gusta leer.
Al volver saltando a casa saludábamos todo aquello que nos cautivaba.
El anciano que vendía pececitos.
El riachuelo, que parecía tan ancho que bien podría haber sido la desembocadura del Delaware.
La armería, el salón de baile y finalmente el campo de Thomas nos saludaban, parecía que nos llamaran por nuestro nombre.
Corríamos por el pasto y nos encontrábamos con nuestros amigos.
A veces me tiraba y miraba el cielo.
Toda la creación parecía trazada en lo alto y las risas de los otros niños me empujaban hacia una inmovilidad que aspiraba a dominar.
Allí alcanzabas a oír cómo se formaba una semilla o cómo se doblaba el alma como un pañuelo.
Yo creía que estaban allí.
De vez en cuando los oía murmurar y silbar como si estuvieran al otro lado de un muro de algodón.
Los oía pero sin poder descifrar el idioma que hablaban ni las melodías que entretejían.
Cuando volvía todo estaba igual, corría a reunirme con los demás y jugábamos a las estatuas y a romper la cadena o, si nos sentíamos valientes, entrábamos en el galpón y lanzábamos palos a los murciélagos.
Cuando más tarde cruzábamos la ruta, nunca olvidaba inclinar la cabeza al pasar por delante del matorral.
Una tarde me mandaron sola a la ciudad.
Estaba nerviosa porque había decidido preguntar al anciano que vendía pececitos por aquella gente del campo. Los niños tenían miedo al anciano, pero a cierta luz parecía casi un santo, eterno.
El hombre más viejo en la casa más vieja, una choza que se tambaleaba, pintada de negro y algo apartada en un terreno cubierto de malas hierbas.
En el tejado inclinado estaba escrito la palabra Cebo.
Ahí se lo veía siempre sentado, hiciera el tiempo que hiciese, con un jardinero puesto, melena y barbas blancas, vigilando el mundo y la tumba de su mujer, enterrada a la sombra de la casa.
Me detuve a su lado.
Me pareció que no llegué a preguntárselo, porque mi mente, que salía disparada en todas direcciones, no cooperaba con mi lengua.
Pero tal vez se me escaparan una frase o dos.
Porque, mientras daba vueltas su pipa con los ojos cerrados, sin apenas mover los labios, respondió:
‘Son los recolectores de lana…’
No hice más preguntas.
La respuesta me pareció demasiado frágil, demasiado importante.
Simplemente me fuí, como volando, sin apenas acordarme de despedirme.
Pero mientras corría me dí vuelta para decir adiós con la mano, y sus ojos abiertos se encontraron con los míos y parecieron contener lo que sólo cabría llamar esplendor.
Yo no estaba muy segura de qué era un recolector de lana, pero sonaba a profesión digna y me pareció un buen trabajo.
De modo que seguí vigilando.
Hiciera el tiempo que hiciese.
Luego corría la tela y, tirada en la cama, incapaz de dormirme entretenía poniéndoles nombres y diseñándoles, bajo el haz de mi linterna, los mantos, las botas y las nubes que llamaban hogar.
Y La imagen de los recolectores de lana en ese campo somnoliento me daba sueño también.
Y deambulaba entre ellos, a través de abrojos y espinos, sin otra tarea más extraordinaria que rescatar un pensamiento fugaz del peine del viento, como un panadero…”

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

 

HAIKUS DE WAFI SALIH, EXCELENTE POETISA VENEZOLANA

mariposadel67:

Hermoso y simple! Gracias Carmelo

Originalmente publicado en Carmelo Urso:

rocío

Wafi Salih

Tomados del libro “Huésped del Alba” (Monte Ávila Editores, 2006), excelente volumen cuya compra recomendamos a todos nuestros lectores y lectoras.

ojos cerrados

En mi taza
La borra del café dibuja
Caminos abiertos

En el lago,
A mis pies, miro la estrella
Sin alzar los ojos

Cerrando
Los ojos se juntan
Todas las noches

Anochece.
Los sueños del ermitaño
Andan lejos

He sembrado
Dos sauces; uno dará
Sombra al otro.

abaja en rosa

Va y viene
La abeja.
La rosa aguarda.

Las hormigas
En fila una tras otra.
Destino de soldado.

Largo, largo
Como un grito
El camino a casa.

La tarde en sombras.
Radiante, la flor
La ignora.

La única
Compañía del viajero:
Su sombra muda.

