.dibujo II

manos bordadoras

 

 

“El agua borboteaba en la olla.
Colé un puñado de menta y lo serví.
Para que se llevara todos los males y se convirtieran en una nota a pie de página.
Caminamos sobre la escoria candente.
Parece que no hay nada que no seamos capaces de hacer.
Nos aclaman en el mercado.
Golpeamos el bongó;soplamos a través de una lengüeta.
Para representar lo delicado; para hacer añicos la naturaleza.
Examiné mis paredes empapeladas de escritura infantil.
En una ocasión me descubrí conmovida por un contorno, el cordón de un delantal.
Ciertas cosas y la forma de las cosas.
Un cuello blanco almidonado.
Unas manos enormes contra un abrigo oscuro.
Dibujé para deshacerme de esas proporciones inquietantes y al cabo de un rato el dibujo en sí adquirió una importancia que no guardaba relación con nada.
Se convirtió en una obra, una tortura que enseguida abandoné.
Metí en una caja las últimas de mis herramientas: unas plumas de ganso.
Junté las manos y me incliné, y dejé mi puesto para ir tras el ruido de la vida.
Mi ventana se abría a una escalera de incendios que daba a la calle.
La gente se apresuraba con alas en los pies.
Supuse que era Navidad.
Pronto nos rendiríamos a los caprichos del sol.
Pronto caerían las hojas, como manos moribundas.
El viento, en su sabiduría, había llenado las mías.
Un pasaje de ida de Darjeeling a Ghum.
Junté las palmas agarrando con firmeza mi premio, vivo como el huevo de una efímera.
Me acerqué a la baranda y dejé caer mi capa, y lo que había en ella se desparramó.
El pelo me cayó por la espalda en trenzas grasientas.
Lo único seguro es el cambio.”

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

 

.el sabor de la lluvia

 el sabor de la lluvia

 

“¿Qué desean ver tus ojos, escuchar tus oídos, morder tu boca u oler tu naríz
que no se encuentre en un jardín?”
-William Lawson

 

“Cada vez que pases junto a un manojo de lilas o un lirio o narcisos en flor, aprovecha para hundir el rostro en las flores.
Las lilas tienen un perfume dulce y embriagador y los lirios son almizclados y eróticos.
Cierra los ojos, aspira profundamente e imagina que la fragancia recorre todo tu cuerpo.
A principios de cada estación, me gusta tomar con la lengua las gotas de lluvia que quedan suspendidas de las ramas de árboles y arbustos. Las mejores son las de amento que tienen gotitas perfumadas, o al menos eso me dice mi imaginación. Y las gotas que cuelgan de las bayas rojas de la oxiacanta que parecen llevar en su interior el reflejo del mundo entero invertido.
También me considero afortunada si la noche trae una lluvia gélida que cubre cada ramita con un envoltorio helado. Entonces hago como los ciervos y las mastico, sin usar las manos. El hielo claro y reluciente en una ramita es mucho mejor que cualquier helado que haya probado.

 

“Y aún sueño que pisa la hierba
caminando espectral entre el rocío
atravesado por mi canto alegre”.
Yeats

.el apego y la huida del alma

el apego y la huida del alma

 

(Fortaleza en Cartagena)

“El alma elige su propia sociedad-
Luego -cierra la puerta-
a su divina mayoría-
Ya no presente

Impasible-observa los carros-detenerse
Ante su bajo portal-
Impasible-así se arrodille un emperador
sobre su alfombra-

Ya lo he visto-de una abundante nación-
Elegir Una-
Luego-cerrar las valvas de su atención-
Como piedra-“

-Emily Dickinson

 

.soneto LXVII

soneto LXVII

 

“La gran lluvia del sur cae sobre Isla Negra
como una sola gota transparente y pesada.
El mar abre sus hojas frías y la recibe.
La tierra aprende el húmedo destino de una copa.

Alma mía, dame en tu beso el agua
salobre de estos meses, la miel del territorio.
la fragancia mojada por mil labios del cielo,
la paciencia sagrada del mar en el invierno.

Algo nos llama, todas las puertas se abren solas,
relata el agua un largo rumor a las ventanas,
crece el cielo hacia abajo tocando las raíces.

Y así teje y desteje su red celeste el día
con tiempo, sal, susurros, crecimientos, caminos.
Una mujer, un hombre, y el invierno en la tierra…”

-Pablo Neruda (De “Cien Sonetos de Amor”)

“Tome flores de piedra del mar
para adornar su pelo,
conchas de agarre con los colores del arco iris
para llevar en su cuello,
obtener los corales para parecer tus labios
sólo lo que ofrecer …”

.dibujo I

dibujo I

“Tenía una jaqueca terrible.
La cabeza me martilleaba tanto que sucumbí a ese estado de locura en que la guillotina parece una buena idea.
Busqué a tientas las tijeras y, sin pensarlo, me corté el pelo.
Dejando a un lado las trenzas desechadas, me arrastré hasta la pileta para refrescarme la cara y el cuello. Luego me acurruqué sobre la alfombra sintiéndome de algún modo libre y, llena de gratitud, me quedé dormida.
Me desperté en mitad de la noche.
Encima de mi cabeza, más allá del tragaluz abierto, veía la luna, de un dorado vibrante, como el escudo de un joven guerrero asustado pero resuelto.

Qué silencioso parecía todo
qué elaboradamente silencioso
y en lo único que podía pensar ahí acostada
como si saltara de colina en colina
era en la expresión
‘En el movimiento está la bendición’

Una nube tapó la luna.
Resplandor negro.
Como un recién nacido que aún no ve, busqué a tientas mi diario y me quedé ahí tirada con él en las manos, esperando que la luna apareciera de nuevo y proyectara algo de luz.

El techo era una cuadrícula, surcada
por líneas descendentes, músculo
otra lengua
pero no la del lenguaje

Cruzando un remanso poco profundo…
Al volverme vi un caballo blanco sobre un campo verde y un caballo rojo sobre un campo blanco.
Incapaz de elegir, me tiré hacia atrás y floté, como una flor en un cuenco.
Las páginas de mi diario arrojaban una sombra burlona sobre la superficie en calma.
Me levanté.
El cielo estaba de un azul brillante, ininterrumpido.
Sabía qué caballo quería.
Lo sabía como si la punta de una burda lanza me hubiera atravesado.
No era una amazona experta pero tampoco era algo nuevo para mí.
Había un pedazo de arpillera atrapado en el matorral.
Lo extendí sobre el lomo del caballo y monté.
‘En el movimiento está la bendición’
Esa expresión, como un aire musical, me daba vueltas en el oído mientras cabalgábamos.
Sentía el viento en el cuello, al descubierto por donde me había rapado el pelo.
Alrededor todo era una red, por arriba y por debajo, y nos cercaba hasta que no pudimos avanzar más. Desmonté y seguí a pie.
sin paredes, sin planos.
Sólo una sucesión de pasillos ondulantes. (…) La red cayó, cargada de peces, perlas, la hoja incinerada…
Tuve una visión fugaz de mi caballo siendo conducido a un final brusco, oficial.
Prometi rendirle homenaje en una obra: algo insignificante, eterno.
Un dibujo blanco que representaba el aire abandonaba.
Tras la partida de las aves.
La blanca angustia fotografiada por Rimbaud cuando cruzó el túnel de San Gotardo.
La gasa sobre la que lloran los muertos.
Un dibujo blanco con que adornar la pared desnuda de un puesto de avanzada o del café desierto.”

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

 

.ojos blancos/White – eyes

ojos

(Sabri)

 

“En invierno
todo el canto está
en las copas de los árboles
donde el pájaro-viento
con sus ojos blancos
presiona y empuja
entre las ramas.
Como todos nosotros
quiere irse a dormir,
pero está inquieto–
tiene una idea,
y despacio se despliega
bajo sus alas batientes
mientras sigue despierto
Pero su música grande y redonda, al fin y al cabo
es demasiado jadeante para durar.
Así que se acabó.
En la punta del pino
arma su nido,
hizo todo lo que pudo.
No sé el nombre del pájaro,
sólo imagino su pico rutilante
mientras las nubes–
que ha sometido
desde el norte–
a las que enseñó
a ser leves y silenciosas–
se espesan, y empiezan a caer
sobre el mundo allá abajo
como estrellas, o plumas
de un pájaro inimaginable
que nos ama,
y ahora está despierto, en silencio–
que se ha convertido
en nieve.”