Imposible contar
Cuántas luciérnagas
Iluminan tu ausencia

El rocío
No sabe de espinas.
Sólo cae.

nube solitaria

¡Ay, qué tristeza
El eco en la pradera
Del sauce derribado!

En el cielo
Esa nube sigilosa
Sigue mis pasos.

Esta…

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.olfato: el sentido mudo

olfato-el sentido mudo

“El olfato es un hechicero poderoso que nos transporta miles de kilómetros y hacia todos los años que hayamos vivido. Los olores de las frutas me llevan de golpe a mi casa en el sur, a mis juegos infantiles en el huerto de los melocotoneros. Otros olores, instantáneos y fugaces, hacen que mi corazón se dilate de alegría o se contraiga con el contraiga con el recuerdo de un dolor. Con sólo pensar en olores, mi nariz se llena de aromas que despiertan dulces recuerdos de veranos antiguos y campos maduros a lo lejos “.
-Helen Keller

.olfato: el sentido mudo
“Nada más memorable que un olor.
Puede ser inesperado, momentáneo y fugaz, y aún así evocar un verano de la infancia junto a un lago en Poconos, cuando los arbustos de fresas silvestres estaban cargados de bolitas suculentas, y el sexo opuesto eran tan misterioso como los viajes al espacio; otro olor nos trae horas de pasión en una playa iluminada por la luna en Florida, mientras el cactus que florece de noche llenaba el aire con un perfume denso, y enormes moscardones rondaban las flores con un grave zumbido de alas; un tercer olor evoca una cena familiar con carne al horno, pastas y patatas, en un agosto caluroso en una ciudad del Medio Oeste, cuando los padres de una aún vivían.
Los olores detonan suavemente en nuestra memoria como minas, ocultos bajo la hierba de muchos años y experiencias. Pero basta tropezar con un invisible cable de olor, y los recuerdos explotan al instante. Una visión compleja surge arrolladora de bajo tierra y nos da en la cara.
En todas las culturas ha habido siempre obsesionada con los olores, gente que en ocasiones ha vertido perfumes en los Niágaras de la extravagancia.
La Ruta de la Seda abrió el Oriente al mundo occidental, pero el camino de los aromas abrió el corazón de la naturaleza.
Nuestros antepasados más remotos se desplazaron entre los frutos de la tierra con narices vigilantes y precisas, siguiendo las estaciones olor por olor, muy a gusto en esa alacena desbordante.
Podemos detectar más de diez mil olores diferentes; tantos, en realidad, que la memoria nos fallaría si tratáramos de catalogar todo lo que representan.
En El perro de los Baskerville, Sherlock Holmes identifica a la mujer por el olor de su papel de cartas, y hacer notar que “hay setenta y cinco perfumes que un experto criminalista debe poder distinguir con claridad si quiere hacer bien su trabajo”.
La cantidad no es grande. Después de todo, cualquiera con “nariz” para el crimen debería poder olfatear a los culpables por su tweed, su tinte de cabello, su talco, el cuero de sus zapatos italianos, y otros innumerables elementos aromáticos, por no mencionar los olores, radiantes y sin nombre, que desciframos sin saberlo siquiera.
El cerebro es un buen operario. Sigue su trabajo mientras nosotros estamos ocupados en actuar. Aunque cualquiera juraría que no es posible hacer tal cosa, hay estudios que demuestran que tanto niños como adultos pueden determinar, sólo por el olor, si una prenda de vestir ha sido usada por un hombre o una mujer.
Nuestro sentido del olfato puede tener una precisión extravagante, pero es casi imposible describir cómo huele algo a alguien que no lo ha olido. El olor de las páginas de un libro nuevo, por ejemplo, o el de las primeras páginas salidas de mimeógrafo húmedas aún de tinta, o las sutiles diferencias de olores entre flores de una misma familia.
El olor es el sentido mudo, el que no tiene palabras.
A falta de vocabulario, nos quedamos con la lengua paralizada, en busca de palabras en un mar de placer y exaltación desarticulados.
Vemos sólo cuando hay luz suficiente, gustamos cuando nos ponemos cosas en la boca, tocamos cuando hacemos contacto con algo o alguien, oímos sólo los sonidos que sobrepasan cierto umbral de volumen. Pero olemos siempre, cada vez que respiramos.
Nos cubrimos los ojos y dejamos de ver, nos tapamos las orejas y dejamos de oír, pero si nos tapamos la nariz y tratamos de dejar de oler, nos morimos.
Etimológicamente hablando, el aliento no es neutral y transparente: es aire de cocina; vivimos en un constante hervor a fuego lento. Hay un horno en nuestras células, y cuando respiramos pasamos el mundo a través de nuestros cuerpos, lo cocinamos ligeramente, y volvemos a soltarlo, levemente alterado por habernos conocido.

.un mapa del olfato
El aliento síempre tiene dos movimientos, salvo en dos ocasiones de nuestra vida: el comienzo y el fin.
Al nacer, inhalamos por primera vez; al morir, exhalamos por última vez. Entre medio, a lo largo de toda la vida, cada acto de respiración hace pasar el aire por nuestros órganos olfativos. Cada día, respiramos unas veintitrés mil cuarenta veces y movemos doce metros cúbicos de aire. Tardamos unos cinco segundos en respirar -dos segundos para inhalar y tres para exhalar- y, en ese lapso, las moléculas de olor fluyen por nuestros sistemas. Al inhalar y exhalar, sentimos olores. Aún así, cuando tratamos de describir un olor, nos faltan las palabras.
Las palabras son pequeñas formas en el lujurioso caos del mundo. Pero son formas, enfocan el mundo, acotan ideas, enfilan pensamientos, pintan las acuarelas de la percepción.
La novela A sangre fría, de Truman Capote, es la crónica de la miseria de dos asesinos que cometieron juntos un crimen especialmente horrible. Un psicólogo criminalista, tratando de explicar el hecho, observó que ninguno de ellos habría sido capaz de realizar el crimen por sí sólo, pero juntos formaban una tercera persona, alguien que sí era capaz de matar. Pienso en las metáforas como un caso más benigno pero igualmente poderoso de lo que los químicos llaman “hypergolic”. Se pueden tomar dos sustancias, reunirlas, y producir algo poderosamente diferente (sal de mesa), a veces hasta explosivo (nitroglicerina). El encanto del lenguaje reside en que, aún siendo algo hecho por el hombre, en algunas raras ocasiones puede capturar emociones y sensaciones que no existen. Pero los lazos fisiológicos entre el olfato y los centros del lenguaje en el cerebro son patéticamente débiles. No sucede lo mismo con los lazos entre el olfato y el centro de la memoria, un camino que puede llevarnos muy lejos en el tiempo y la distancia. O los lazos entre nuestros otros sentidos y el lenguaje. Cuando vemos algo, podemos describirlo con minucioso detalle, en una cascada de imágenes. Podemos arrastrarnos por su superficie como una hormiga, trazando el mapa de cada rasgo, sintiendo cada textura, y describiéndola con adjetivos visuales como roja, azul, brillante, grande, etcétera. Pero ¿quién puede describir un olor?
Cuando utilizamos palabras como ahumado, sulfuroso, floral, frutal, dulce, estamos describiendo olores en términos de otras cosas (el humo, el azufre, las flores, las frutas, el azúcar). Los olores pueden ser nuestros amigos más queridos, pero no podemos recordar sus nombres. En lugar de eso, tendemos a describir cómo nos hacen sentir. Y así calificamos los olores de “inmundo”, “asfixiante”, “nauseabundo”, “agradable”, “delicioso”, “hipnótico” ó “excitante”.
Mi madre me contó una vez un paseo que dió con mi padre por los naranjales de Indian River, en Florida, cuando los árboles estaban llenos de flores, y el aire, cargado de perfume.
Mi madre se sintió abrumada de placer.
“¿A qué olía?”, le pregunté.
“Oh, era algo delicioso, un olor que te embriagaba”.
“Si, pero ¿a qué olía ese olor?”, volví a preguntar.
“¿A naranja?”
En ese caso, yo habría podido comprarle a mi madre un frasco de agua de colonia, hecha de neroli (aceite de naranjas), bergamota (extracto de cáscaras de ese fruto) y otros ingredientes.
Ese perfume fué creado en el siglo en el siglo XVIII, y era el favorito de Madame du Barry. (Aunque es probable que el uso del neroli como perfume se remonte a la época de las Sabinas).
“Oh, no”, me respondió con seguridad, “no tiene nada que ver con las naranjas. Es un olor delicioso. Es un olor maravilloso”.
“Descríbelo”, le rogué.
Ella se limitó a levantar las manos en un gesto de desesperación ante mi testarudez.
Pruebe usted.
Describa el olor de su amante, de su hijo, de su padre.
O simplemente trate de describir uno de esos estereotipos aromáticos que la mayoría puede reconocer con los ojos vendados, sólo por el olor: una zapatería, una panadería, una iglesia, una carnicería, una librería.
¿Pero acaso puede describir el olor de su sillón favorito de su sótano o de su coche?
En su libro El lugar de las flores donde queda el polen, el novelista Paul West dice que “la sangre huele como el polvo”. Una buena metáfora, cuya eficacia estriba en que es indirecta, como lo son siempre las metáforas de los olores.
Tratándose de los mapas del olfato, necesitamos cartógrafos sensuales que inventen nuevas palabras, cada una tan precisa como un mojón o un poste de dirección. Debería haber una palabra para designar el olor que tiene la cabeza de un bebé, que huele a talco y frescura, incontaminado por la vida y la dieta.
Si todos los matices de un color tienen su nombre (pensemos en los lavandas, malvas, fucsias, ciruelas, lilas), ¿quién dará nombre a todos los tonos y matices de un olor?
Es como si nos hubieran hipnotizado en masa y nos hubieran inducido a un olvido selectivo. También pueder que, en parte, los olores nos conmuevan tan profundamente precisamente porque no podemos pronunciar sus nombres. En un mundo en el que reina la palabra, y hasta las maravillas más extrañas se nos ofrecen para una inmediata disección verbal, los olores suelen estar en la punta de la lengua, pero no más allá, y eso les da una suerte de distancia mágica, un misterio, un poder sin nombre, un aura sagrada.”