/
“In winter
all the singing is in
the tops of the trees
where the wind-bird
with its white eyes
shoves and pushes
among the branches.
Like any of us
he wants to go to sleep,
but he’s restless—
he has an idea,
and slowly it unfolds
from under his beating wings
as long as he stays awake
But his big, round music, after all,
is too breathy to last.
So, it’s over.
In the pine-crown
he makes his nest,
he’s done all he can.
I don’t know the name of this bird,
I only imagine his glittering beak
while the clouds—
which he has summoned
from the north—
which he has taught
to be mild, and silent—
thicken, and begin to fall
into the world below
like stars, or the feathers
of some unimaginable bird
that loves us,
that is asleep now, and silent—
that has turned itself
into snow.”

-Mary Oliver

 

.baile de campesinos

baile de campesinos

“La mente de un niño es como un espontáneo y desinteresado beso en la frente.
Gira como gira la bailarina sobre una decorada torta de varios pisos, venenosa y dulce.
El niño, perplejo ante lo corriente, se desenvuelve sin esfuerzo entre lo extraño, hasta que la desnudez lo asusta, lo confunde, y busca un poco de protección, de orden.
Vislumbra, capta, componiendo de retazo en retazo una colcha de verdades, descabelladas y confusas, que apenas rayan en la verdad.
La cruel intensidad de este proceso puede dar lugar a algo bello, pero a menudo sólo es un rasgón en la iridiscencia por el que escabullirse y zafarse.
Un cabo de cuerda serpenteando en un ruedo increíblemente deslumbrante y remoto.
Alrededor todo son paredes, y la mente, en una pirueta imprecisa, arrebata fragmentos de códice: flamenco, un jeroglífico tallado en el ladrillo.
¡Exclamaciones! Preguntas sobre el origen, el alcance.
Cuando somos jóvenes, abrumados por la sensación de venir de otra parte, atisbamos, sondeamos nuestro interior, y sacamos lo foráneo, lo indígena.
Llegamos a una llanura abierta.
Una llanura de oro.
O llegamos, la mayoría de las veces, a una nube.
Una raza de moradores de las nubes.
Esos son nuestros pensamientos de juventud.
Con el tiempo lo desentrañamos.
Reconocemos en nosotros mismos una mano de nuestra madre, una extremidad de nuestro padre.
Pero la mente, eso es otro asunto.
De ella nunca puedes estar seguro.
Porque da vueltas como dan vueltas el perro salvaje, la planta rodadora, la llanta metálica.
Este aspecto de nuestro ser es transmutable y tal vez allí es donde encontramos el verdadero defecto de la máquina.
La mente es un cuadro.
Y allí, en la esquina, se entrevé una espiral.
Quizá sea un virus; quizá sea el tatuaje de un espíritu.

Con los brazos extendidos
con los ojos cerrados
una intensa náusea
gira alrededor
conmoviendo corazones
brotes nostálgicos
que se vuelven a sí mismos
del revés

Qué ancho es el mundo. Qué alto. Y la materia de que está hecha la mente, saturada, revienta y se desparrama, como las semillas y la pelusa. Porque así es el diente de león. Que se desnuda y se estalla en deseos.

Un deseo de cierta cosa
o el simple deseo de saber.

Soplando, velas, una estrella…
Qué se puede desear.
Un compañero.
Una luna desbocada.
O tal vez volver a oír lo que oyes de niño.
Una música: curiosa, optimista, tan simple y elusiva como la llamada a la danza en una noche de verano. Difundiendo fragmentos de risa y deleite.
Todos bailando, sólo bailando.
Y ahí fuera uno se sentía atraído, como la polilla y la luciérnaga, hacia la calma distorsionada.
El salón, con sus luces de colores colgantes, se iría desvaneciendo… a medida que uno osara adentrarse en el pasto alto, atraído por otra llamada, un gemido muy hermoso, como un violín en su plenitud.
La música de los recolectores de lana cuando llevan a cabo su tarea.
Inclinándose, estirándose, agitando el aire.
Recolectando lo que haya que recolectar.
Lo desechado.
Lo venerado.
Retazos de espíritu humano que de algún modo escaparon.
Recogidos en un delantal.
Arrancados por una mano enguantada.
De todo ello está compuesta la nube.
Y por esa razón el cielo recuerda la ópera humana.
El paseo turbulento.
Atrae al ojo perezoso.
Calma al hastiado en un juego de movimientos que anuncia lo simple.
Los recolectores de lana cuando llevan a cabo su tarea. sin sueldo ni contrato; con una gracia singular; colectiva.
Es una de esas cosas inexplicables.
Porque es un servicio en el que entras sin expectativas ni planes.
Donde, absorto en tus pensamientos , puedes notar un toque en el hombro y verte arrojado muy lejos, en un remolino de polvo, zarandeado de un lado para otro hasta, de golpe, detenerte.
Liberado de tamaña carga, con semejante gloria al alcance y ardiendo de impaciencia como si tuvieras una cita, un dos- á-dos, con el sol poniente.”

 

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

.cómo empezar

cómo empezar I

(Paloma en La Boca, San Telmo, Bs. As.)

“Cómo empezar.

O mejor todavía: ¿Cómo empezar?

(Añadir los signos de interrogación que, nada es casual, tienen la forma de anzuelos, o de garfios. Curvas afiladas y punzantes ensartando tanto a quienes leen como a quienes son leídos. Tirando de ellos, trayéndolos desde el claro y calmo fondo hasta la turbia e inquieta superficie. O haciéndolos volar por los aires hasta caer justo dentro de la playa de estos paréntesis. Paréntesis que más de uno criticará o juzgará ortográfica y estéticamente innecesarios pero que, en la incertidumbre de la partida, son, ah, tan parecidos a manos juntándose en el acto de rezar rogando por un buen viaje que ya comienza. «Lasciate ogni speranza o voi ch’entrate», leemos; «Once more unto the breach, dear friends, once more», oímos. Y buena suerte a todos, les desea esta voz a la que la mordaza de los paréntesis vuelve desconocida. Aunque -como suele ocurrir con algunas canciones inolvidables, donde la melodía se impone al título y hasta a los versos del identificador estribillo, ¿cómo se llamaba?, ¿cómo decía?- esta voz también recuerda a la de alguien cuyo nombre no se alcanza a identificar y reconocer del todo. Y, sí, de ser posible, evitar este tipo de párrafos de aquí en más porque, dicen, espanta a muchos de los lectores de hoy. A los lectores electrocutados de ahora, acostumbrados a leer rápido y a leer breve en pantallas pequeñas. Y, sí, adiós a todos ellos, al menos por el tiempo que dura y dure este libro. Desenchufarse de fuentes externas para sólo alimentarse de electricidad interna. Y ésa es -warning!, warning!-, al menos en principio y en el principio, la idea aquí, la idea de aquí en más, están advertidos.)

O mejor aún: ¿Empezar así?

Y, apenas más abajo, lo que sigue.

La luz que se hace para hacer. La súbita pero no inesperada aparición de un paisaje.

Ir de lo general a lo particular, al individuo, al «héroe» del asunto.

El tipo de inicio -el firme establecimiento y fundación de todo un mundo dentro de una página y entre sus líneas, antes de que aparezcan sus habitantes, desplazándose de izquierda a derecha- al que se veían obligadas las novelas del siglo xix. Novelas cuyos autores, en muchos casos, han sido completamente olvidados pero recién luego de haber redactado comienzos todavía inolvidables -¿hay alguien allí que recuerde a un autor titulado Edward Bulwer-Lytton, a una novela llamada Paul Clifford?- como aquél de «It was a dark and stormy night…»….”

-Rodrigo Fresán

cómo empezar  II

(Palomas en La Boca, San Telmo, Bs. As.)