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

 

.una llamada

una llamada

“Siempre imaginé que escribiría un libro, aunque fuera pequeño, que transportara a un reino imposible de medir, incluso de recordar.
Imaginaba muchas cosas.
Que brillaba.
Que era buena.
Que vivía sin sombrero en la cima de una montaña haciendo girar una rueda que a su vez hacía girar la Tierra, y que, invisible entre las nubes, yo era de alguna influencia, era de alguna utilidad.
Deseos curiosos que, como plumas en el aire, volvían ligeros los miembros de una niña espigada y taciturna que apenas era capaz de impedir que sus medias cortas desaparecieran dentro de sus zapatones.
Todas mis medias estaban deformadas, tal vez porque a menudo las llenaba de canicas.
Las cargaba de cuarzo y de acero, y me iba.
Era muy buena, y podía derrotar a cualquiera que tuviera alrededor.
Por la noche vaciaba el botín por encima de la cama y frotaba las canicas con una gamuza.
Las ordenaba por colores, según sus cualidades, y ellas solas se reordenaban de nuevo…, pequeños planetas brillantes, cada uno con su historia, sus ansias de oro.
Nunca tuve la sensación de que esa facilidad para ganar a las canicas viniera a mí.
Más bien pensaba que estaba en el objeto en sí.
Un talismán que tocaba vida cuando yo lo tocaba.
Así, encontraba magia en todo, como si todas las cosas, toda la naturaleza llevara la impronta de un genio.
Y el viento levantaba los bordes de la tela que cubría mi ventana.
Allí hacía yo guardia, alerta a lo pequeño, que bajo la mirada atenta fácilmente se volvia monstruoso y bello.
Observaba, calculaba y, de pronto, ya no estaba allí: era un planeador caprichoso revoloteando de campo en campo, inconsciente de mis brazos torpes o de mis medias rebeldes.
Me iba y no se enteraba nadie.
Porque para todos yo seguía entre ellos, en mi pequeña cama, ensimismada en algún juego de niños…”

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

 

.en todo sentido

En todo sentido

 

“Una mente que se expande hacia una idea nueva nunca vuelve a su dimensión original”.
-Oliver Wendell Holmes

 