.arte en el Cielo

cielos

“Recorriendo el terreno cubierto de plumas dejando caer frases como:

“He estado en lugares peores
He estado en mejores
He visto mucho mundo…”
Y lo único que quieres es una mano tendida.
Que te saque del lodazal, de la belleza.
Que te levante…

Dejo ondear las ventanas con vistas al río donde los niños sacan agua y las mujeres golpean las camisas de sus maridos con una piedra. Los niños, medio desnudos, dan mordiscos a frutas desconocidas, delirantemente dulces, y cantan:

Un día estaremos todos muertos
Pero los que siguen moviéndose
Andando y desandando lo andado
Nunca morirán
Se llamarán
Rembrandt, Colón

Soñé que era misionera.
Soñé que era mercenaria.
Mi mochila era un pedazo de lino
atado como un globo a un palo.

Si levantas la vista, las nubes se forman y vuelven a formarse. Parecen… un embrión, un amigo que se ha ido y descansa en posición horizontal. O un gran brazo, compasivo como un resorte, que recibiera la orden de alcanzar y recoger esa mochila de lino y todo lo que hay en ella, aunque sólo sea el alma de una idea: el color del agua, el peso de una colina.”

 

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

.soneto XVII

 soneto XVII

“No te amo como si fueras rosa de sal, topacio
o flecha de claveles que propagan el fuego
te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre la sombra y el alma.

Te amo como la planta que no florece y lleva
dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
el apretado aroma que ascendió de la tierra.

Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde.
Te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera.

Sino así de este modo en que no soy ni eres,
tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño…”

-Pablo Neruda (De “Cien Sonetos de Amor”)

.la forma del olor

.la forma del olor

 “Todos los olores entran dentro de unas pocas categorías básicas, casi como los colores primarios: mentolados (menta), floral (rosas), etéreo (peras), almizclado (almizcle), resinoso (alcanfor), pestilente (huevos podridos) y acro (vinagre).
Por eso los fabricantes de perfumes han tenido tanto éxito mezclando aromas florales o acercándose a los umbrales adecuados de lo almizclado o lo frutal.
Ya no se necesitan sustancias naturales; actualmente pueden hacerse perfumes en los laboratorios, partiendo de moléculas.
Uno de los primeros perfumes basados en un aroma completamente sintético el Chanel N° 5, que fué creado en 1922 y desde entonces ha seguido siendo un clásico de sensual femineidad.
También ha dado origen a respuestas memorables.
Cuando le preguntaron a Marilyn Monroe qué se ponía para dormir, respondió con picardía: “Unas gotas de Chanel N° 5″.
La nota superior de este perfume – es decir lo primero que se huele- es el aldehído, y después la naríz detecta la nota intermedia de jazmín, rosa, lirio del valle, lirio de Florencia e ylang-ylang, hasta captar finalmente la nota de base, que transporta el perfume y lo hace durar: vetiver, madera de sándalo y de cedro, vainilla, ámbar, algalia y almizcle.
Las notas de base son siempre de origen animal, antiguos emisarios de olor, que nos llevan a bosques y sabanas.
Durante siglos, el hombre atormentó y a veces diezmó especies animales en busca de cuatro secciones glandulares: el ámbar gris (fluido aceitoso que segregan ciertas ballenas para proteger su estómago del hueso afilado de la jibia o del pico afilado del calamar, de los que se alimentan), el castóreo (que se encuentra en el saco abdominal de castores canadienses y rusos, animales que lo emplean principalmente para marcar sus territorios), la algalia (una secreción de aspecto semejante a la miel, proveniente del área genital de un felino de Etiopía, nocturno y carnívoro) y el almizcle (una secreción roja, gelatinosa, que se extrae del vientre del vientre de un cérvido asiático).
¿Cómo descubrió el hombre que los sacos anales de ciertos animales contenían fragancias?
El bestialismo era común entre pastores, en algunas de esas regiones, y no se lo puede ignorar como una de las explicaciones posibles.
El almizcle animal es un pariente muy cercano de la testosterona humana y podemos olerlo en porciones tan ínfimas como 0,000000000000032 de onza.
Afortunadamente, hoy los químicos han creado veinte almizcles sintéticos, en parte porque las especies animales correspondientes están en peligro de extinción, y en parte para asegurar una consistencia de olor difícil de lograr con las sustancias naturales.
Una pregunta obvia es por qué las secreciones de las glándulas odoríferas de animales como ciervos, castores, felinos y otros pueden despertar el deseo sexual en el ser humano.
La respuesta parece estar en que estos olores toman la misma forma química que un esteroide, y cuando los olemos podemos responder como lo haríamos a las feromonas humanas.
De hecho, en un experimento llevado a cabo en International Flavors and Fragrances, las mujeres que olían almizcle desarrollaban ciclos menstruales más cortos, ovulaban con más frecuencia y les resultaba más fácil concebir.
¿Entonces el perfume es importante?
¿No se reduce al frasco y la publicidad?
No necesariamente.
¿Los olores pueden influirnos biológicamente?
Sin duda alguna.
El almizcle produce un cambio hormonal en la mujer que lo huele.
En cuanto a por qué nos puede excitar el olor de las flores, puede decirse que las flores tienen una poderosa vida sexual.
El perfume de una flor declara ante el mundo que es fértil, deseable, y que está disponible, con sus órganos sexuales empapados de néctar.
Su olor nos recuerda de algún modo la fertilidad, el vigor, la fuerza vital, y todo el optimismo, las expectativas y el florecer apasionado de la juventud. Inhalamos su aroma ardiente, a cualquier edad, y nos sentimos jóvenes y núbiles, en un mundo inflamado por el deseo.
Los rayos de sol borran algunos olores, como puede atestiguar cualquiera que haya tendido al sol ropa de cáma húmeda.
Aún así, lo que queda puede seguir oliendo a rancio y producirnos rechazo.
Necesitamos apenas ocho moléculas de una sustancia para desencadenar un impulso en una terminal nerviosa, pero deben activarse cuarenta terminales nerviosas antes que podamos oler algo.
No todo tiene olor: sólo las sustancias suficientemente volátiles como para difundir partículas microscópicas en el aire.
Muchas cosas que encontramos todos los días -incluyendo piedra, vidrio, acero y marfil- no evaporan nada cuando están a temperatura ambiente, por lo que no las olemos.
Si se calienta una col, se vuelve más volátil (algunas de sus partículas se evaporan en el aire) y de repente huele de forma más intensa.
La ingravidez hace que, en el espacio, los astronautas pierdan el gusto y el olfato.
En ausencia de gravedad, las moléculas no pueden volatilizarse, por lo que muy pocas de ellas se adentran lo suficiente en nuestra naríz como para que podamos registrarlas como olores.
Esto constituye un problema para los nutricionistas que inventan comidas para el espacio exterior.
Gran parte del sabor de la comida depende de su olor.
Algunos químicos han llegado a sugerir que el vino es simplemente un líquido insípido con una fuerte fragancia.
Si uno toma vino estando resfriado, no sentirá más que gusto a agua.
Antes de poder sentir el gusto de algo, es preciso que ese algo haya sido disuelto en un líquido (por ejemplo, un caramelo duro tiene que fundirse en la saliva), y antes de que algo pueda ser olfateado, tiene que estar en el aire.
Distinguiremos sólo cuatro sabores: dulce ácido, salado y amargo.
Lo que significa que todo lo demás que llamamos “sabor” es en realidad “olor”.
Y muchas de las comidas que pensamos que podemos oler, sólo podemos gustarlas.
El azúcar no es volátil, por lo que no lo olemos, aún cuando lo saboreamos con intensidad.
Si tenemos en la boca algo delicioso, que queremos saborear y estudiar, exhalamos; eso impulsa el aire de nuestra boca a través de nuestros receptores olfativos, de modo que podamos olerlo mejor.
Pero ¿cómo se las arregla el cerebro para reconocer y catalogar tantos olores?
Una teoría del olfato, la teoría “estereoquímica” de J.E. Amoore, analiza la conexión entre las formas geométricas de las moléculas y las sensaciones odoríferas que producen.
Cuando aparece una molécula de la forma adecuada, se inserta en el nicho de la neurona y desde allí dispara un impulso nervioso al cerebro.
Los olores almizclados tienen moléculas en forma de disco, que se adecuan al espacio elíptico de la neurona. Los olores mentolados tienen una molécula en forma triangular que se adecua a un espacio en forma de V.
Los olores alcanforados tienen una molécula esférica que se adapta a un espacio elíptico, pero es más pequeña que la del almizcle.
Los olores etéreos tienen una molécula en forma de vara, que se adecua a un espacio en forma de surco.
Los olores florales tienen una molécula en forma de disco con un tallo, lo que se adecua a un espacio en forma de cavidad y surco.
Los olores pútridos tienen tienen una carga negativa que es atraída por un espacio cargado positivamente.
Y los olores acres tienen una carga positiva que se adecua a un espacio cargado negativamente.
Hay olores que se adecuan a un par de espacios al mismo tiempo, con lo que producen un efecto de ramillete o combinación.
Amoore presentó esta teoría en 1949, pero ya había sido propuesta en el 60 a. C. por Lucrecio, un poeta de espíritu amplio, en su enciclopedia personal de conocimiento y reflexión, Sobre la naturaleza de las cosas.
La metáfora de la cerradura y la llave parece explicar cada vez más aspectos de la naturaleza, como si el mundo fuera un salón con muchas puertas cerradas.
O bien puede ser que la cerradura y la llave sean parte de la imaginería familiar, uno de los pocos modos en que los seres humanos pueden dar sentido al mundo que los rodea (el lenguaje y las matemáticas son los otros dos).
Como dijo una vez Abrm Maslow: “Si la única herramienta de que dispone un hombre es una llave, se imaginará todos los problemas bajo la forma de una cerradura”.
Algunos olores son fabulosos cuando están diluídos, y verdaderamente repulsivos cuando no lo están.
El olor fecal de la algalia pura es lo bastante desagradable como para revolver el estómago, pero en pequeñas dosis convierte el perfume en un afrodisíaco.
Una pequeña porción de algunos aromas (alcánfor, éter, aceite de clavo de olor, por ejemplo) es excesiva, embota la nariz y hace imposible el ejercicio del olfato.
Algunas sustancias huelen como otras de las que parecen muy remotas, en el equivalente nasal de desagrado (almendras amargas como cianuro; huevos podridos como azufre).
Muchas personas normalmente tienen “puntos ciegos”, especialmente respecto a algunos almizcles, y otras pueden detectar aromas débiles y fugaces.
Cuando pensamos en lo que es normal que sientan los seres humanos, tendemos a ser prudentes en exceso. Una cosa sorprendente del olfato es la amplitud del espectro de respuesta que se encuentra a lo largo de la curva que llamamos normal.”-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

.una despedida

una despedida

(Graffitti callejero colombino)

“El aire era carnavalesco, receptivo.
Abrí la puerta mosquitera y salí.
Sentía crepitar el pasto.
Sentía la vida: un carbón incandescente arrojado sobre un cupido de heno.
Me cubrí la cabeza.
De buena gana me habría cubierto los brazos, la cara.
Me quedé ahí mirando cómo jugaban los niños, y algo en la atmósfera -la luz filtrada, la fragancia de las cosas- me trasladó en el tiempo…
Qué felices somos los niños.
Cómo se atenúa la luz con la voz de la razón.
Deambulamos por la vida…, un engaste sin gema.
Hasta que un día doblamos una esquina y ahí está, en el suelo, delante de nosotros: una gota de sangre con facetas, más real que un fantasma, brillando.
Si la removemos podría desaparecer.
Si no actuamos nada se habrá reivindicado.
Hay una manera de resolver este pequeño enigma.
Pronunciar nuestra propia oración, no importa de qué forma.
Porque cuando termine estarás en posesión de la única joya que vale la pena guardar.
El único grano que vale la pena repartir.
Una mano pequeña me ofreció un panadero.
¡Pide un deseo!
Lo tomé.
Amarillo intenso: silvestre, insignificante y amado por Dios.
Se transforma, gracias a la fuerza de nuestro deseo, en un soplo ancestral.
Pedazos de maná vaporoso descienden sobre el mundo…
Pide un deseo, sopla…
Teniendo aliento, que más podría pedir.
Todo mi ser se elevó.
Tenía a favor el cielo, con su habilidad para convertirse, en un abrir y cerrar de ojos, en todas las cosas.
Busqué entre las nubes signos, respuestas.
Parecían moverse muy deprisa, en forma de cúpula, delicadas, un tejido conjuntivo.
La cara del arte, de perfil. La cara de la negación, bendecida.”

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

 

.mar/ocean

mar.delfin

(hermoso delfincito colombino)

“A la orilla del mar

Ya escuché esta música antes
dijo el cuerpo.
/
At the edge of the ocean

I have heard this music before,
saith the body.”

-Mary Oliver

.cascadas de luz

.cascadas de luz

 

 

“Gran parte de la vida pasa a un segundo plano, pero es tarea del arte arrojar cascadas de luz en las sombras y volver a a crear la vida.
Muchos escritores han estado gloriosamente sintonizados con los olores:
el té de Proust con la magdalena;
las flores de Colette; que la devolvían a los jardines de su infancia y a su madre, Sido;
el desfile de olores urbanos en Virginia Woolf;
los recuerdos de Joyce de la orina del bebé y el hule, de los sagrado y lo pecaminoso;
la acacia mojada por la lluvia de Kipling, que le recordaba su hogar, y los mezclados olores de los barracones en la vida militar (“un solo aliento (…) es toda Arabia”);
el “hedor de Petrogrado” de Dostoievski;
los cuadernos de Coleridgge, en los que anotaba que “un estercolero a distancia huele como el almizcle, y un perro muerto, como flores viejas”;
las páginas líricas de Flaubert sobre los olores de las pantuflas y los guantes de su amante, que él guardaba en un cajón de su escritorio;
los paseos de Thoreau a la luz de la luna por campos en que el trigo olía a seco, los arbustos de fresas a húmedo, y las bayas a “pequeños confites”; las exploraciones de Baudelaire en el mundo de los olores hasta que su “alma se elevaba al perfume como el alma de otros se eleva a la música”;
la descripción que hace Milton de los olores que Dios encuentra agradables para Su divina nariz, y los que prefiere Satán, gran aficionado al aroma de la carroña (“De la manzana, presa innumerable (…) olor de vivientes cadáveres”);
Robert Herrick olfateando a su amada con celo fetichista, para comprobar que sus “pechos, labios, manos, caderas, piernas (…) son todos / ricamente aromáticos”, y “Todas las especies del Oriente / están confundidas ahí”;
el elogio que hace Walt Whitman del sudor, “que huele mejor que la plegaria”;
La robre prétexte, de Francòis Mauriac, que es la adolescencia recordada a través de sus olores;
“El cuento del molinero”, de Chaucer, donde encontramos una de las primeras menciones en la literatura de un desodorante de aliento;
los símiles peligrosamente delicados que encuentra Shakespeare para las flores (a la violeta le dice: “Dulce ladrona, ¿de dónde tomaste tu dulzura, sino del aliento de mi amado?”);
el armario de ropa de cama de Czeslaw Milosz, “lleno del mudo tumulto del recuerdo”;
la obsesión de Joris.Karl Huysmans con las alucinaciones nasales, y el olor de licores y sudor de mujeres que llena su novela hedonística À rebours,lasciva y casi inimaginablemente decadente.

De un personaje femenino, Huysmans dice que era “una mujer nerviosa y desequilibrada, a la que le gustaba macerarse los pezones en perfume, pero que en realidad experimentaba un éxtasis genuino y abrumador cuando un peine le hacía cosquillas en la cabeza y podía, mientras su amante la acariciaba, sentir el olor del hollín, de la humedad de una casa en construcción bajo la lluvia,o del polvo de una tormenta de verano”.