.En todo sentido

“El mundo es un manjar sabroso para los sentidos.
En verano, puede sacarnos de la cama el aroma dulce del aire que se cuela con un susurro por la ventana del dormitorio. El sol, jugando a través de las cortinas del tul, les da un efecto de moaré, y la tela parece estremecerse de luz.
En invierno, uno puede oír el ruido madrugador de un cardenal arrojándose contra su reflejo en la ventana del dormitorio y, aún dormido, entender ese sonido, sacudir la cabeza con resignación, saltar de la cama, ir al estudio y dibujar la silueta de un búho o algún otro predador en un papel, y después pegarlo en la ventana, antes de ir a la cocina y hacerse una taza de café aromático, ligeramente acre.
Podemos neutralizar momentáneamente uno o más de nuestros sentidos -por ejemplo, flotando en agua a la temperatura del cuerpo-, pero con ello sólo logramos agudizar a los demás.
No hay modo de comprender el mundo sin detectarlo antes con el radar de los sentidos.
Podemos expandir nuestros sentidos con ayuda del microscopio, estetoscopio, robot, satélite, audífono, lupa y todo lo demás, pero lo que se halla fuera del alcance de los sentidos quedará necesariamente ignorado. Nuestros sentidos definen las fronteras de la conciencia y, como somos exploradores e investigadores innatos de lo desconocido, pasamos una gran parte de nuestra vida recorriendo ese perímetro turbulento: tomamos drogas; vamos al circo; recorremos junglas; escuchamos música ensordecedora; compramos fragancias exóticas; pagamos altos precios por novedades culinarias, incluso estamos dispuestos a arriesgar la vida por probar un sabor nuevo.
En Japón, los chefs sirven la carne del pez globo, o fugu, que es altamente venenoso, salvo que se haya preparado con cuidados exquisitos. Los cocineros más refinados dejan la cantidad precisa de veneno en el pescado como para que se coloreen los labios de los comensales, y así sepan lo cerca que han estado de la muerte. A veces, por supuesto, un comensal se acerca demasiado, y todos los años hay una cantidad de aficionados al fugu que dejan la vida en medio de una cena.
La modalidad del placer que extraemos de los sentidos varía mucho de una cultura a otra (las mujeres masai, que emplean excremento como fijador capilar, considerarían asombroso el deseo de las mujeres norteamericanas de que su aliento huela a menta), pero el mecanismo con que usamos esos sentidos es exactamente el mismo.
Lo más sorprendente no es cómo los sentidos tienden un puente sobre las distancias y las culturas, sino cómo lo hacen sobre el tiempo. Los sentidos nos conectan íntimamente al pasado con una eficacia que no lograrían nuestras ideas más elaboradas. Por ejemplo, cuando leo los poemas del poeta romano Propercio -que describió con gran detalle la respuesta sexual de su novia Hostia, con la que le gustaba hacer el amor en las riberas del Arno-, me sorprende lo poco que han cambiado los juegos eróticos desde el año 20 a.C.
El amor tampoco ha cambiado mucho: Propercio promete y suspira como lo han hecho siempre los amantes. Más notable es que el cuerpo de ella sea exactamente el mismo cuerpo de una mujer que viva hoy en St. Louis. Miles de años no han cambiado eso. Todos sus pequeños “lugares” delicados y secretos son tan atractivos y sensibles como los de una mujer actual. Es posible que Hostia interpretara las sensaciones de un modo diferente, pero la información enviada a sus sentidos, y enviada por ellos, era la misma.
Si fuéramos a Olduvai Gorge, donde yacen los huesos de nuestra madrecita, Lucy 2, en el sitio donde murió hace muchos milenios, y miráramos el valle, reconoceríamos en la distancia las mismas montañas que vió ella. De hecho, bien pudieron ser la última cosa que vió Lucy 2 antes de morir. Muchos rasgos de su mundo físico han cambiado: las constelaciones han modificado ligeramente su posición, el paisaje y el clima se han transformado algo, pero el perfil de las montañas sigue en buena medida siendo el mismo de cuando ella estaba viva. De modo que las vería como las vemos ahora.
Pues bien, saltemos por un instante a 1940, en Río de Janeiro, a una elegante mansión propiedad del compositor brasileño Héctor Villa-Lobos, cuya música, austera y profusa a la vez, comienza con las formas ordenadas de la convención europea y más adelante explota en los sonidos chillones, jadeantes, inquietos, tintineantes de la jungla amazónica. Villa-Lobos solía componer al piano, en su salón, de la siguiente manera: abría las ventanas que daban a las montañas que rodean Río, elegía una perspectiva para la jornada, dibujaba el perfil de las montañas en su papel pautado y utilizaba ese dibujo como línea melódica. Dos millones de años se extienden entre esos dos observadores en Tanzania y Brasil (sus ojos buscaban un sentido en el perfil de una montaña) y, sin embargo, el proceso es idéntico.
Los sentidos no se limitan a darle sentido a la vida mediante actos sutiles o violentos de claridad: desgarran la realidad en tajadas vibrantes y las reacomodan en un nuevo complejo significativo.
Toman nuestras contingentes.