El poema más lleno de aromas de todos los tiempos, El Cantar de los Cantares, de Salomón, evita hablar de olores corporales, o inclusive naturales, y aún así teje una voluptuosa historia de amor alrededor de perfumes y unguentos. E
n las tierras áridas donde sucede la historia, la gente se perfumaba con frecuencia y bien, y esa pareja cuyas bodas se aproximan habla poéticamente del amor y rivaliza en elogios tiernos e ingeniosos.
Cuando él comparte la mesa con ella, es “un haz de mirra” o “un ramillete de viñedos de En-ge-di”, o bien es musculoso y esbelto como “una joven gacela”.
Para él, la virginidad de ella es “un jardín secreto…, una fuente callada, un manantial vedado”.
Sus labios “rebosan como un panal: miel y leche hay bajo su lengua; y el olor de tus ropas es como el aromas del Líbano”.
Él le dice que en la noche de bodas entrará en su jardín, y hace la lista de todas las frutas y especias que sabe que encontrará allí: incienso, mirra, azafrán, granadas, áloe, cinamonn, cálamo y otros tesoros.
Ella tejerá una tela de amor alrededor de él, y llenará sus sentidos hasta que desborden de una riqueza océanica.
Tanto la conmueve a ella este tributo de amor, y tanto se ha inflamado su deseo, que responde que sí, que abrirá las puertas de su jardín para él: “Despiértate, viento del norte; y ven tú, del sur; soplad sobre mi jardín y llevaos mis perfumes. Que mi amado entre en su jardín y coma sus mejores frutos”.

En la macabra novela contemporánea El perfume, de Patrick Suskind, el héroe, que vive en París del siglo XVIII, es un hombre nacido sin ningún olor personal, pero que desarrolla un prodigioso poder olfativo: “Pronto, había llegado a no oler simplemente la madera, sino las clases de madera: cedro, roble, pino, olmo, peral, jóvenes, viejas, mohosas, podridas, húmedas, y diferenciaba el olor de cada tabla, fragmento o astilla, y los diferenciaba como objetos con tanta claridad como otros no podían haberlo hecho con la vista”.
Cuando toma un vaso de leche, puede sentir el olor de la vaca de la que proviene; cuando sale a caminar, puede identificar de inmediato el origen de cada humo.
Su falta de olor humano asusta a la gente, que lo trata mal, y eso tuerce su personalidad.
Termina creando olores personales para sí mismo, que los demás no advierten, pero que le hacen parecer normal, incluyendo exquisiteces como “un olor anodino, un aroma ratonil y cotidiano en el que estaba presente el tono agrio y lechoso de la humanidad”.
Con el tiempo, se vuelve un perfumista criminal, que intenta destilar la esencia olorosa de ciertas personas, como si fueran flores.

Muchos escritores se han ocupado del modo en que los olores desencadenan amplias remembranzas.
En Por el camino de Swann, Proust, ese gran sabueso de pistas olfativas por los bosques del lujo y el recuerdo, describe un momentáneo torbellino:
“(…) daba unos paseos del reclinatorio a las butacas de espeso terciopelo, con sus cabeceras de crochet; y la lumbre, cociendo, como si fueran una pasta, los apetitosos olores cuajados en el aire de la habitación, y que estaban ya levantados y trabajados por la frescura soleada y húmeda de la mañana, los hojaldraba, los doraba, les daba arrugas y volumen para hacer un visible y palpable pastel provinciano, inmensa torta de manzanas, una torta en cuyo seno yo iba, después de ligeramente saboreados los aromas más cuscurrosos, finos y reputados, pero más secos también, de la cómoda, de la alacena y del papel rameado de la pared, a pegarme siempre con secreta codicia al olor mediocre, pegajoso, indigesto, soso y frutal de la colcha de flores.”

A lo largo de toda su vida adulta, Charles Dickens dijo siempre que el mero olor del tipo de cola usado para pegar etiquetas a los frascos le devolvía con fuerza insoportable toda la angustia de sus primeros años, cuando la bancarrota había obligado a su padre a abandonarlo en el infernal almacén donde preparaban esos frascos.

En el siglo X en Japón, una dama de la corte de maravilloso talento, Lady Murasaki Shikibu, escribió la primera novela genuina, La historia de Genji, una historia de amor que se desarrolla sobre un vasto fondo histórico y social, entre cuyos personajes hay perfumistas-alquimistas que crean aromas basados en el aura y el destino de un individuo.
Una de las pruebas de maestría de los escritores, especialmente de los poetas, es su capacidad para describir olores.
Si no pueden describir el olor de santidad en una iglesia, ¿cómo confiar en sus descripciones de los suburbios del corazón?…”
-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

.,¸¸,.·´¯`·.^^´¯`·.,¸¸,

 

 

 

 

 

 

 

 

(lo siento, hoy no puedo escribir, sólo recordar con amor)

 

Patti, escribe por mi.

 

.los rubíes de la India
Siempre tuve una especie de mochila, poco más que un pedazo de tela o cuero cerrado con un nudo.
Cuando se abre, mi bolsa, valiosa compañera, presenta un mundo definido por lo que contiene: un reguero único, muy querido.
Este fardo poco corriente siempre fué mi consuelo, mi alegre carga.
sin embargo descubrí que es poco prudente encariñarme con los recuerdos que hay en su interior.
Porque basta que me fije en un objeto determinado para que lo pierda o simplemente desaparezca.
Tenía un rubí.
Imperfecto, hermoso como sangre facetada.
Era de la India, donde son arrojados a la playa.
Los hay a mares: las cuentas de la tristeza.
Pequeñas gotas que de algún modo se convirtieron en gemas recogidas por  mendigos que las cambian por arroz.
Cada vez que clavaba la mirada en sus profundidades me sentía abrumada, porque atrapados en mi pequeño rubí había más sufrimiento y esperanza de los que uno podía comprender.
Atemorizaba e inspiraba, y yo lo guardaba en mi mochila, un paquete de papel amarillo encerado del tamaño y de la forma de una cuchilla de afeitar.
Me paraba y lo sacaba para mirarlo.
Lo hacía tan a menudo que ya no necesitaba ver lo que estaba mirando.
Por eso no sabría decir con seguridad cuándo desapareció.
Pero todavía puedo verlo.
Lo veo en la frente de las mujeres.
En las honduras del poeta.
Lo veo en el cuello de una diva y en la palma de la mano de un desertor.
 Encajado en una alambrada.
Una gota de sangre en un vestido de percal.
Abro mi fardo y lo vacío en los surcos de la tierra.
Nada: una vieja cuchara, una brújula, los restos de un walkie-talkie.
Mientras extiendo la tela para tirarme a descansar tomo bocanadas de aire tan largas como los surcos.
Como para apaciguar a los espíritus; impedir que se agiten y hagan ruido.
En el anillo de la noche imposible.
Todo es elástico. El cielo está de un rosa inquietante.
Puedo sentir el polvo de Calcuta, los ojos perdidos de Bhopal.
 Puedo ver las banderas de rezo flameando como medias viejas en el cálido viento irónico:
Te ofrezco esta campana
el mercader de susurros
Es sumamente valiosa
una pieza de museo, no tiene precio
No, gracias, respondo
No deseo poseer nada
Pero es una campana maravillosa
una pieza ceremonial
una campana admirable
Mi cabeza es una campana
murmuro
entre
dedos vendados
ya dormida
-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

.hola Pa

mariposadel67:

Estas en mi corazón Pá
Siempre lo estás…
Tu Hija Gabi

Originalmente publicado en Mariposadel67:

“Con referencia a la inmortalidad,
mi firme convicción es
que si hay algo de mí
de algún valor
y utilidad
al Universo,
el Universo sabrá con justicia
cómo preservarlo…”
 
(Horace James Bridges)
Imagen
“Cierto que soy una selva y una noche de oscuros árboles; 
pero el que no tema mi oscuridad 
encontrará 
bajo mis cipreses 
sendas de rosas “. 
 
Friederich Nietzsche

Ver original

.soneto LXVI

soneto LXVI

 

“No te quiero sino porque te quiero
y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.

Te quiero sólo porque a tí te quiero.
Te odio sin fin, y odiándote te ruego.
Y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.

Tal vez consumirá la luz de enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.

En esta historia sólo yo me muero
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor a sangre y fuego…”

-Pablo Neruda (De “Cien Sonetos de Amor”)

(otoño en Bernal)

.soneto VI

soneto VI

(pequeño bosque interior, en Bernal)

 

“En los bosques perdidos, corté una rama oscura
y a los labios, sediento, levanté su susurro
era tal vez la voz de la lluvia llorando
una campana rota o un corazón cortado.

Algo que desde tan lejos me parecía
oculto gravemente, cubierto por la tierra,
un grito ensordecido por inmensos otoños,
por la entreabierta y húmeda tiniebla de las hojas.

Pero allí, despertando de los sueños del bosque,
la rama de avellano cantó bajo mi boca,
y su errabundo olor trepó por mi criterio.

Como si me buscaran de pronto las raíces
que abandoné, la tierra perdida con mi infancia,
y me detuve herido por el aroma errante…”

-Pablo Neruda (De “Cien Sonetos de Amor”)

 

.de violetas y neuronas

.violetas

 

 

 

“Las violetas huelen como terrones de azúcar negro empapados en limón, y como el terciopelo, podría decir, haciendo lo que hacemos siempre: definir un olor por medio de otro olor o por medio de otro sentido.
En una carta famosa, Napoleón le decia a Josefina que “no se bañara” durante las dos semanas que faltaran para que se encontraran, y así poder gozar de todos sus aromas naturales.
Pero Napoleón y Josefina también adoraban las violetas. Ella solía utilizar un perfume con aroma a violeta, que era su marca característica.
Cuando murió, en 1814, Napoleón plantó violetas en su tumba.
Poco antes de partir hacia su exilio en Santa Elena, hizo una peregrinación a la sepultura, cortó algunas violetas y las guardó en un relicario, que llevó siempre colgado del cuello: allí quedaron hasta el fin de su vida. Las calles de Londres del siglo XIX estaban llenas de chicas pobres que vendían ramitos de violetas y de lavanda.
De hecho, sinfonía Londres, de Ralph Vaughan Williams, incluye una interpretación orquestal del pregón de las floristas.
La violeta se resiste al arte del perfumista, y siempre lo ha hecho.
Es posible hacer un perfume de alta calidad a partir de la violeta, pero resulta excesivamente difícil y caro.
Sólo los más ricos pueden permitírselo; pero siempre ha habido emperatrices, dandis, creadores de moda y extravagantes como para mantener con vida el negocio de los perfumes.
El secreto de la violeta, que algunos encuentran empalagoso hasta la náusea, es que no suscita en nosotros ninguna reacción duradera.
En palabras de Shakespeare, es:
‘Rápido, efímero, dulce, breve,
el perfume y el anhelo de un minuto’
Las violetas contienen ionono, que bloquea nuestro sentido del olfato.
La flor sigue despidiendo su fragancia, pero ya no somos capaces de olerla.
Nos apartamos de ella un minuto o dos, y el perfume regresa a nosotros.
Enseguida vuelve a desvanecerse, y asi sucesivamente.
Fué muy característico de Josefina -mujer de sensualidad plena aunque ocasionalmente enigmática- elegir como su marca un aroma que asalta la nariz como una explosión súbita de perfume durante un segundo, para enseguida dejarnos vacíos de olor, y volver a atacarnos.
Ningún aroma dispone de una técnica más refinada de seducción.
Aparece, desaparece, aparece, desaparece, juega al escondite con nuestros sentidos, y no tenemos modo de oponernos.
Hasta tal punto embrujó la violeta a los antiguos atenienses, que la eligieron como la flor oficial de la ciudad, y como su símbolo. Las mujeres victorianas se endulzaban el aliento con pastillas de violeta, especialmente si habían estado bebiendo.
Mientras escribo este párrafo, estoy saboreando una pastilla Choward´s Violet, “la fragancia que refresca” según su publicidad, y el aroma dulzón y algo húmedo de la violeta me embriaga.
Por otra parte, en el Amazonas, calenté una vez en el fuego un caldo de Casca preciosa, un pariente del sasafrás, cuya corteza macerada no tardó en perfumarme la cara, el cabello, la ropa, el cuarto y la mente con aroma de violetas ardientes de una sutileza exquisita.
Si las violetas nos han atraído, obsesionado, repelido y en general durante siglos, ¿por qué es tan difícil describir su aroma como no sea indirectamente?
¿Acaso olemos indirectamente?
De ninguna manera.
El olfato es el más directo de todos nuestros sentidos.
Cuando me acerco una violeta a la naríz e inhalo, las moléculas de olor suben flotando por la cavidad nasal, más allá del puente de la naríz, donde las absorbe la mucosa, que contiene células receptoras provistas de filamentos microscópicos llamados “cilias”.
Cinco millones de estas células disparan impulsos al bulbo olfatorio del cerebro o centro del olfato.
Esas células son peculiares de la nariz.
Si se destruye una neurona en el cerebro, habrá desaparecido para siempre: no volverá a crecer.
Si se dañan neuronas de los ojos o de los oídos, ambos órganos quedarán dañados irreparablemente.
Sin embargo las neuronas de la nariz se reemplazan más o menos cada treinta días y, a diferencia de otras neuronas del cuerpo, se asoman al exterior y aspiran el aire como un arrecife de anémonas.
Las regiones olfativas que se encuentran en la parte superior de cada fosa nasal son amarillas y están ricamente humedecidas y llenas de sustancias grasas.
Pensamos en la herencia como la fuerza que determina la altura que tendremos, la forma de nuestra cara y el color del cabello.
Pero la herencia también determina el matiz de amarillo del área olfativa.
Cuanto más oscuro sea el color, más agudo será el sentido del olfato del individuo.
Los albinos tienen mal olfato.
Los animales, pueden oler con fantástica precisión, tienen regiones olfativas de un tono muy oscuro; las nuestras son de amarillo claro.
Las de un fox-terrier son marrón rojizo, las de un gato, de un intenso marrón mostaza.
Un científico afirma que los hombres de piel oscura tienen regiones olfativas más oscuras y, en consecuencia, deberían tener un olfato más sensible.
Cuando el bulbo olfativo detecta algo -durante la comida, el acto sexual, un encuentro emocional, un paseo por el parque-, se lo comunica a la corteza cerebral y envía un mensaje directo al sistema límbico, una sección misteriosa, antigua e intensamente emocional de nuestro cerebro en la que sentimos, gozamos e inventamos. A diferencia de otros sentidos, el olfato no necesita intérprete.
El efecto es inmediato y no es diluido por el lenguaje, el pensamiento o la traducción.
Un olor puede ser abrumadoramente nostálgico porque desencadena poderosas imágenes antes de que tengamos tiempo de precisarlas.
Lo que vemos u oímos puede desvanecerse muy pronto en el desván de la memoria a corto plazo, pero, como señala Edwin T. Morris en su libro Fragance, “con los olores casi no hay memoria a corto plazo”.
Todo es a largo plazo.
Más aún, el olfato estimula el aprendizaje y la retentiva.
“Cuando a los niños se les daba información olfativa junto con una lista de palabras”, observaba Morris, “la lista era recordada con mucha más facilidad cuando se daba sin los acompañamientos olfativos”.
Cuando le regalamos un perfume a alguien, le entregamos una memoria líquida.
Kipling tenía razón:
“Los olores son más seguros que las visiones y los sonidos para hacer sonar las cuerdas del corazón”.

-Diane Ackerman (“Una Historia natural de los Sentidos”)

 

violetas

.volar

volar

“Fué mi madre quién me enseñó a rezar. Todavía me veo arrodillada frente a mi pequeña cama que con tanta devoción ella había hecho para mí. También me confeccionada los pijamas, que me iban un poco cortos porque yo tenía las piernas demasiado largas. Pero me sentia orgullosa de ellos porque eran obra de sus manos.
Después de rezar mis oraciones, cuando todo estaba silencioso y oía la respiración suave de mis hermanos profundamente dormidos, me subía a una silla y corría la tela que cubría la ventana. Allí reanudaba mi comunión al mismo tiempo que los vigilaba -a los recolectores de lana- en un intento de capturar lo perdido para que fuera encontrando nuevamente, incluso la luz más anhelante.
Y las noches particularmente mágicas, cuando la oración en sí parecía una aventura, algo se abría y yo salía para estar entre ellos. No corría, me deslizaba unos metros por encima del pasto. Esa era mi habilidad secreta, mi coronación.
Eran momentos únicos, distintos de todo. Ellos no eran tan esquivos, no salían corriendo, sino que se ponían unos frente a otros en filas y se preparaban, con el peinado y la vestimenta de los suyos, tejidos con hilo tembloroso.
Más que personas, bañadas en pálida claridad, parecían hileras de álamos temblorosos cuyas hojas se estremecían al menor soplo. Ahondaban conjuntamente en el misterio de su trabajo, conspirando con sus movimientos para purificar y magnificar la existencia en una canción humana. No daban la impresión de recolectar sino de dar, y por un instante el mundo entero parecía bendecido.