Sacan la generalidad de un caso único.
Negocian hasta establecer una visión razonable y, para ello, hacen toda clase de pequeñas y delicadas transacciones.
La vida lo baña todo como una cascada radiante.
Los sentidos transmiten unidades de información al cerebro como piezas microscópicas de un gran rompecabezas.
Cuando se reúne la cantidad suficiente de “piezas”, el cerebro dice vaca. Veo una vaca. Esto puede suceder antes de que todo el animal sea visible; el “dibujo” sensorial de una vaca puede ser una silueta, o la mitad del animal, o sólo dos ojos, dos orejas y un morro. En las llanuras del sudoeste norteamericano, un punto oscuro a lo lejos puede crear estas asociaciones. O bien la silueta de un sombrero nos hace pensar un vaquero. A veces la información llega de segunda o tercera mano. Un torbellino de polvo a distancia: una camioneta que corre. A eso lo llamamos “razonar”, como si fuera un aroma mental.
Un marinero está en la cubierta de un barco, con un par de banderas de señales en las manos. De pronto las levanta, sacude ambas hacia la derecha en un gesto de “llévate-eso-de-aquí”, después gira los brazos en redondo, y termina sacudiendo las banderas sobre su cabeza. El marinero es un transmisor de sentidos. Los que lo ven y leen son los receptos. Las banderas son siempre las mismas, pero el modo en que las mueve difiere segun el mensaje, y su repertorio de gestos cubre muchas posibilidades.
Cambiemos la imagen: una mujer está sentada frente a un telégrafo y transmite en código Morse por cable. Los puntos y rayas son impulsos nerviosos que pueden combinarse de diferentes maneras para transmitir claramente sus mensajes.
Cuando nos describimos como seres “sensibles” (del latín sentire, “sentir”, del indoeuropeo sent-, “dirigirse a”, “ir”, de ahi, “ir mentalmente”), lo que queremos decir es que somos conscientes.
El significado más literal y amplio es que tenemos percepción sensorial.
En inglés existe la expresión to be out of his senses, “estar fuera de sus sentidos”, para representar la locura. La imagen de alguien arrancado de su cuerpo, vagando por el mundo como un espíritu desencarnado, parece imposible. Sólo a los fantasmas se los representa como ajenos a sus sentidos, lo mismo que a los ángeles. Liberados de sus sentidos, preferimos decir, si lo hemos pensado como algo positivo, por ejemplo el estado de serenidad trascendental de las religiones asiáticas. ser mortales y sensibles es a la vez nuestro pánico y nuestro privilegio.
Vivimos atados a la traílla de nuestros sentidos. Aunque ellos nos permitan expandirnos, también nos limitan y restringen, pero debe reconocerse que lo hacen hermosamente.
El amor es también una hermosa restricción.
Necesitamos volver a sentir la textura de la vida.
Gran parte de nuestra experiencia en la vida del siglo XX es un esfuerzo por apartarnos de esas texturas, para caer en una rutina de desnudez, simplicidad, puritana solemnidad, despojada de todo lo que pueda parecer sensual.
Uno de los grandes “sensoriales” (1) de todos los tiempos -no Cleopatra, Marilyn Monroe, Proust, ni ningún otro de los volutuosos clásicos- fué una mujer disminuída que carecía de varios sentidos.
Ciega, sorda, muda, Helen Keller tenía sus restantes sentidos tan finamente sintonizados que, cuando ponía las manos sobre la radio para gozar de la música, podía captar la diferencia entre los bronces y las cuerdas. Escuchaba las coloridas y nostálgicas historias de la vida a lo largo del Mississippi de los labios de su amigo Mark Twain. Escribió extensamente sobre los aromas, gustos, texturas y sensaciones de la vida, que exploró con la voluptuosidad de una cortesana. A pesar de estar incapacitada, pocas personas de su generación tuvieron una vida tan plena como la suya.
Nos agrada pensar que somos criaturas magníficamente evolucionadas, con nuestro traje y corbata, gente que vive a muchos milenios y muchas circunvoluciones mentales de distancia de la caverna, pero nuestros cuerpos no están convencidos de ello.
Podemos darnos el lujo de estar en la cima de la cadena alimentaria, pero nuestra adrenalina sigue fluyendo cuando nos enfrentamos con predadores reales o imaginarios.
Incluso alimentamos ese miedo primordial viendo películas de monstruos.
Seguimos marcando nuestro territorio, aunque a veces lo hacemos con ondas de radio.
Seguimos luchando por posición y poder.
Seguimos creando obras de arte para realzar nuestros sentidos y sumar más sensaciones aún al mundo ya lleno de ellas, de modo que podamos anegarnos en el lujo inagotable de los espectáculos de la vida.
Seguimos aferrándonos con doloroso orgullo al amor, el sexo, la lealtad y la pasión.
Y seguimos percibiendo el mundo, en toda su móvil belleza y su terror, allí mismo, en el latir del pulso.
No hay otro modo.
Para empezar a entender la magnífica fiebre que es la conciencia, debemos tratar de entender los sentidos: cómo evolucionan, cómo pueden expandirse, cuáles son sus límites, a cuáles henos puesto un tabú, y qué pueden enseñarnos sobre el fascinante mundo que tenemos el privilegio de habitar…”