El Señor nos da alas
nos da un estómago
podemos volar
envolvernos de gloria
dar vueltas en el agua
tomar un trago amargo
volvernos del revés
y unos cuantos de nosotros
centellearemos
solo un poco de polvo, casi imperceptible
pero que llena de aire de sustancia.
El sueño inmortal…

Ellos tejían su canción, una sola tela, y yo, que era pequeña, me cansaba de ella y seguía deambulando. Deslizándome sobre el pasto, dejando a veces la huella de mis manos en los frutos de su labor, amontonados aquí y allá como fardos de algodón en rama. Almas salvadas, lágrimas, balbuceos de niño y risa tonta. Todo eso lo tocaba o hurgaba yo con el dedo, desprendiendo una bruma fragante por no decir sagrada.
Y lo que regogía allí lo soltaba de nuevo, menos una pequeña parte, para dársela a modo de guirnaldas a mis hermanos, que a menudo se despertaban cuando yo regresaba.
Ellos dormían hasta que su sueño trocaba en agua. Despertaban, su despertar era un chasquido de un huevo. Alentada por sus audaces corazones creyentes, yo describía todo lo que había visto y oído. Tal vez retenía algo de la gente, y era, me dí cuenta, uno de los silencios. Pero de todos mis viajes, de los deslumbrantes pasajes, del encaje de mármol, del legendario arco y del gran manto que se extendía sobre Kansas, de Siam…
Todo eso contaba a mi regreso.
Y cuando nos hicimos mayores y nos vimos obligados a separarnos, dejé de tenerlos a ellos para contarles mis andanzas. Escribía, dibujaba o les daba alas. Ajena a cualquier plan que no fuera el simple acto de caer entre las ortigas y que me levantara un recolector compasivo con los pequeños.
El tiempo pasa y con él ciertas sensaciones. Pero de vez en cuando aflora la magia del campo y de todo lo que ocurrió allí. No necesariamente en la naturaleza sino dentro de las páginas de un libro, en un cuadro de Millet o en los tonos de Corot. Deambulando por el largo pasillo de la galería, a un luz resueltamente holandesa, acude a mi memoria. Me veo a mí misma volando sobre el prado y siento lo que sentía: alegría pura e indescriptible.
Una serpiente en el pasto con alas…
Había dado por descontado ese don, como hacen los niños. Me olvidé de él, nunca lo puse a prueba. Sólo era una de esas cosas simples y poco comunes que sabía que eran ciertas.
No hace mucho tuve un sueño, si puede llamarse sueño a ciertas experiencias. Ocurría en el campo de Thomas una despejada tarde de otoño. En esa pequeña parcela, en apariencia abandonada, mientras mi hermano y mi hermana, sentados, observaban mudos de admiración, yo permanecía suspendida unos cuantos metros por encima del suelo. No volaba, más bien planeaba, como un platillo, como Nijinsky, lo que, en su simplicidad, parecía aún más milagroso. Como era habitual entre nosotros, todavía no habíamos pronunciado una palabra. Una comunión nacida del amor y la inocencia.
Me desperté con una sensación de bienestar y estuve contenta todo el día hasta que, al volcarme en una tarea, se me ocurrió pensar que había sido un sueño. Atrapada en esa tensión menguante me vine abajo. Sin embargo, tenía la impresión de que en otro tiempo había sido realmente capaz de realizar esa modesta y asombrosa hazaña, y que podía volver a repetirla si me lo proponía.
Después de tomarme una infusión, llena de optimismo, estoy casi resuelta a intentarlo de nuevo. Mis mocasines parecen apropiados para el cometido. Y el deseo de probar una destreza irresistible sigue ahí. Pero me espera mi escritorio, con mi diario abierto, mis plumas, los tinteros, y hay palabras preciosas para pulir. De modo que me quedo con la incógnita y empiezo, porque siempre imaginé que algún día escribiría un libro.
Encima de mi escritorio hay un pequeño retrato flamenco del siglo XV. Nunca falla, cuando lo miro siempre me produce un escalofrío seguido de una curiosa oleada de emoción, de reconocimiento. Quizá sea la serenidad de la expresión, o simplemente el tocado, un hábito frágil que enmarca la cara como las alas de una gran polilla diáfana al plegarse.”

 

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

 

.la hora

Jean-Honoré Fragonard (1732 - 1806) Amantes felices- Happy Lovers

“Los amantes felices” de Jean-Honoré Fragonard c.1770. Colección Privada, Suiza.

“Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.

Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.

Ahora, que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.

Ahora, que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida a prisa.

Después…¡ah yo sé
que ya nada de eso más tendré!

Que entonces inútil será tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!

Hoy, y no mañana. Oh, amante, ¿no ves
que la enredadera crecerá ciprés?.”

-Juana de Ibarbourou (1895-1980)

¡Ay de quien sus mieles y frases recoja!
¡Ay de quien del canto de su amor se fíe!
Con sus ojos lindos y su boca roja,
la divina Eulalia ríe, ríe, ríe.

Rubén Darío

En Los amantes felices, Jean-Honoré Fragonard (1732-1806) refleja la relación apasionada entre una apasionada mujer y su enamorado. Fiel a las costumbres sociales de su tiempo, representa a la joven desnuda y vulnerable, y a él protegido por sus ropas. Si se observa la actitud física de cada uno, se podra notar que ella cuelga del hombro de su compañero en señal de total entrega, mientras que él la sostiene delicada y controladamente.
Según la terapeuta sexual norteamericana Ruth Westheimer, autora de The Art of Arausal, esta obra es un ejemplo de la visión masculina del amor y la sensualidad, ya que muestra selectivamente aquello que mejor capta las fantasías del varón y no tanto las de la mujer.
-Marion Helft

 

.verdades de cowboy

verdades de cowboy

“Relajado, bajo el cielo, sin contemplar nada en particular. La naturaleza del trabajo. La naturaleza del ocio, y el mismo cielo con masas ondulantes tan cercanas que podían atraparse con lazo para utilizarlas de almohada o llenarse la panza con ellas. Acompañar los frijoles y la salsa con un pedazo de carne de nube, y recostarse para dormir una siesta. ¡Que vida!
Un día de poder. Es su cumpleaños. y en esa atmósfera etérea y deliciosa él respira. Nació a la luz de la hoguera mientras el halcón rojo describia círculos. Su madre lo llevó a la espalda y su padre lo arrulló con los acordes de una burda balada.

Cuidado con desnudar el alma
Cuidado con desnudarla del todo

Se despierta sobresaltado, un cowboy sin rumbo, desbordante de buena voluntad y ansioso por reanudar la marcha. Se echa el fardo al hombro. Su propio estilo de vida, su propio designio. Por atroz y radiante que sea. Aceptó la grandeza de su destino con su espíritu incondicional, y tiene ante sí su regalo sin envolver: la libertad, la ufana libertad.
Lo dió todo menos una parte. Guardó para sí esa brizna bendita, ese lazo suelto. Guarda algo para tí, dice arrastrando las palabras en medio de un ataque de risa. Porque si quieres escupirle al cielo es mejor hacerlo con una sonrisa burlona.
Ahi de pie, entrecierra los ojos al sol; todo es muy hermoso, tanto que produce un dolor en la garganta. Durante un breve momento de verdad observa el terreno, la palma de su mano y ese incordio dorado. Y esto es lo que descubre.
Él mismo ocupado en una tarea realizada con amor, desbrozando la tierra, sacando cascotes de un río, reparando el cauce. Apenas se cansa, y lo llena una especie extraña de esperanza. No responde ante nadie y nadie lo reclama.

No se han olvidado.
Esta es su promesa.
Su única y gran verdad.
Mientras reconstruye
los rituales de la juventud.
Enmendando errores.
Un polvoriento pedazo de humanidad.
Jornalero del cielo.”

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)

 

.la próxima vez/Next Time

la proxima vez

 

 

“La próxima vez lo que haría es mirar
la tierra antes de decir algo. Detenerme
justo antes de entrar en una casa,
y ser emperador por un minuto
y escuchar el viento
o el aire inmóvil.

Cuando alguien me hablase, para
culparme o alabarme o sólo por pasar el rato,
le miraría la cara, cómo la boca
debe trabajar, y vería cada tensión, cada
signo de lo que alzó la voz.

Y sobre todo, conocería más –la tierra
apoyándose en sí misma y levantándose, el aire
encontrando cada hoja y cada pluma sobre
el bosque y el agua, y en cada persona
el cuerpo resplandeciendo dentro de la ropa
como una luz.

/
Next Time

Next time what I’d do is look at
the earth before saying anything. I’d stop
just before going into a house
and be an emperor for a minute
and listen better to the wind
or to the air being still.

When anyone talked to me, whether
blame or praise or just passing time,
I’d watch the face, how the mouth
has to work, and see any strain, any
sign of what lifted the voice.

And for all, I’d know more — the earth
bracing itself and soaring, the air
finding every leaf and feather over
forest and water, and for every person
the body glowing inside the clothes
like a light.”
-Mary Oliver

 

.en alguna parte, alguna vez

en alguna parte, alguna vez

“En alguna parte, alguna vez,
hubo una Flor, una Piedra, un Cristal;
una Reina, un Rey, un Palacio;
un Amado y una Amada,
hace mucho, sobre el Mar, en una Isla, hace cinco mil años…
Es el Amor, es la Flor Mística del Alma, es el Centro, es el Sí-Mismo…
Nadie entiende esto, solo algunos poetas, solo ellos me comprenderán
El hombre actual ya no es capaz de crear fábulas.
Por ello se le escapan muchas cosas,
pues es importante y saludable hablar también de cosas inaccesibles”

-Carl Jung (“El Libro Rojo”)

 

.los recolectores de lana

Tejiendo Sueños

(mi pequeño mundo interior en Bernal)

“Habia un campo.
Había un seto de grandes matorrales que enmarcaba mi visión.
El seto era sagrado para mí: la fortaleza del espíritu.
El campo también era objeto de mi reverencia, con un pasto alto, incitante, y su poderosa pendiente.
Más allá, a la derecha, había un huerto, y a la izquierda, un galpón blanco sobre cuyas puertas dobles habían escrito las palabras ‘Hoedown Hall’.
Allí, los domingos por la tarde, nos encontrábamos y bailábamos al son del violinista y su llamada.
Más tarde, después del baño, mi madre me peinaba, y yo rezaba mis oraciones y ella me arropaba.
Yo esperaba hasta que todo estaba en silencio.
Entonces me levantaba, me subía a una silla, corría la tela que cubría la ventana y continuaba mis rezos, vagando al encuentro de mi Dios.
A veces, en las extrañas noches de claridad percibía movimiento entre el pasto.
Al principio pensaba que eran las sacudidas de la lechuza blanca o las alas grandes y pálidas de una mariposa luna desplegándose y recogiéndose como un hábito medieval.
Pero una noche se me ocurrió que eran personas como nunca había visto, con extraños y arcaicos tocados y adornos.
Me parecía ver el blanco de sus gorros, y de vez en cuando una mano en el acto de agarrar, iluminada por la luna y las estrellas o por el faro del coche que pasaba.
Amanecía sobre el campo radiante, inundado de mil flores silvestres que a menudo recolectábamos para entretejer coronas.
Pero la principal atracción era el viejo galpón negro habitado por los murciélagos.
Hace mucho que se incendió, pero entonces se alzaba como un sombrero estropeado que sólo llevan los valientes o los desesperados.
En nuestras andanzas, mi hermano, mi hermana y yo pasábamos por delante de él.
Yo era la mayor, la pequeña aún no había nacido.
Íbamos caminando al centro del pueblo y trepábamos el muro de piedra que protegía, como unos brazos maternales, el cementerio de los cuáqueros.
Sus almas buscaban reposo debajo de los grandes castaños y, aún de día, aquel nos parecía el lugar más discreto y silencioso de la tierra.
Allí, envueltos los tres en un aire solemne y plácido a la vez, soplábamos las cañas de los juncos que cortábamos en el pantano; horas en comunión sin decir una palabra.
Esos momentos nos llenaban de alegría .
Volúmenes de alegría que aún me gusta leer.
Al volver saltando a casa saludábamos todo aquello que nos cautivaba.
El anciano que vendía pececitos.
El riachuelo, que parecía tan ancho que bien podría haber sido la desembocadura del Delaware.
La armería, el salón de baile y finalmente el campo de Thomas nos saludaban, parecía que nos llamaran por nuestro nombre.
Corríamos por el pasto y nos encontrábamos con nuestros amigos.
A veces me tiraba y miraba el cielo.
Toda la creación parecía trazada en lo alto y las risas de los otros niños me empujaban hacia una inmovilidad que aspiraba a dominar.
Allí alcanzabas a oír cómo se formaba una semilla o cómo se doblaba el alma como un pañuelo.
Yo creía que estaban allí.
De vez en cuando los oía murmurar y silbar como si estuvieran al otro lado de un muro de algodón.
Los oía pero sin poder descifrar el idioma que hablaban ni las melodías que entretejían.
Cuando volvía todo estaba igual, corría a reunirme con los demás y jugábamos a las estatuas y a romper la cadena o, si nos sentíamos valientes, entrábamos en el galpón y lanzábamos palos a los murciélagos.
Cuando más tarde cruzábamos la ruta, nunca olvidaba inclinar la cabeza al pasar por delante del matorral.
Una tarde me mandaron sola a la ciudad.
Estaba nerviosa porque había decidido preguntar al anciano que vendía pececitos por aquella gente del campo. Los niños tenían miedo al anciano, pero a cierta luz parecía casi un santo, eterno.
El hombre más viejo en la casa más vieja, una choza que se tambaleaba, pintada de negro y algo apartada en un terreno cubierto de malas hierbas.
En el tejado inclinado estaba escrito la palabra Cebo.
Ahí se lo veía siempre sentado, hiciera el tiempo que hiciese, con un jardinero puesto, melena y barbas blancas, vigilando el mundo y la tumba de su mujer, enterrada a la sombra de la casa.
Me detuve a su lado.
Me pareció que no llegué a preguntárselo, porque mi mente, que salía disparada en todas direcciones, no cooperaba con mi lengua.
Pero tal vez se me escaparan una frase o dos.
Porque, mientras daba vueltas su pipa con los ojos cerrados, sin apenas mover los labios, respondió:
‘Son los recolectores de lana…’
No hice más preguntas.
La respuesta me pareció demasiado frágil, demasiado importante.
Simplemente me fuí, como volando, sin apenas acordarme de despedirme.
Pero mientras corría me dí vuelta para decir adiós con la mano, y sus ojos abiertos se encontraron con los míos y parecieron contener lo que sólo cabría llamar esplendor.
Yo no estaba muy segura de qué era un recolector de lana, pero sonaba a profesión digna y me pareció un buen trabajo.
De modo que seguí vigilando.
Hiciera el tiempo que hiciese.
Luego corría la tela y, tirada en la cama, incapaz de dormirme entretenía poniéndoles nombres y diseñándoles, bajo el haz de mi linterna, los mantos, las botas y las nubes que llamaban hogar.
Y La imagen de los recolectores de lana en ese campo somnoliento me daba sueño también.
Y deambulaba entre ellos, a través de abrojos y espinos, sin otra tarea más extraordinaria que rescatar un pensamiento fugaz del peine del viento, como un panadero…”

-Patti Smith (de “Tejiendo Sueños”)