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)
(1) Es decir, alguien que goza con las experiencias de los sentidos. Un “sensual”, en cambio, es alguien interesado en gratificar sus apetitos sexuales.

 

 

.vuelo Nocturno XIII

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XIII

Vuelo Nocturno by MikkoLagerstedt-XIII (1)

—El correo de Asunción sigue sin novedad. Estará aquí dentro de dos
horas. Prevemos, en cambio, un retraso importante en el correo de Patagonia,
que se encuentra, al parecer, con dificultades.
—Bien, señor Rivière.
—Es posible que no lo esperemos para hacer despegar el avión de Europa:
después de la llegada del de Asunción, nos pedirá usted instrucciones. Esté
presto.
Rivière releía ahora los telegramas de protección de las escalas Norte.
Abrían el correo de Europa una ruta de luna: «Cielo limpio, luna llena,
viento nulo.» Las montañas del Brasil limpiamente recortadas sobre la
luminosidad del cielo, hundían en los remolinos plateados del mar sus
espesas cabelleras de selvas negras: esas selvas, sobre las cuales llovía
incansablemente, sin colorearlas los rayos de la luna. Y en el mar, las islas
también negras, cual restos errantes de naufragios. Y, a lo largo de toda la
ruta, esa luna inagotable: un manantial de luz.
Si Rivière ordenaba la salida, la tripulación del correo de Europa entraría
en un mundo estable que, por toda la noche, luciría dulcemente. Un mundo
donde nada amenazaba el equilibrio de las masas de luz y de sombra, donde
ni siquiera se insinuaba la caricia de esos vientos puros, que, si arrecian,
pueden estropear en algunas horas un cielo entero.
Pero Rivière titubeaba, frente a esta luminosidad, como un buscador de
oro frente a vedados campos auríferos. Los acontecimientos, en el Sur,
desmentían a Rivière, único defensor de los vuelos nocturnos. Sus
adversarios sacarían de un desastre en Patagonia una posición moral tan
fuerte que tal vez haría impotente en adelante la fe de Rivière; pero la fe de
Rivière no había vacilado: una grieta en su obra habría permitido el drama, y
el drama evidenciaba esa hendedura, pero no probaba nada más. «Tal vez
sean necesarias, en el Oeste, algunas estaciones de observación… Lo
estudiaremos.» Pensaba además: «Mis razones para insistir son las mismas e
igualmente sólidas; en cambio, he descartado una posible causa de
accidentes: la que acaba de hacerse patente.» Los reveses robustecen a los
fuertes. Desgraciadamente, contra los hombres se practica un juego donde
entra muy poco en consideración el verdadero sentido de las cosas. Se gana
o se pierde según las apariencias. Se marcan puntos miserables, y uno se
encuentra atenazado por la apariencia de una derrota.
Rivière llamó.
—Bahía Blanca, ¿no nos comunica nada aún por T. S. H.?
—No.
—Llame por teléfono.
Cinco minutos más tarde, se informaba:
—¿Por qué no nos comunica nada?
—No entendemos al correo.
—¿No habla?
—No sabemos. Demasiada tormenta. Incluso si transmitiese no lo
entenderíamos.
—Trelew, ¿les oye?
—Somos nosotros los que no oímos a Trelew.
—Telefonee.
—Lo hemos probado: ha sido cortada la línea.
—¿Qué tiempo hace ahí?
—Amenazador. Relámpagos al Oeste y al Sur. Muy cargado.
—¿Viento?
—Débil aún, pero sólo por diez minutos. Los relámpagos se acercan a
gran velocidad.
Un silencio.
—Bahía Blanca. ¿Escucha? Bien. Llámeme dentro de diez minutos.
Rivière ojeó los telegramas de las escalas Sur. Todas señalaban el mismo
silencio del avión. Algunas no respondían ya a Buenos Aires y, en el mapa,
aumentaba la mancha de las provincias mudas, donde las pequeñas ciudades
aguantaban ya el ciclón, con todas las puertas cerradas, y cada casa de sus
calles oscura y tan aislada del mundo y perdida en la noche como un navio.
Sólo el alba las libertaría.
Sin embargo, Rivière, doblado sobre el mapa, conservaba aún la esperanza
de descubrir un refugio de cielo puro, pues había pedido, por telegramas, el
estado del cielo a la policía de más de treinta ciudades de provincia y las
respuestas empezaban a llegarle. Sobre dos mil kilómetros, las estaciones de
radio tenían orden, si una de ellas captaba una llamada del avión, de advertir
en treinta segundos a Buenos Aires que le comunicaría, para retransmitirla a
Fabien, la situación del refugio.
Los secretarios convocados para la una de la madrugada habían ocupado
de nuevo sus mesas. Allí se enteraban, misteriosamente, de que, tal vez, se
suspenderían los vuelos nocturnos y de que el mismo correo de Europa no
despegaría antes de amanecer. Hablaban en voz baja de Fabien, del ciclón, y,
sobre todo, de Rivière. Lo adivinaban allí, muy cerca, aplastado poco a poco
por ese mentís de la Naturaleza.
Pero todas las voces se apagaron: Rivière, en su puerta, acababa de
aparecer, envuelto en su abrigo, el sombrero como siempre sobre los ojos,
eterno viajero. Se dirigió, con paso tranquilo, hacia el jefe de oficina:
—Es la una y diez; ¿está en regla la documentación del correo de Europa?
—Yo… yo creí…
Dio media vuelta, lentamente, hacia una ventana abierta, las manos
cruzadas tras la espalda.
Un secretario le alcanzó:
—Señor director, obtendremos pocas respuestas. Se nos comunica que, en
el interior, muchas líneas telegráficas han sido ya destrozadas.
—Bien.
Rivière, inmóvil, contemplaba la noche.
Así, cada mensaje amenazaba al correo. Cada ciudad, cuando podía
responder, antes de que las líneas fuesen destruidas, daba cuenta de la marcha
del ciclón, como si se tratara de una invasión. «Viene del interior, de la
Cordillera. Barre toda la ruta, hacia el mar…»
Rivière juzgaba las estrellas demasiado brillantes, el aire demasiado
húmedo. ¡Qué extraña noche! Se dañaba, bruscamente, por placas, como la
pulpa de un fruto luminoso. Las estrellas numerosas dominaban aún Buenos
Aires, pero esto era sólo un oasis: y un oasis de un instante. Además un
puerto fuera de radio de acción del avión. Noche amenazadora que un viento
dañino picaba y pudría. Noche difícil de vencer.
En algún lugar, un avión corría peligro en sus profundidades: ellos se
agitaban, impotentes, sobre la orilla.

-Antoine de Saint-Exupéry

.soneto VIII

soneto VIII

(mini jazmin de Bernal)

“Si no fuera porque tus ojos tienen color de luna,
de día con arcilla, con trabajo, con fuego,
y aprisionada tienes la agilidad del aire,
si no fuera porque eres una semana de ámbar.

Si no fuera porque eres el momento amarillo
en que el otoño sube por las enredaderas
y el eres aún el pan que la luna fragante
elabora paseando su harina por el cielo.

Oh, bienamada, yo no te amaría!
en tu abrazo yo abrazo lo que existe,
la arena, el tiempo, el árbol de la lluvia.

Y todo vive para que yo viva:
sin ir tan lejos puedo verlo todo
veo en tu vida todo lo viviente…”

-Pablo Neruda (De “Cien Sonetos de Amor”)

 

 

.oportunidad

john-cheever

 

 

 

“Pienso que estar vivo en este planeta significa una gran oportunidad.
Yo que he conocido el frío, el hambre y la terrible soledad,
creo que aún siento la emoción de tener una oportunidad.
La sensación de estar con una persona dormida
—un hijo, un amante—
y saborear el privilegio de vivir o estar vivo”.

-John Cheever